domingo, 30 de octubre de 2011

Día 27: Capurganá


Nos encanta este lugar. Mola mucho. Hasta ahora, es el único sitio de los que hemos visitado en el que podría vivir una buena temporada. Ni que decir tiene que es el rincón perfecto para retirarte cuando seas viejuno y olvidarte del mundo. Cómo explicarlo: aquí el tiempo no existe, o tiene una medida muy diferente, especial. Nunca sabemos qué hora es, porque nunca llevamos reloj. Ni móvil. Nos guiamos por el Sol, y preguntando de vez en cuando a la gente. ¡Pero es que da igual!

Todo va lento. Las personas, los perros, todo. Y tú, sin darte cuenta en ningún momento, te contagias de esa lentitud. Como una enfermedad, como un virus que te invade y hace que tu cuerpo deje de ser español y se convierta en caribeño. Cualquier movimiento, desde coger el mechero, retirarte el pelo de la frente, o dejar el tercio de birra en la arena, se hace a cámara lenta. Y todo ayuda, porque cuando te das cuenta de que el taxi del pueblo es un carro de madera tirado por un caballo, empiezas a encajar las fichas.

En una de las dos playas del pueblo, en la de arena, tenemos una porción de tierra a la que le hemos cogido cariño. Es un árbol, y debajo de él, un banquito de madera, que están a sólo cinco escasos metros del mar. Allí, sentados, y resguardados por nuestro amigo el árbol, pasamos horas y horas mirando al infinito. Fuera de la sociedad, fuera del mundo, en el auténtico limbo. Horas hablando y riendo. Bebiendo cerveza. O leyendo y haciendo fotos. Pero sobre todo, absolutamente hipnotizados por el ambiente. Idos. Secuestrados por algo que no sabíamos muy bien qué era. La arena fina en tus pies, el mar, el horizonte y el cielo ahí delante. Y nosotros dos. Creo que nunca he estado más relajado que estos días, de verdad. Pensando en España, acordándote de mucha gente querida. Pensando en todo y en nada a la vez. Pensando en el pasado, en el futuro y en el presente. Es como si el árbol te susurrara todos los secretos de la playa desde que él estuvo allí plantado. Y es que es así: los árboles son como los viejos de lugar. Hay que cuidarlos, respetarlos y escucharlos, porque nadie sabe más que ellos del sitio donde se encuentran.

Nos va a dar mucha penita irnos de aquí. Este lugar tiene magia.


Día 26: Capurganá

  

La excursión de hoy ha consistido en ir hasta el Cielo, una catarata y unas pozas que también se encuentran en la jungla que rodea al pueblo. Aunque esto no hable nada bien de nosotros, hay que ser sinceros y decir que nos hemos vuelto a perder en nuestra ya amiga la jungla. Vaya par.


El paseo, entre ida y vuelta, es como de hora y media. Pues nosotros nos hemos pegado como cuatro horas danzando por la selva. Alucinas. Somos unos parras, y nos ponemos a caminar como si estuviéramos en el parque grande de Zaragoza, y no. Va a ser que no. Yo ha habido un momento en que no seguía. Sudaba del tema. Estaba de la selva hasta las pelotas (y es que iba otra vez en chanclas... Lo que sea menos ponerme calcetines). Al final hemos vuelto y menos mal, porque nos habíamos pasado el desvío a el sendero del Cielo como dos horas antes. Confieso que el desvío estaba bien señalizado por un cartel de un metro y Javi y yo ni lo habíamos visto. Presiento que hemos estado más horas en la jungla estos dos días, que todos los guiris que han ido este año a Capurganá juntos. Cuando hemos llegado a la pequeña catarata y nos hemos dado el baño en la poza, no nos lo creíamos. Claro, después de semejante paliza, el bañito te sabe a gloria bendita.


Aquí ni salimos de fiestuki ni nada. Y eso que es finde y que estamos saliendo de farra bastante poquito. Pero es que ni hace falta. Y tampoco es que haya mucha opción. Hay un garito, justo encima del mar, en la playa, que pone salsa todo el día y la noche con un volumen atronador; pero no hay nunca ni un alma bailando en su terraza. El dueño lo intenta, de eso no hay duda, pero creo que aquí no hay marcha hasta que vienen todos los gringos en diciembre y enero. Y, sinceramente, estamos tan, tan, tan a gustito, que no necesitamos ni rumbear. Y esto, para mí, es muuuuucho decir. Palabras mayores. Pero es que este lugar lo vale.

Día 25: Capurganá


Hoy hemos hecho excursión a Sapzurro. Es un pueblito, todavía más pequeño que Capurganá, que está como a una hora larga de excursión a través de la jungla de Darién. Los lugareños y la gente normal en general deben de hacerlo en una hora, pero Piñaca y yo no. Por supuesto que no. Nos hemos confundido de camino a mitad de la jungla, y al final hemos llegado a Sapzurro como en dos horas y media. Vaya cracks. Como bueños mañicos que somos, hemos seguido subiendo y subiendo hasta que ya ni había camino ni había ná de ná. Qué locos. Y yo encima iba en chanclas, subiendo y bajando colinas en mitad de la jungla. Creo que hasta los del pueblo se ponen zapas para ir por esos caminos de la jungla, ay, la negra jungla.



La paliza ha merecido la pena: es justo salir de la jungla y encontrarte en una pequeña playita donde no había nadie. El pueblo a la izquierda, y el mar y la playa todo para nosotros. Una pasada. La calma es absoluta, porque no se escucha nada que no sea la naturaleza. No hay coches, no hay motos, no hay ni música en los pocos establecimientos de este pueblo del Caribe. ¡No hay coches! Me parece acojonante. De vez en cuando se escucha de lejos el motor de las pequeñas barquitas que utilizan los lugareños para llevar a los gringos, o para irse a pescar. Y nada más. El sonido de muchas aves, y el sonido del mar. Que nunca te puedes cansar de escuchar.

Nos comemos un Pargo rojo entre los dos, que lo han debido de pescar los niños del muelle dos horas antes. Está delicioso. Nos lo preparan una mujer y lo que parece ser su hija. Nos dicen que nos demos un paseo y que lo tienen todo hecho como en media hora. Al final sería seguramente una hora entera. Pero es que es como si te lo hiciera tu madre en la cocina de tu casa. A su marchica, y con la calma.
 

Nos cuentan que estamos en temporada baja (ya lo sabíamos), y parece ser que es mejor que en temporada alta. Hay menos farra, está claro, pero tienes las playas desiertas para ti, el mar está más claro y transparente en esta época del año, y encima los precios para dormir, comer y beber son más bajos. Estar en estas maravillosas playas Javi y yo solos no se paga con dinero. Hay momentos en que no te lo crees. Pero, por supuesto, echamos mucho de menos a la otra mitad del equipo. Nos da rabia que Anita y Leo no hayan podido ver esto, porque, sin duda alguna, este lugar es lo mejor de Colombia hasta el momento.

Día 24: Capurganá


Vamos a dejar el tema clarito desde el principio: Capurganá es la polla. Esto sí que es el Caribe, señoras y señores. Aunque llegar hasta aquí no es moco de pavo, a no ser que pilles un pequeño avión que debe de volar hasta aquí como una vez por semana, pero obviamente es más caro. Y es que el viajecito de dos horas en lancha desde Turbo es de traca. Agüita que vienen saltos. Jooodo, si me quejaba del traqueteo máximo del coche de ayer, los botes que nos hemos metido en el barquito son de otra competición. No he echado por mi gaznate el croissant del desayuno de puro milagrito. La última media hora he sufrido y bastante. El cabrón del Piña descojonao de mí, y yo sin hablar y concentrado, cerrando los ojos y tó. Yo, y lo que vienen siendo los barcos en general y su meneo en particular, no nos hemos llevado nunca nada bien.


Este sitio es genial. Un pequeño pueblecito, de bajitas casas de colores, hechas en su mayoría de madera, rodeado de una verde y espesa jungla, y bañado por un limpio, transparente y cálido mar. Una delicia. Todas las calles son humildes, pero bonitas. La gente es simpática, y en su gran mayoría, todos son negros. Por aquí no hay casi blancos ni indígenas; esto debe de tener más aspectos en común con Jamaica que con Colombia.

Vamos a pasar por aquí unos días muy ricos, tiene toda la pinta. Y queremos aprovechar y hacer excursiones por toda la zona, porque debe de haber bastante tema por aquí cerca. Me alegro mucho de haber llegado hasta Capurganá, final de Colombia. 














Día 23: Turbo

Salimos Piña y yo por la mañana rumbo a Capurganá, pequeño rincón del Caribe justo pegadito a Panamá. Las calles del barrio están todas inundadas y hay que dar rodeos porque alguna parte que está impractible. Por suerte parece que las carreteras por las que tenemos que ir están disponibles y no hay peligro de derrumbes de tierra.

El viaje de hoy ha sido un poco culo. Al final se nos ha hecho interminable. El trayecto: una hora en bus desde Cartagena hasta la terminal de buses. Luego otro bus hasta Montería, unas seis horitas. Y, finalmente, hemos podido pillar una van (con más gente) hasta Turbo, otras tres o cuatro horas. Hemos llegado a Turbo como a las dos de la mañana, y salíamos de Cartagena como a las once. Las últimas horas en el monovolumen han sido para pegarse un tiro. De noche, con mucho sueño, y como a treinta por hora, debido a que íbamos por unas carreteras de polvo, agujeros, piedracas y baches, que parecía eso el viejo Oeste o algún camino medieval. Uno se acordaba de los romanos y de sus calzadas adoquinadas. Vaya viaje. Era imposible sobar porque el meneo era continuo y verdaderamente agitado. Era el típico camino de tierra chungo que en España dura como mucho dos minutos, pero aquí ha durado como tres horas. Increíble, ble.

Por fin llegamos a Turbo (imposible no acordarse del personaje de patillas de Al salir de clase... ¿Dónde estará ese hombrecillo ahora? ¿Cuántos años tendrá? ¿40? ¿50? ¿¿60??), población turbia donde las haya. Bastante sórdido el ambiente. Sólo queremos dormir unas horitas, porque nuestro barco para Capurganá sale mañana como a las 08.00. El hostal es bastante deplorable. Justo antes de apoyar mi cabeza en la almohada, hemos tenido que matar una peazo de cucaracha caribeña (son muy grandes... Mucho).

Cinco horitas por delante para pillar algo de sueño, coger fuerzas, y pillar ese barco que nos llevará a Capurganá. Tenemos grandes expectativas depositadas en este lugar. Esperemos que el esfuerzo en llegar hasta allí (no es que nos pille de camino precisamente) merezca la pena. Fijo que sí.


sábado, 29 de octubre de 2011

Día 22: Cartagena

Sigue lloviendo en Cartagena y, por lo que hemos visto en el telediario, también llueve por toda Colombia. En ciertas zonas se habla de inundaciones y desprendimientos de tierra importantes. Pero debe de ser algo bastante frecuente en el país. Ya nos contaron que hace sólo un par de años, estuvo lloviendo en todo Colombia durante más de 300 días seguidos. Vaya full. A mí me da algo, vamos. Ni los galleguiños. Las inundaciones en Chía, por ejemplo, fueron históricas, y la peña tenía que desplazarse en barca. Y por allí tendrán barca los tres pastados de turno.

Hoy, en el vigesimosegundo día de viaje (¿¿Ya 22?? REALLY???), el equipo se separa por primera vez. Da penica. Oooooh. Anitosss y Leoncio se han pirado en bus para pasar unos días en Bogotá con la madre de Anita (que ya se instala en Colombia) y también con su hermana pequeña (ex de Leo). Les esperan como veinte horitas de bus, que al final serán veinticinco, treinta o cuarenta...  Se va a hacer un poco raro estar sólo dos, porque llevamos ya tres semanas seguidas haciendo los cuatro todo juntos. Como los mosqueteros. Aunque de momento seguimos cagando de uno en uno. En fin, seguro que en pocos días nos volvemos a juntar todos en Medellín, ésa es la idea.

Piña y yo nos vamos a dar la última vuelta por Cartagena. A mí me apetece mucho un poquito de McDonalds, así que con la excusa de ir a comer allí, nos damos un paseo hasta la otra zona de la ciudad que no conocíamos: el barrio de Bocanegra. Son una serie de edificios muy altos de pisos y oficinas. Pequeños rascacielos que marcan un fuerte contraste en comparación con las pequeñas casitas de colores del centro. Por el barrio hay tiendas de marca de ropa norteamericana y europea y establecimientos de comida rápida de los gringos. Parece que tienen de casi todo.  La gozadica con el Big Mac es considerable. La verdad es que yo disfruto tanto como con el jamón de bellota, las gambas de Huelva, el chuletón de Donosti, o el foie. Y lo mismo me sucede con un buen plato de pasta o una tortilla crudita de patatas. Así que cada vez que estemos en una gran ciudad, me iré, aunque sea solo, en búsqueda de mi hamburguesa yankie, y de esa manera acabaré con el monazo que me entra cuando llevo unas semanas sin ingerir esa deliciosa e incopiable basura.

Mañana, Javi y yo partiremos hacia Capurganá. El viaje pinta a coñazo, y realmente, no sabemos muy bien si podremos llegar de una sola tacada, pero pinta a que no. Veremos qué pasa, y aunque prisa no tenemos, sí que es hora de dejar atrás esta bonita y agradable ciudad.

Día 21: Cartagena

Más paseos por la ciudad. Nuestro barrio, Getsemaní, y el centro histórico, los tenemos ya bastante pilotados. Y es que, realmente, su extensión no es muy grande, en una mañana te puedes dar un paseo y recorrer todo el centro sin problemas. Es verdaderamente muy bonito. Todas las calles y las casas del centro son de tipo colonial, y están muy bien conservados. Prácticamente, cada calle, cada casa, cada esquina, cada puerta o balcón, son dignos de foto, incluso de postal de vacaciones. A veces me parece que estoy en Disneyland, de lo bien y bonico que está todo en esta parte de la urbe.

Diría que el adjetivo para esta ciudad es agradable. Agradable para la vista; agradable por el clima (temperatura perfecta, aunque estamos teniendo mala suerte con la lluvia); agradable por la extensión de la ciudad (es muy manejable); y agradable por el estilo de vida, porque se les ve a todos como muy relaxados, mucho más que en Bogotá. Y tiene playa. Y eso, amigos, siempre aporta varios minipuntos ganadores. A Anita le ha encantado especialmente Cartagena. Dice que podría vivir en ella. Está in love con la ciudad. ¡Creo que ha tomado fotos de todas y cada una de los cientos de puertas y balcones del centro de la ciudad!

Hoy también hemos visitado el castillo de San Felipe, construido por los españoles en el siglo XVI (creo), y reconstruido varias veces debido a los ataques de los piratas de la época, entre ellos el mítico Francis Drake. Cartagena era el puerto de salida hacia España, y el lugar donde se iba acumulando todo el oro que los españolitos les robamos a los indígenas, por eso la ciudad sufrió tantos asedios. El castillo no está mal, pero esperábamos más por el precio pagado de la entrada, y por lo que ponía en la guía de Lonely Planet (esa guía es el Santo Grial. De hecho es el quinto miembro del equipo. Sin ella estamos perdidos, y si pone que hay que probar la mierda de los perros de Cartagena porque tiene un sabor especial, caquita que nos comeremos).

Sigue lloviendo, así que no estamos practicando nada la playa. Una pena, porque debe de haber unas islitas cercanas que deben de ser una delicia. Pero pagar el barco hasta allí, y que haga un día de mierda, no merece la pena. ¡Y es que hay que ahorrar plata!


   

Día 20: Cartagena

Otro día muy tranquilo. Paseamos por el centro histórico de la ciudad. Por la tarde-noche, los chicos damos un garbeo por la Zona Rosa de Cartagena (en Colombia llaman así a la zona de marcha de la ciudad. Todas las ciudades tienen su Zona Rosa), pero es demasiado pronto y no hay ni Puskas. Es domingo, pero el lunes es festivo y suponemos que habrá algo de rumba. Aunque la verdad es que no tenemos un gran espíritu de farra estos días; la fiesta del viernes, al final fue un trullo, y ya habrá lugares mejores para salir y pasarlo guapi. Y, de hecho, por la tarde nos hemos puesto bastante cieguetes gracias a los Coco Locos que nos hemos fabricado nosotros mismos en el hostal. Receta estelar: coco abierto por su parte de arriba, con su propio juguito, le añadimos un batido consistente en leche, hielos, plátanos y ron. Suena chungo, pero el invento está cojonudo y nos pegamos la tarde en la azotea del edificio, coco arriba, coco abajo. Y pega fuerte la movida: un viejo que nos ha visto el ron por la calle nos ha dicho que es el peor ron ever, pero es que era el más barato. Realmente, si no añades todos esos ingredientes al roncito, es asqueroso.

El tiempo no nos está acompañando en esta ciudad. Está lloviendo todos los días e incomoda el salir a la calle y pasear, y no porque haga frío, para nada, pero las calles se inundan rápido y con facilidad, y es un coñazo pasear así por ellas.

Día 19: Cartagena

No hemos hecho absolutamente nada en todo el día. Encerrados los cuatro en el hostal. Descansando, sin horarios de levantarse a una hora en concreto ni nada parecido, cocinando nuestra propia comida en la rudimentaria cocina del hostel, viendo series y pelis por la TV americana de cable y poco más. A gustito. Apetecía también este plan, porque llevamos ya bastantes días sin parar casi ni un segundo. Y, además, llueve a saco todo el día, así que atrapadica en casita, tranquilos, y sin gastar perras.

martes, 18 de octubre de 2011

Día 18: Cartagena

Lo primero que hay que reseñar y que se me había pasado comentar es que llevamos desde el domingo sin vernos en un espejo, y ya estamos a viernes. Flipas, ¿no? Ni en Tayrona ni en la escuela había un solo espejo. Bueno, en Tayrona no había ni ducha, así que el espejito es lo de menos. Cómo cambian las cosas de un lugar a otro. En España, aunque no quieras, te ves reflejado 200 veces al día en tu casa, en las tiendas, en servicios, ascensores o cualquier esquina de la ciudad. La verdad es que se agradece. También llevo sin afeitarme desde que pisé este país. Dieciocho días ya. ¡Qué gozada! No sé lo guapos o feos que estamos, pero felices como perdices.

En Santa Marta pillamos un bus (supuestamente directo) a Cartagena. El viaje iba a durar (supuestamente) cuatro horas. Pues eso: ni una cosa ni la otra. El bus para por media costa caribeña y al final el trayecto es como de más de cinco horas. Pero ya nos vamos acostumbrando; y con el asiento bajo tu culo y un aire acondicionado (bien acondicionado), te da igual lo que pase porque de ahí no te levante ni Megan Fox suplicándote de rodillas (Bueno, creo que ahí me he pasado un pelín...).

Llegamos a la estación de Cartagena como a las 16.30. Tenemos que pillar otra buseta hasta la ciudad que tarda como otra hora (pasamos de pillar taxi). Es viernes por la tarde, empieza el finde y el tráfico a la ciudad es intenso. Nos avisan cuando llegaos al barrio de Getsemaní, que es donde nos queremos alojar. El barrio está justo pegado al centro histórico de la ciudad, pero fuera de las murallas. Más económico, pero realmente está sólo a diez minutos andando de lo que ellos llaman el centro.

Después de ver un par de hostales, elegimos uno que está bien de precio y no está mal. Pillamos dos habitas dobles, Anita y Piña necesitan un poco de intimidad para llevar a cabo una vida completa de pareja. Cooooorrecto. Nos instalamos, hacemos merienda-cena en un restaurante cercano que nos recomiendan en el hostal, hacemos una vuelta de reconocimiento del barrio, sacamos pasta y hacemos compra.

El hostel tiene una especie de terraza en el ático que se puede utilizar, y que parece que nadie lo hace. Allí nos subimos con música y bebida. Estamos calentando para la rumba que toca luego en la ciudad. Hay ganas de marchica porque no salimos de farra desde el sábado pasado. Vamos al centro, detrás de las murallas, y hay ambientazo en la calle. Anita y Javi bailan un rato con un pareja viejuna de lugareños. Lo dan todo. Estamos en el Donde Fidel, lugar donde nos dicen que ponen la mejor salsa de toda Colombia. La gente allí en general es mayor, mayor de cuarenta y cincuenta palos, quiero decir. Pero bailan como posesos, lo llevan en la sangre. Sus movimientos de caderas son de otra raza. De otra raza que no es la humana.

Después la fiesta es bastante bufete: no hay nadie en los tres garitos que probamos. El cansancio acecha, el hambre también, y hasta un poco de mala leche. Así que primero se va la pareja, y después Leoncio y yo, nos volvemos al hostal a sobarla. Camita, ventilador, televisión por cable, y sin cucarachas. La gozamos también.

Sólo hemos podio ver un poquito de Cartagena, y de noche. Pero la ciudad tiene realmente muy buena pinta.















Día 17: Taganga

Otros dos buceos más, los últimos, y de nuevo, geniales. En el último de todos, Anita y Leo salen algo doloridos de los oídos. Hay que tener cuidado y compensar todo el tiempo, porque el dolor puede llegar a ser insoportable. En una de las inmersiones, un monitor ni llego a bajar porque no podía desatascarse los oídos. Bueno, después de un rato se les pasa, así que todo OK, menos mal.

Después de comer nos vamos a Taganga. Antes jugamos unas partidas al Dominó con los ayudantes del capitán. A uno de ellos le llaman Gordo o King Kong. No os digo más. Igual tiene unos veinte años, y con sus manazas como guantes de baseball, tiene tanta fuerza que podría asfixiar a un hipopótamo sin despeinarse in un solo pelo de su bigotico. Vaya bicho. El caso es que entre él y su amigo, nos ganan como diez partidas seguidas a cero. Tienen más pilotado el jueguecito que cualquier abuelo de la madre patria.

Nos piramos al pueblo, pero esta vez lo hacemos vía terrestre: jamadica. Tenemos qie ir en barco de la Playa del Amor a la Playa del Mosquito (Ojos), y de allí hasta Taganga, que es como una hora más en carro. Obviamente el camino es más largo, pero lo chungo del tema es que pasamos por la Playa del Mosquito (Ojos) a la hora en que no hay que pasar: pasadas las cinco de la tarde. Es como para pegarse un tiro. Sólo estamos allí como media hora, ni eso, pero es sufrimiento es máximo. No paran los jodíos. Es un picar constante, martilleante, y por todos y cada uno de los milímetros de nuestros cuerpos calientes y jugosos.  Yo, personalmente, me pongo de una mala hostia severa. No entiendo qué coño hacemos ahí parados y justo a esa hora. Y yo que sí que no me cabe en la cabeza (y a los lugareños de Taganga tampoco) es cómo demonios vive una familia en un cabaña de ese playa durante todo el año. Increíble. Sé que el ser humano de adapta y acostumbra a casi todo, pero convivir diariamente con estos insectos durante toda tu vida no lo veo. ¡Nooo lo veo!

Después de hacer todos los ejercicios de manera perfecta, después de recibir un par de clases teóricas más, y después de aprobar el examen tipo test, ¡ya tenemos nuestro permiso NAUI de buceo! Guapi. Ha sido una experiencia muy interesante, muy divertida, que no es tan fácil como dar unos toques a un balón (ni mucho menos), y que nos servirá para disfrutar mucho más en el futuro. Estamos todos muy contentos porque ha salido todo perfecto, y porque ha habido muy buen rollo con todos los monitores, ayudantes y personal de la escuela. Hemos sido buenos estudiantes y ellos han sido buenos profes.

Mención especial para una chica que hemos conocido en la escuela: la chica más bonita de todo Colombia, sin duda alguna. Una auténtica crack. Piel canela, pelo castaño-rubio atado en dos largas coletas, unos vivísimos ojazos azules grisáceos, y una peazo de sonrisa inocente pero traviesa. Se llama Gabriela. Y tiene cuatro añitos. ¡Vaya jefa! Te podrías pegar tardes y tardes hablando con ella, de lo que sea, y estoy seguro de que nunca te aburrirías. Qué graciosa, qué cariñosa, y qué desparpajo tiene la mocosa. Va a ser una líder haga lo que haga de mayor. ¡Un besito, Gabriela!

Es nuestra última noche en Taganga, y también nos dejan sobarla en la escuela (¡Hola, cuquis, hemos vuelto!). Al final hemos estado una semanita por aquí. Mañana por la mañana nos vamos en bus a Cartagena. Hay ganas. Claro, siempre hay ganas de seguir conociendo lugares nuevos, ¡todos por descubrir! Y los que nos quedan...

Día 16: Tayrona

Amanecemos pronto en la playa. Vamos saliendo de nuestras hamacas, como las mariposas van saliendo de sus sacos de seda. Sí, dormimos en hamacas, debajo de una cabaña de madera y paja que está como a unos 30 metros del mar. Paraíso total.

Está la cabaña grande para las hamacas, un par de habitáculos más de unos cuatro metros cuadrados que sirven de cocina y de baño, y un par de mesas para poder comer todos. Nada más. No hay luz y no hay agua, y todo respeta el medio ambiente al ciento por ciento. La comida y el agua la traen justa para comer 2-3 días, hay unas cajas de corcho para mantener el frío, y ahí meten unas placas de hielo y alguna bebida. No hay más. Exactamente lo justo y necesario para sobrevivir y estar bien allí los días contados.

Hacemos otras dos inmersiones: una como a 18 metros y otra a más de veinte. Alucinas. Cuando estás en el fondo del mar, no te das cuenta realmente de que te puede pasar algo muy chungo si falla cualquier chorrada. Siempre hay dispositivos de emergencia, muy seguros, pero lo que está clarinete es que nosotros venimos de la tierra, de los árboles si me apuras, pero no venimos de debajo del mar (como el cangrejo Sebastián).

Vemos de todo. Alguna barracuda, peces de casi todos los colores, langostas, peces león (tiene que exterminar alguno que otro porque se están cargando parte de la fauna marina de la zona), pulpos blancos y anguilas verdes. Vaya gepetos de cabronas tienen estas últimas, como les des la mano se la llevan de recuerdo. El fondo del amor es otro lugar, como si fuera el inframundo. Es maravilloso, enigmático, oscuro y colorido al mismo tiempo, y aunque pueda ser apasionante, también da respeto, mucho respeto. Y hasta miedete. A ochenta metros de profundidad, de una grieta del fondo del océano, ¿qué te puede llegar a salir? ¿¿Un calamar gigante?? ¿¿¿Un jodido dinosaurio??? Caquitas.

Nos dan tres comidas al día, básicas pero copiosas y bastante aceptables. El buceo da un hambre mayúsculo. Antes de ir a sobar, acabamos todos, monitores, israelitas, y nosotros, tomando birras y vino juntos en la mesa; mientras ellos tocan la guitarra y cantan canciones de Oasis, Bob Dylan o Bob Marley. El rollo está muy bien, pero uno se acuerda de que con Dani Badía a la guitarra, y el resto de la muchachada cantando y dando palmas juntos, la noche sí que ya sería completa e inmejorable.

Día 15: Tayrona

Como a las nueve in the morning vamos todos a Tayrona. Con una mochila pequeña cada uno, nuestro equipo de buceo y aprovisionamientos varios. Tardamos como media horita en llegar hasta la Playa del Amor. En el barco, vamos el capitán, un par de ayudantes, instructor, monitores, cocinera, tres israelíes que también son clientes y nosotros, el equipo.

Estamos solos en la playa, como ya nos habñian contado. Tayrona es un parque nacional, una reserva, y el número de plazas de entrada al día están limitadas. En una de las varias playitas uqe tiene el parque, estamos instalados todos nosotros, ya que nuestra escuela de buceo es la única que puede acampar allí de noche, gracias a unos acuerdos que tienen para preservar el medio (una guardería de coral entre otros proyectos).

El tema mola mucho.  Es una playita pequeña, virgen, pura, limpia. Y detrás de ella se extiende un inmenso, frondoso y verde bosque repleto de árboles, en el que ni te planteas meterte tú solito porque no sabes qué tipo de fiera puede presentarse delante de ti en cualquier momento.

Hacemos dos inmersiones en el mar. La primera sólo a unos dos metros de profundidad, para repetir todos los ejercicios de la piscina e ir acostumbrándonos. Debo decir que en el primer minuto también me agobié, pero pasó rápido y empecé a gozarla sin darme cuenta. La segunda inmersión ya ha sido como a doce metros. Una gozada. Cuando estás ahñi debajo se te olvida absolutamente todo. Estás sólo tú, tu respiración pausada estilo Dark Vader, y la inmensidad del océano. Te encuentras, de repente, como flotando en un líquido denso, rodeado de tus amigos, con esas gafotas enormes que te ponen cara de susto, y con esos ojos como platos porque no dejas de ver animales y plantas marinas como nunca antes los habías visto, en todo su esplendor.

Nos relajamos en la playuki, leemos, escuchamos music, hacemos fotos, y bebbemos birras que nos hemos llevado hasta allí. El relax por la tarde en la playa es máximo. Todo es perfecto, excepto cuando llegan las cinco de la tarde y el día empieza a llegar a su fin: los mosquitos del infierno hacen su presencia. De cinco a siete de la tarde son sus dos horas diarias para putear al personal, y os juro que la lección la tienen aprendida al dedillo, los jodidos empollones.  El mosquito en cuestión es del tipo Hengén, o algo así. Son diminutos, casi ni se le ve. Pero pican a saco. Son cientos, miles, millones de kamikaces: no tienen miedo ni piedad. Pillamos a saco, porque nos explican que se vuelven to locos cuando llueve y luego no hay brisa que se los lleve. ¿Querías café? Pues toma dos tazas, maño. Nos hinchamos de mosquitos, bueno, ellos se hinchan de nosotros.

Nos acostamos pronto, aquí las noches son muy largas. Estamos cansados del buceo, y los mosquitos desquician hasta la persona más zen del planeta. Fijo que el Chus Mari este de la tele tendría más de un truquillo para prevenir y también para curar los ataques de los dichosos coleópteros. Ya nos veo meándonos unos encima de los otros antes de sobar. Bufff, si hace falta, ¡se hace!















Como dice Borjita, bucear ha sido una aventura inolvidable. Debajo del mar, me senti como "Arielle la Sirenita" cruzándome con morenas verdes gigantescas, pulpos blancos y todo tipo de peces de mil colores. Anda que no he soñado con ser esta sirenita, me parece que habré mirado la peli mas de un millón de veces. No sé, como mi madre me lo aguanto!!
Por eso, quiero compartir este link, y amigos así me fue debajo del mar (vamos igualito!!)

En francés (porque es la versión de mi infancia):

http://www.youtube.com/watch?v=NDKpAPJfns4

En español:

http://www.youtube.com/watch?v=s30jrh7HJ1U

Anita

sábado, 15 de octubre de 2011

Día 14: Taganga

Nos ponemos las pilas pronto, desayunamos algo rápido en una terracita cercana, y volvemos a la escuela para recibir nuestra primera clase de teoría del curso. Lo que nos vamos a sacar es un permiso que vale para todo el mundo, y con el que podremos practicar este deporte hasta profundidades de 18 metros, en condiciones parecidas, y con, al menos, otro acompañante con experiencia en el tema. En el futuro podremos ir sacándonos más cursos si estamos interesados y nos engancha la movida. Seguramente nos saquemos el segundo curso, con el que puedes meterte en cuevas y con el que buceas de noche (nos cuentan que el buceo nocturno es otro rollo, porque es cuando de verdad puedes contemplar los verdaderos colores del fondo del mar: peces, corales, etc).


















La clase teórica dura unos noventa minutos. Es amena. En ella nos presentan los componentes del equipo de buceo. Al principio parece todo mu facilito, pero luego te vas dando cuenta de que va siendo bastante información. Y ahí debajo todo es vital; sobre todo por tu seguridad.

Después nos llevan a la piscina para hacer la primera clase práctica. Ojito con la movida porque no es tontería. Hay que tener en cuenta muchas cosas, estar hábil de manos, tener coordinación, y saber mantener la calma. Y lo más difícil de todo (al menos para mí): llevar bien (y tranquilamente) la respiración por la boca. La verdad es que con el primer ejercicio de respiración debajo del agua no tenía muy claro si este deporte es para mí. Han sido un par de minutos de un pelín de agobio. "Dónde me he metido y por qué he pegado", era todo lo que pensaba debajo del agua. Eso, y que me faltaba aire por todos los poros de mi cuerpo. Al rato, con cada minuto que pasaba, todo ha ido fluyendo poco a poco a mucho mejor. Hemos realizado todos los ejercicios (perfectamente) que teníamos programados. Como unos cincuenta minutos ahí debajo. El monitor (Omar) estaba muy contento. Cuando hemos vuelto a la escuela, comentaban entre ellos que mañana va a ir todo sobre ruedas en el mar. Supongo que habrán tenido más de una manazas y más de un claustrofóbico en sus manos.

Al acabar la clase de la piscina ya tenemos todo el día libre. Es la hora de comer y tenemos un hambre atroz. Nos avisan de que mañana, después de sumergirnos en el mar, el hambre será descomunal. Nos ponemos refinitos en una terraza del pueblo. Camarera y cocinera lugareñas. Por seis euros cada uno nos ponemos hasta las patas, y está todo rico. Seguimos dándole a los juguitos, encantados de la vida.

Por la tarde me tocan un par de horas de internet, para actualizar el blog y mandar e-mails varios. Poco más. Relax y cenita. Nos volvemos a a acostar pronto, porque mañana nos despiertan a las 08.00 y a las 09.00 nos vamos a Tayrona. Hay muchas ganas, porque debajo y encima de agua, debe de ser espectacular. Peces del Caribe: pónganse guapos, ¡que llegan los maños!

Día 13: Taganga

Hemos sobado como dos horas y tenemos que ir hasta la escuela de buceo para pagar y hacer el papeleo. A las 08.30 quedamos en estar allí. Qué durezas. Estuve a puntico de quedarme en el sobre y que al submarinismo le diesen ventolera. Después de mucho sufrimiento, lo conseguimos hacer. Luego hemos vuelto al hostel para dormir unas horitas antes del check-out, que era a las 13.00. Recogemos el cuarto, empacamos las mochilas como podemos (cada vez cuesta más que todo entre en el jodido macuto), pagamos las dos noches y dejamos atrás nuestro acogedor hostal. Aunque hay que reseñar que las recepcionistas eran unas siesas. Parecían de todo menos colombianas. Ni una sonrisa. Gracias, amores.

Nos instalamos en la escuela y vamos directos a las dos playas que están como a diez minutos andando. Por el caminito, entre árboles, maleza, arbustos y rocas, nos cruzamos con unas lagartijas acojonantes. O, más bien, son lagartos pequeños, de muchos e intensos colores. A mí me dan un ascazo tremebundo. Mola verlos, claro; pero que no me roce un reptil de ésos... Fuasca total.

En Playa Grande hay restaurantes playeros (nunca mejor dicho), como cabañas gigantes, en donde se puede comer pescado bien fresco. Y un juguito de fruta. Qué bien entra. Pero a la playa le falta algo. Limpieza. Debería de estar más limpia. Y le sobra gente. Joder, hay momentos que parece Benidorm en agosto. Te podrías dar de bruces con la Esteban mientras se ajusta el pareo. Bueno, no, no hay tanta peña, pero esperábamos otra cosa.




Al volver, cuando pasamos más de cinco minutos en la habitación con baño que nos deja la escuela para los cuatro, nos damos cuenta del cambio que hemos dado. No nosotros, sino el alojamiento. Nos sale gratis, pero digamos que las condiciones no son para echar cohetes. Aunque sabíamos a lo que veníamos. Las colchas de  las camas pueden ser de la época de la Revolución industrial; el calor que hace dentro de la habita te invita a darte una ducha cada vez que entras en ella; en el baño hay unos agujeros en el techo por los que podría entrar la cabeza de un dragón; y hay unas cucarachas tan inmensas por todos los rincones que parecen perros. Perros grandes. Podrías ponerles una correa y darles un paseo por las calles de Madrid; la nueva moda: pasea tu cuqui en lugar de tu Bulldog francés.

En fin, que nos acostamos prontito, como a las 00.00, porque a las 08.30 tendremos nuestra primera clase teórica del curso de buceo. Con temor y asco de que las cucarachas XXXL trepen por las patas de la cama  y se suban a ella, como un mocoso se cuela en la cama de sus padres cuando tiene pesadillas.  Y con calor, mucho calor. Nos queda un día entero más en Taganga, pero ya tenemos muchísimas ganas de visitar Tayrona.















lunes, 10 de octubre de 2011

Día 12: Taganga

Taganga tiene como tres playas (que conozcamos). Una justo delante del pueblo, y que también sirve como pequeño puerto. Y otras dos que están como a diez minutos andando por un caminito que recorre la colina que se baña en el mar. Son dos calas, un mayor que otra, pero las dos son bastante pequeñas. Sinceramente: nos esperábamos más de estas playitas. El agua es caliente, como te imaginabas, pero no es cristalina como deseabas. Todavía no he visto un mar como el de Formentera, y también estuve hace unos años en la República Dominicana. Así que espero que el Caribe colombiano me muestre algo más en este aspecto.






Prácticamente la única calle asfaltada del pueblo es el diminuto paseo marítimo que está frente a la primera playa. Las calles son de tierra y piedras, y muchas de ellas están sin iluminar. Hay decenas de perros callejeros, escuálidos, tirados a la sombra, que no son capaces ni de menearse. Parecen soldados muertos en un campo de batalla. Y también hay muchas gallinas, gallos y hasta pavos. Todos éstos no paran de pasearse por las calles interiores del pueblo y los tienes a veces que sortear.






Nos hemos informado y ya hemos elegido sitio para realizar el curso de submarinismo . Tiene muy buena pinta. ésta era la razón principal de pasar por este lugar. Es uno de los lugares más baratos del mundo para hacer el curso que da el permiso internacional de submarinismo. Y encima lo vamos a hacer en el Parque Tayrona, en una playa virgen que se encuentra dentro de la reserva natural. Visitar este lugar era el otro objetivo que teníamos por esta zona, así que lo vamos a combinar el un curso de cuatro días y tres noches. Parece perfecto. El lunes lo empezaremos, y a partir de mañana (domingo) ya nos dejan dormir en su escuela (tienen varias habitaciones con camas y baños), antes de partir el martes hacia las playas donde nos sumergiremos. Todo el mundo nos cuenta que la experiencia es apasionante, y la verdad es que parecen todos muy profesionales. Estamos muy contentos.

Merienda-cena en la terraza del apartamento. Con la invasión a la escuela, ya va a ser nuestra última noche (la segunda). Cojonuten. Todo lo que nos ahorremos en sobar, bienvenido sea.  Salimos de parranda los chicos. Anita se queda descansando. La noche vuelve a ser muy divertida. Aquí hay marcheta, al menos los viernes y sábados. Mirador otra vez, pero luego seguimos la fiess en un hostal con piscina y todo. Coincidimos con los chicos jóvenes de la escuela de buceo; parecen buena gente y son simpáticos. Hay un grupo de chicas monas. A los pocos minutos caemos en que son todas lumis. Pero no hay ningún tipo de mal ambiente en la fiestuki. Para nada. La gente se lo pasa de mal y nosotros también.

Taganga vive de eso. De gente como nosotros, de los turistas. Que comemos y bebemos en su garitos, y que hacemos las movidas del submarinismo. Y por la droga. De eso también vive. Porque por las noches no paran de ofrecerte marihuana, éxtasis y cocaína. A veces recuerda a Amsterdam.

Día 11: Taganga

Vamos amaneciendo en el bus. El viaje es larguísimo. He dormido más y mejor de lo que esperaba, pero con frío. Aún así, el cansancio está presente. El viajecito ha durado al final como 16 horicas. Seguramente haya sido el más largo que haya hecho en vida (sin contar esperas eternas tirado en aeropuertos). Imagino que la velocidad media del viaja habrá sido de risa.

De la estación vamos directamente en taxi a Taganga. Bien de precio. Está como a 10-15 minutos en coche. Taganga el un pueblito costero bastante particular. Ésa es la primera impresión. Es muy peque, y tiene mucho rollo caribeño. De eso no hay duda. El pueblo es un nido para turistas, para hippies, y para todo el que quiera que el tiempo pase despacio y sin ninguna preocupación.

Después de visitar y preguntar como en cuatro o cinco hostales, nos quedamos en el que, seguramente, sea el mejor de todo el pueblo. Bonito; coqueto; y limpio. Y nos podemos pillar un apartamento para los cuatro que está muy bien. Tiene baño, cocina y vistas hacia el mar. El tema de la cocina es fetén, porque así cocinamos nosotros y ahorramos pesitos colombianos.

En el bar del hostel, y en puestos de todo el paseo marítimo, hacen unos jugos naturales (fruta + leche o agua + hielo) que te dan la vida. Y que enganchan. Son un vicio. ¡Cómo está el de banano! Viva la fruta colombiana.

Damos una vuelta por el pueblo y hacemos la compra. Tenemos que volver a Santa Marta porque en Taganga sólo hay un cajero y no funciona. Great. Negociamos un precio mejor para el taxi (vamos mejorando). Anita se queda en casita preparando movidas y nos vamos los hombres. Es primera hora de la tarde, como después de comer.  Damos vueltica por Santa Marta. Se ve bastante moderno en comparación con otros lugares del país. Aquí vienen los colombianos a pasárselo bien. Hay tiendas de ropa de las primeras marcas. De todo.

Piña se quería cortar el pelo y se lo corta. Cuatro euris el corte. Se lo hace en una pequeña peluquería regentada por una loca colombiana. Es un hombre de unos 50 palos, muy amanerado, y muy gracioso. El tío dice que la peña va ahí porque es experto em cambios de look, pero Javi únicamente quiere que le corten un poquito. Se le nota que está encantado con nuestra visita. Nos echamos unas risas con él. Buen personaje.

Seguimos el paseo, llegamos hasta la playa, y, sin darnos cuenta, nos metemos en el barrio chunguete de la ciudad. O uno de ellos. Nos miran mucho; bien y mal. Somos muy golosos, en todos los sentidos. Nos ofrecen marihuana y perico por todas las esquinas. Vete a saber luego lo que te dan. Como también hay policías por todos los lados, en ningún instante lo empezamos a pasar mal.  Pero, desde luego, por esas calles, de noche, no recomiendo pasear a ningún blanquito europeo. Me quedo algo retrasado por hacer una foto, y una mujer me empieza a gritar desde su puerta: "Fuck me, fuck me". Y no sé qué movida de que se me follaba me iba a derretir. ¡Flipas, co! La verdad es que me pilla es negra y me desmonta. Qué miedito.


Este barrio recuerda mucho a La Habana. Yo nunca he estado allí, pero sí que he visto fotos. ¡Y es que estamos en el Caribe, muchachada! Edificios de colores, derruidos, pero con solera.Mola mucho. Tampoco nos paseamos mucho más porque va a caer la noche y estamos cansadetes. Así que volvemos a Taganga.




































Cenamos y bebemos en nuestra terracita. Aunque deberíamos estar reventados, ¡hoy toca rumba! Es viernes y hay ganicas. El ciego es considerable. Hacía tiempo que no entraba esa risa floja. Deambulamos dos horas por el pueblo con una alegría bestial. Crippy. Finalmente, después de visitar El Garaje (vacío), y de pasar del Sensation (hortera), acabamos en El Mirador. Está muy bien. Terrazote lleno de guiris, con el mar y la luna a nuestras espaldas. La música no puede ser más comercial (el CD de David Guetta enterito), pero al menos no es Ballenato (no puedo con él), que es lo que se lleva a rajatabla por esta costa caribeña.

El pedaco que se agarra Leonidas (hoy, una vez más, Pedonilas) es de los gordos. ¡Qué tío! Bastante perjudicado nuestro joven amigo francés. Hoy le a tocado a él. Volvemos a casa casi a rastras, realmente destrozados. Caemos como sacos de patas en nuestras camas. Mañana playita. ¡Por fin!    

Día 10: San Gil

No hay rafting. Sus muerts. Qué pena. No nos han llamado, ni nos pillan el teléfono. Ha llovido toda la noche y es imposible bajar el Suárez. Ni siquiera el río del cañón de Chicamocha. Edmundo confiesa luego a Anitosss  que se alegraba un poco porque el temita es de grado 5 y no es moco de pavo. Nos prometemos que en algún momento, en algún país, haremos rafting otra vez. Y, al menos, de grado 4.

Plan B: Nos piramos hoy mismo, esta tarde, a Santa Marta. Recojemos la casa, la limpiamos. Tanto hoy como ayer hemos comido pollo asado con papas. Delicioso. Baratísimo. Y lo mejor de todo: te calzas unos guantes finitos de plástico (como los de las fruterías), y te lo comes todo con las manos. ¡Mola comer con las manos! Seguimos siendo monos.

¡Ah! Movidica. Aquí, en Colombia, los camiones, camionetas grandes, o transporte pesado con ruedas de ese rollo, cuando conducen marcha atrás les suenan unos sonidos de fliparrr. Por lo que nos cuenta Edmundo, debe de haber tres éxitos de estos sonidos en el país: uno que parece como una nave de Star Wars; otro que se escucha (perfectamente) la voz de un robot diciendo: "Este transporte está yendo en reverse", o algo así; y el mejor, sin duda alguna: a muchos camioneros colombianos cuando ponen la marcha atrás les suena La Lambada. Agüita. ¡Jajaj! Brutal. Nos partimos el culo con la movida. Vaya cracks.

Mateo se vuelve a Bogotá a las 14.30. Nosotros nos vamos a Santa Marta a las 18.30. Nos despedimos de Iván y su familia. Antes de pillar el bus, hacemos una fugaz visita a Barichara. Es un pueblito pequeño, muy bonito. Prácticamente todas las casas son iguales. Blancas, bajitas, y con franjas horizontales de vivos colores. Tienen unos patios interiores impresionantes. Y hay un par de miradores en el pueblo; la vista está muy bien, se ve la parte light del cañón de Chicamocha.

Estamos en la plaza, comemos obleas con arequipe (como dulce de leche pero mejor), y al ratito ya nos volvemos. Un peueblito de postal. Y muy tranquilo. Por lo visto, las casitas allí ya deben de costar un auténtico pastizal.

Nos despedimos  en la estación de Edmundo. Mil gracias por todo; usted ya sabe. Aunque lo volveremos a ver en unas semanas cuando pasemos por Bogotá de nuevo. Nos espera un viaje que, digamos, cortito no es. Trece horacas de bus, de San Gil a Santa Marta. Haciendo trasbordo muy cerquita de allí, como hacia las seis in the morning.

El bus es bueno, ya nos lo había explicado el que nos vendió los billetes. Y es barato. Te puedes tumbar casi todo lo que quieras para dormir. Casi. La idea es llegar a nuestro destino como a las 07.30 del día siguiente. Lo bueno de viajar de noche es que te ahorras una noche de hostal, y que no pierdes ni un día ni la luz del Sol. Nos ponen pelis (aunque casi no se escucha). Todo perfecto. Excepto por una cosa: el maldito aire acondicionado. Vaya rascuni. Jooodo. Anita nos previene y todos pillamos la chupa. Pero aún así es un cebatil. El ambiente es glaciar. Te sientes como en un Ice-Bar de ésos, pero sin la termo-armadura que te haga soportar semejante chorro helador.

En Bucaramanga hacemos una parada de 45 minutos. No hace falta ni mear porque se puede hacer en el bus. Comemos una mierda de croissant con jamón y queso. Recalentado. Pero era lo mejor de toda la estación. Comida mala y cara. Nos pillamos los sacos de dormir para intentar paliar el ambientes hostil del interior del bus.  Nos quedan como 8-9 horas casi seguidas de trayecto. Es hora de intentar dormir. O mejor dicho. Es hora de sobar por cojones. Porque ya no hay ni peli ni una sola luz en el interior del autobús. No puedo ni leer ni escribir. El conductor me confirma que no es posible, que no están conectadas. A jamar. Sí que toca cerrar los ojos. Todos soban. Mañana (luego) llegaremos a Santa Marta. A la playa. A ver el Sol, que parece que no se fía de nosotros. Porque viene y va, como con ganas de estar con nosotros. Pero con miedo a quedarse.

Mañana estaremos en el Caribe.

domingo, 9 de octubre de 2011

Día 9: San Gil

Amanecemos. Nos despiertan a Leoncio y a mí. Yo vivo sin reloj, sin móvil (casi siempre lo lleva Anita), es decir, sin hora, sin despertador, y sin consciencia alguna de en qué momento vivimos. Y tan ricamente, oigan.

Vamos en buseta a San Gil. Para hacernos una idea: San Gil tiene unos 100.000 habitantes, aunque mucha población es flotante (los puentes y en verano se pone hasta las patas). El resto del año está más relajado. Es un lugar agradable. Me recuerda un poco a Jaca; por el estilo de las calles, las casas, y por las montañas que nos rodean.

La actividad de hoy ha sido ir a una cueva. A la cueva llamada Vaca. Ha sido muy, muy molón. Y he podido hacer fotos ya que llevaba la cámara acuática. Había momentos que nos teníamos que tirar al agua. Sumergirnos en ella para atravesar un paso bajo el agua, buceando. Al principio, había instantes en que pensabas que podía aparecer cualquier tipo de criatura debajo del agua marrón, o detrás de una estalagmita. Había sapos, cucarachas enormes y murciélagos. Y vete a saber qué más fauna chunga subterránea había ahí debajo, de la cual el guía no nos mencionó nada. Estuvo realmente guapi. Todos hemos comentado que era la típica experiencia que no se te iba a olvidar nunca. Nos os vayáis a pensar que fue una locura que exigía destreza suma. No. Pero yo me sentía en algún momento como Indiana Jones, ¡o Rambo! Flipándola. Piña y yo que íbamos los últimos nos descojonamos mucho. ¡Aventurica!

A la vuelta hubo guerra de barro y todo el copetín. Españoles. Yo creo que el guía se lo estaba pasando chachi piruli con nosotros. A la salida de la cueva, paseamos entre algunas vacas y comemos guayabas muy ricas. Directamente de los árboles. Qué gozo. Y es que les sobran.




















Luego nos hemos tomado unas birrens tirados en una calle de Curití; recibiendo la última hora de Sol del día. Calienta. Se está realmente bien. Yo necesito Sol. Lo necesito. Creo que es la droga más dura de todas las que pueda haber.



Cenamos todos unas empanadas en la calle. Están de muerte. Con dos ya te pones como un cochino. Nos lleva Iván, que conoce muy bien el pueblo y toda la zona. Es una persona encantadora, como toda su familia. Nos ha estado facilitando la vida desde que bajamos de la buseta y pisamos San Gil. Ha sido un placer conocerles, de verdad.
Nos acostamos como a las doce, porque mañana queremos intentar hacer rafting en el Suárez. ¡Qué ganas! Me ha flipado este deporte. ¡A todos! A ver si hay suerte y el río nos permite jugar un poquito con él.