La Paz. Bonito nombre. Aunque a mí, personalmente, no me proporcionó exactamente eso, sino que me pareció una ciudad bastante caótica. Y el caos no es malo, dentro de un mínimo orden; pero, sinceramente, no fue un caos que nos enamorase. Otros adjetivos que me vienen a la mente son: gris y fría. Y es que en cuanto se va el Sol, ahí arriba hace una rasca importante, y da igual que sea verano o invierno, porque la altitud es nuevamente brutal, y se nota el frescor en cuanto se esconde Lorenzo. Y no sé si la palabra es sucia, porque suena muy mal, pero digamos que muchas de sus calles no te invitan a sentarte en el suelo y tomarte unas birras y unos bocatas con la muchachada.
Me doy cuenta de que estoy poniendo casi por los suelos a Bolivia, y no es mi objetivo mi mucho menos, pero las sensaciones que nos ha dejado al Equipo son como las intento contar. Es un país árido, que ha pasado por muchas dificultades durante su historia, y me temo que todo eso se refleja todavía en sus gentes. No saben tratar a los turistas, de hecho, parece que no les gustamos nada. Son inexpresivos, quizá algunos ni nos entiendan, aunque me temo que la cuestión es que no nos quieren entender. Y es una pena, principalmente por ellos, porque no te invitan a pasar más tiempo con su gente, a intentar conocerlos, y, por lo tanto, a gastar más dinero en sus comercios y servicios.
Lo que más nos gustó de la ciudad fue el llamado Mercado de las Brujas. Son tres o cuatro calles estrechas, por el centro de la ciudad, en las cuales puedes encontrar cualquier tipo de cosa extraña, baratija, amuleto, medicina natural, droga o personaje singular con locas historias sobre la ayaguasca y sus viajes por el tiempo para encontrarse con Dios. Es un lugar muy curioso, y la verdad es que es diver. Cien por cien seguro de que si vas allí, vueles con algo en las manos. Chaquetas de lana típicas del país, colgantes, pulseras, pellote, hierbas para curar el mal de ojo, o diminutos fetos de llama flotando en botellas de cristal... Sí, amigos, como suena, aquí hay pa todos. Así que el que se pase por La Paz, que no deje de ir a este pintoresco mercado, porque no creo que haya nada más auténtico que eso en toda la ciudad.
Dejando a un lado los cuentos de brujas y los ciegos que se pillan los hippies y artesanos por esos lares, pasamos muchas horas de nuestro tiempo metidos en el hostel, y es que el hostal sí que estaba de puta madre. Tenía un bar enorme que estaba siempre lleno de peña y en el que todas las noches había una fiestaca de rigor. Era barato el beber allí, incluso el comer salía muy bien. Además, tenían un cocinero bastante jefe que preparaba unos platos de pasta dignos de la mismísima Roma. Sí, ahí lo pasamos muy bien varias noches, y luego, todos los del hostel nos íbamos juntos a seguir la fiesta al garito que tocase ese día en cuestión. Mucho australiano loco, que les gusta más la fiesta que hacer surf. ¡Qué tíos los aussies! Tienen más peligro que el grandísimo Ronaldo el día de su cumpleaños.
Creo, y digo creo, porque no tengo muchas notas en mi diario sobre Bolivia, que pasamos unos 6 días en total en La Paz, y lo hicimos en dos etapas, aunque aquí lo ponga todo junto; porque entre medio de las dos estancias, nos fuimos 3 días al salar de Uyuni. Donde, por cierto, tuvimos ciertos roces con la gente del lugar... Sí, parece que en Bolivia no nos ha salido todo tan rodado como en los anteriores países... Pero oye, son experiencias inolvidables igualmente. Y de todo se aprende. De lo bueno, de lo malo, y de lo regulero. Pero ésa, la del salar de Uyuni, es otra historia...
Sin calcetines
lunes 19 de marzo de 2012
viernes 2 de marzo de 2012
Días 66-68: Copacabana
Qué difícil es hablar ahora de Bolivia. Parece un universo extranho y lejano en estos momentos. Leo mis notas y empiezo a recordar, y me doy cuenta de que sólo han pasado unas semanas desde entonces, aunque ahora mismo me parezcan meses.
Dejamos Cuzco, y tras no sé cuántas horas de autobús, y X horas de furgoneta, llegamos a la frontera con Bolivia. La primera impresión es fuerte: la oficina que se ocupa del dichoso papeleo de siempre, es un garito que parece una penha de pueblo de unos adolescentes en plenas fiestas de su patrón. Finalmente, después de otro pequenho trayecto en van, por fin llegamos a nuestro destino: Copacabana. Que suena a Brasil pero que se parece un fajo. No, Brasil no es.
Copacabana es una pequenha localidad (ciudad) a orillas del inmenso lago Titicaca. Nos esperábamos un lugar alegre, marchoso, vital, y no es exáctamente lo que nos hemos encontrado. El sitio no es un funeral, pero tampoco es Pamplona en San Fermín. Puede que el problema es que, al principio, al compararlo todo con el Machu Picchu, y con el trato que nos dieron en el Inka Trail, cualquier cosa sepa a poco, y es bastante complicado no desilusionarse. Y es que, Bolivia es el país más pobre de Sudamérica, y se nota desde el principio, desde la mismísima frontera. Ser pobre, o tener menos dinero, mejor dicho, no quiere decir ser peor, para nada; pero hay que estar un poco preparado para el drástico cambio que van a recibir todos tus sentidos.
Lo mejor de Copacabana, y casi lo único, creo yo, es que está banhado por el grandioso lago Titicaca. Lo de este lago es una locura. Datos: es considerado el lago a gran altura más grande del mundo, con una superficie de 8.400 km², y a una altura de 3.800 metros. Tres mil ochocientos metros!!! Cuando te adentras en él, te da la sensación de estar en el mar; con sus olas, las múltiples embarcaciones navegando por el mismo, y el horizonte al fondo, sin poder divisar el final. Es muy bestia.
Nos metimos en el lago (en barco, y en una excursión contratada, quiero decir) para poder llegar hasta la Isla del Sol, un mítico lugar para los inkas, ya que para ellos y según su mitología, allí nació el Sol. Y como creo que ya os comenté, estas movidas mitológicas nos encantan al Equipo entero. A mí me flipan. Y cuentan que aquí es donde el dios Viracocha y los primeros inkas hicieron su mística aparición.
En la Isla del Sol nos marcamos un trecking que te cagas. Sí, que después de Perú vamos de expertos y ya usamos el argot de montanhero, sabes??? Pero, para variar, seguimos teniendo menos orientación que un perro sin su olfato, o que un esquimal en el jodido Corte Inglés. Oh yes, nos perdimos again. Vaya pateada del horror. Además de que pegaba un solaco du inferno, además de que no teníamos ni agua (porque en teoría, y en realidad, era un suave paseo de dos horas), además de todo ello, la maldita altitud boliviana nos pegó con todo lo gordo, y, sinceramente, hubo momentos muy duros. De hecho, al final tuvimos que contratar a un abuelo para que nos llevase en su bote y llegar a tiempo para poder pillar el barco de regreso a Copacabana. Llegamos cinco minutos tarde y menos mal que nos esperaron, porque nos hubiera tocado hacer noche en la isla y no estaba planeado.
Capítulo aparte para el tema de la altitud de Bolivia: es una auténtica pasada. Cuesta moverse, simplemente pasear un rato ya es muy costoso. La falta de aire es exagerada. Subes una pequenha rampa, una mínima colina, y tu corazón se pone a mil, y tus pulmones se sienten totalmente desbordados. Fatal. Hay momentos, muchos, en los que tienes que parar a respirar, porque te sientes como si te ensenhasen "el fondo del mar". Sí, esa técnica que utilizan, entre otros, los Yakuza; y consiste, simplemente, en tapar la cabeza del pringao de turno con una bolsa de plástico, y atársela al cuello, hasta que el pobre hombre esté casi asfixiado y siente que su cabeza va a explotar, y sus ojos van a salirse de sus órbitas. Mu rico. En serio, de verdad que se nota, se nota y mucho. Son 3.800 metros de altitud! Por ello mismo, cuando juegan al futból en La Paz, ahí no les gana ni el mítico Brasil de Pelé.
Bolivia... Qué diferentes somos, sin duda alguna, pero también qué difícil lo ponen ellos!! En breves, seguimos con ello. Nos queda La Paz, y el salar de Uyuni.
Me voy a mimir, que falta me hace.
Dejamos Cuzco, y tras no sé cuántas horas de autobús, y X horas de furgoneta, llegamos a la frontera con Bolivia. La primera impresión es fuerte: la oficina que se ocupa del dichoso papeleo de siempre, es un garito que parece una penha de pueblo de unos adolescentes en plenas fiestas de su patrón. Finalmente, después de otro pequenho trayecto en van, por fin llegamos a nuestro destino: Copacabana. Que suena a Brasil pero que se parece un fajo. No, Brasil no es.
Copacabana es una pequenha localidad (ciudad) a orillas del inmenso lago Titicaca. Nos esperábamos un lugar alegre, marchoso, vital, y no es exáctamente lo que nos hemos encontrado. El sitio no es un funeral, pero tampoco es Pamplona en San Fermín. Puede que el problema es que, al principio, al compararlo todo con el Machu Picchu, y con el trato que nos dieron en el Inka Trail, cualquier cosa sepa a poco, y es bastante complicado no desilusionarse. Y es que, Bolivia es el país más pobre de Sudamérica, y se nota desde el principio, desde la mismísima frontera. Ser pobre, o tener menos dinero, mejor dicho, no quiere decir ser peor, para nada; pero hay que estar un poco preparado para el drástico cambio que van a recibir todos tus sentidos.
Lo mejor de Copacabana, y casi lo único, creo yo, es que está banhado por el grandioso lago Titicaca. Lo de este lago es una locura. Datos: es considerado el lago a gran altura más grande del mundo, con una superficie de 8.400 km², y a una altura de 3.800 metros. Tres mil ochocientos metros!!! Cuando te adentras en él, te da la sensación de estar en el mar; con sus olas, las múltiples embarcaciones navegando por el mismo, y el horizonte al fondo, sin poder divisar el final. Es muy bestia.
Nos metimos en el lago (en barco, y en una excursión contratada, quiero decir) para poder llegar hasta la Isla del Sol, un mítico lugar para los inkas, ya que para ellos y según su mitología, allí nació el Sol. Y como creo que ya os comenté, estas movidas mitológicas nos encantan al Equipo entero. A mí me flipan. Y cuentan que aquí es donde el dios Viracocha y los primeros inkas hicieron su mística aparición.
En la Isla del Sol nos marcamos un trecking que te cagas. Sí, que después de Perú vamos de expertos y ya usamos el argot de montanhero, sabes??? Pero, para variar, seguimos teniendo menos orientación que un perro sin su olfato, o que un esquimal en el jodido Corte Inglés. Oh yes, nos perdimos again. Vaya pateada del horror. Además de que pegaba un solaco du inferno, además de que no teníamos ni agua (porque en teoría, y en realidad, era un suave paseo de dos horas), además de todo ello, la maldita altitud boliviana nos pegó con todo lo gordo, y, sinceramente, hubo momentos muy duros. De hecho, al final tuvimos que contratar a un abuelo para que nos llevase en su bote y llegar a tiempo para poder pillar el barco de regreso a Copacabana. Llegamos cinco minutos tarde y menos mal que nos esperaron, porque nos hubiera tocado hacer noche en la isla y no estaba planeado.
Capítulo aparte para el tema de la altitud de Bolivia: es una auténtica pasada. Cuesta moverse, simplemente pasear un rato ya es muy costoso. La falta de aire es exagerada. Subes una pequenha rampa, una mínima colina, y tu corazón se pone a mil, y tus pulmones se sienten totalmente desbordados. Fatal. Hay momentos, muchos, en los que tienes que parar a respirar, porque te sientes como si te ensenhasen "el fondo del mar". Sí, esa técnica que utilizan, entre otros, los Yakuza; y consiste, simplemente, en tapar la cabeza del pringao de turno con una bolsa de plástico, y atársela al cuello, hasta que el pobre hombre esté casi asfixiado y siente que su cabeza va a explotar, y sus ojos van a salirse de sus órbitas. Mu rico. En serio, de verdad que se nota, se nota y mucho. Son 3.800 metros de altitud! Por ello mismo, cuando juegan al futból en La Paz, ahí no les gana ni el mítico Brasil de Pelé.
Bolivia... Qué diferentes somos, sin duda alguna, pero también qué difícil lo ponen ellos!! En breves, seguimos con ello. Nos queda La Paz, y el salar de Uyuni.
Me voy a mimir, que falta me hace.
jueves 12 de enero de 2012
Días 64-65: Cuzco
Dos días más de vuelta en Cuzco, simple y llanamente, para recuperarnos física y mentalmente de la magnífica experiencia del Camino Inka. Aunque anímicamente estábamos muy felices, satisfechos y orgullosos de nuestra pequeña gesta, necesitamos un par de jornadas de no hacer prácticamente nada. Descanso y relax, puro y duro.
Pasamos como 48 horas tirados en nuestras (benditas) camas, viendo pelis y series americanas por tele de cable, comiendo muchas Big Macs y Cuartos de lIbras, y dándonos largas y espumosas duchitas calientes cada dos por tres. Porque creo que no lo mencioné, pero nos pegamos los cuatro días del Camino sin poder darnos una ducha. Tela marinera. Vaya fuasca. En el cuarto día, nuestras pelambreras eran ya principio de rastas, nuestras axilas podían considerarse pequeñas cámaras de gas, y nuestras partes nobles... Bueno, está bien, lo dejamos ahí, que hay señoritas presentes.
Ya recuperados, más o menos, porque los dolores de espalda duraron varios días más, nos disponemos a dejar atrás Cuzco, y a dejar atrás Perú. Contentísimos de haber conocido este gran país, que lo tiene prácticamente todo. Y exultantes de haber subido al Machu Picchu. Quién sabe si volveremos por aquí, nadie lo puede afirmar ni negar. Sea lo que sea, que nos quiten lo bailao.
¡VIVA EL PERÚ!
Y, ahora, ¡pa Bolivia!
Pasamos como 48 horas tirados en nuestras (benditas) camas, viendo pelis y series americanas por tele de cable, comiendo muchas Big Macs y Cuartos de lIbras, y dándonos largas y espumosas duchitas calientes cada dos por tres. Porque creo que no lo mencioné, pero nos pegamos los cuatro días del Camino sin poder darnos una ducha. Tela marinera. Vaya fuasca. En el cuarto día, nuestras pelambreras eran ya principio de rastas, nuestras axilas podían considerarse pequeñas cámaras de gas, y nuestras partes nobles... Bueno, está bien, lo dejamos ahí, que hay señoritas presentes.
Ya recuperados, más o menos, porque los dolores de espalda duraron varios días más, nos disponemos a dejar atrás Cuzco, y a dejar atrás Perú. Contentísimos de haber conocido este gran país, que lo tiene prácticamente todo. Y exultantes de haber subido al Machu Picchu. Quién sabe si volveremos por aquí, nadie lo puede afirmar ni negar. Sea lo que sea, que nos quiten lo bailao.
¡VIVA EL PERÚ!
Y, ahora, ¡pa Bolivia!
miércoles 11 de enero de 2012
Días 60-63: El Camino Inka. Machu Picchu
Primer día.
Después del madrugón del horror, el trayecto en bus hasta el Valle Sagrado, y un desayunaco en toda regla incluído en el precio del pack, nos disponemos a emprender el Camino Inka.
Hace un calor tremendo, el Sol pega como si le debiésemos dinero y quisiera hacernos pupa, y no corre ni una miaja de aire. En el ambiente se palpa mucha emoción, muchas ganas, y mucha ansia de abordar las primeras montañas. Aunque para ser sinceros, nuestras fuerzas, para ser el primer día, no están al ciento por ciento. Los Piñas llevan con diarrea desde hace unos días, aunque parece que ya mejoran; y yo, además de llevar un medio catarro importante, justo esa misma mañana empiezan a asomar ciertos indicios de la maldita e inoportuna diarrea... El kit completito para subir a los Andes, vaya.
Aún así vamos sobrados y nos vemos muy fuertes durante todo el día. Sin embargo yo agradezco los oportunos descansos que vamos tomando cada cierto tiempo. Los otros tres miembros del Equipo van a tope y hasta les parece mal parar a descansar. Mi revoltosa tripa y mis congestionados pulmones no opinan lo mismo.
El día consiste básicamente en continuos up&downs, es decir, subir y bajar constantemente, sin que ninguna subida sea muy dura de pelar. También hacemos las presentaciones de todo el grupo, y vemos unas primeras ruinas inkas. Somos unas dieciséis personas, más el guía (William), el ayudante del guía (Raulito) y como una docena (o quizá más) de porteadores. El grupo a primera vista parece realmente bueno, se respira un ambiente sano, y somos los únicos españolitos, que también mola.
La jornada transcurre con tranquilidad, exceptuando mis problemas intestinales, que ya no son indicios: son un hecho totalmente consumado. Y tanto. A mitad de camino ya tengo que utilizar los "baños naturales" (como decía William). Traducción: deja la mochila, pilla papel, vete corriendo detrás del primer arbusto que tengas a mano, y deja allí un poco de abono güeno pal campo, que nunca viene mal. El tema se pone escatológico, lo sé; y no voy a dar detalles porque son realmente escabrosos, pero oye, es lo que hay.
Llegamos al campamento base del primer día los primeros, muy contentos, aunque yo ya llevo un careto de muerto que ni en Haloween. El resto del Equipo van a full y con las fuerzas intactas. El día ha sido bastante más light de lo que pensábamos, aunque la calufa hubiese apretado de lo lindo.
La verdad es que llevábamos buenas provisiones para los cuatro días: unas hojas de una planta que habíamos pillado en el Valle Sagrado (Muña o algo así se llamaba), y que servía para abrir los conductos respiratorios y aspirar mejor, rollo Vicks Vaporub; unos paquetitos de hojas de coca que compramos en Cuzco y que las mascabas y supuestamente te ponían como una moto; y alguna otra hierba más en nuestro haber. Vamos, que ni el druida Panoramix.
Segundo día.
Esta segunda jornada era la más dura de las cuatro, y con mucha diferencia. Prácticamente todo el día subiendo sin parar, con unas pendientes realmente empinadas en algunos momentos, que no se las subía ni el bueno de Pantani cuando iba puesto hasta las orejas.
Hasta el primer descanso largo, que era como a las dos horas, yo fui bien y con el grupo. Después de eso, me empecé a descolgar y comenzó mi auténtico infierno inka. Mamma mía qué locura. Leo y Anita iban genial, mención especial para Anitosss que la tía subía como una jabata. Piña iba un poco más justo, también con algo de diarrea, pero sin problemas y a su marchica. Pero yo no. Ni mucho menos. Me empezó a entrar un cansancio brutal, cuando quedaba todavía como el setenta por ciento del recorrido de ese día. La tos empezó a ser constante y cada vez más ruidosa y fea. Muy chunga. No podía respirar, y a cada diez metros tenía que parar. Por si fuera poco, la diarrea estaba en todo su apogeo, y, hablando en plata, me cagaba vivo. Encima, las subidas no eran como las del día anterior, y era imposible salirse del camino a hacer tus necesidades, porque las 400 personas que estaban haciendo la ruta ese día te veían medio escondido, de cuclillas, a dos metros suyo, sufriendo la auténtica cólera del mal de tus infectados intestinos... Sí, toda una odisea. Jodida cagalera.
Que te viese la peña o te dejase de ver, en el fondo era lo de menos, por supuesto. El caso es que debido a la horrenda y constante tos, a la diarrea, al vómito que eché en plena subida, y a que me quedé sin agua cuando aún faltaba un buen trecho, me quedé sin fuerzas, absolutamente, y la subida fue una de las experiencias más duras de mi vida. Sin duda alguna. Me deshidraté. Y cada tres metros, ¡tres metros! Tenía que parar y respirar durante un minuto. Fue un cebatil. La gente que pasaba me ayudaba, me daba agua, ánimos; y yo a cambio les daba mucha pena y mucha lástima. Me quedé el último de las 400 personas que subían ese día. Niños, viejunos, gorditos, incluso me pareció ver cómo una tortuga con esguince me adelantó ese día. Fue un sufrimiento descomunal. Muerte en vida.
Al final, conseguí llegar al segundo punto de descanso (todavía quedaba media jornada de subida animal y luego de bajada de cabrón). Gracias a que William me pilló mi mochila, gracias a los ánimos de Raulito (que iba detrás del todo con dos chicas canadienses de nuestro grupo), y gracias a que mandaron a un porteador a que me ayudase a subir los últimos metros. Literalmente, este buen hombre (un ángel caído del Cielo para mí), me pilló el brazo, se lo puso al hombro, y tiró de mí las últimas decenas de metros. Cuando llegué y éstos me vieron, fliparon. Ahora nos desojonamos, pero allí se acojonaron. Estaba más blanco que mi amigo Juan Luis Lauroba en invierno, con una cara que era un poema, arrastrando los pies y sin poder hablar.
Me tumbaron, me taparon, me pusieron encima una manta térmica que más parecía la bolsa de los muertos de CSI; y ahí me dejaron un rato mientras debatían si me tenáin que mandar abajo y quedarme a mitad de Camino Inka. Yo les escuchaba, de fondo, como si fuera una llamada de teléfono que se escucha muy bajita, pero era incapaz de articular palabra. No tenía fuerzas. Entonces, se les ocurrió darme Gatorade, para ver si me hidrataba y podía seguir, aunque no las tenían todas consigo; claro, los guías no querían arriesgarse a que me quedase tieso ahí arriba... Pero funcionó. Me bebí un litro de ese líquido naranja, y empecé a poder reaccionar. Joder si funcionó. Recuperé sales minerales y todo el rollo ése que te cuentan (y que en este caso ya os digo que es verdad), y pude seguir la subida (y eso que quedaban las rampas más chungas).
Tengo que volver a agradecer al Equipo su ayuda, porque pillaron mi mochila y se repartieron mis cosas. Por esperarme y hacer los últimos tramos a mi ritmo. Y tengo que volver a dar gracias a William, a Raúl y a los porteadores, que me ayudaron a saco, y me trataron como si fuesen de mi familia. Qué majos, y qué sustico les di. Súper buena gente, no me cansaré de repetirlo. Gracias.
Ese día subimos al punto más alto de todo el Camino: 4.210 metros de altitud, casi ná. Y bueno, además de todas mis movidicas, nos pasó de todo: calorazo al principio del día, luego un viento y un frío tremendos en el segundo parón (cuando yo estaba tieso como una momia), y mientras hacíamos el único descenso del día, por unas piedracas que alucinas, nos cayó una lluvia torrencial con granizo y todo lo que te puedas imaginar. Una delicia. Ya era lo que faltaba para culminar una jornada inolvidable, porque los resbalones y las caídas de culo sucedían cada cinco minutos. Si ese día no me abrí la crisma tampoco, nunca me la abriré. Inciso: la marca Quechua no está mal, calidad-precio y todo lo que tú quieras, pero cuando estás en plena montaña y con condiciones tan adversas, te cagas en Decathlon y su marca blanca para el resto de tus días. Demonios, yo creo que mis pies descalzos tienen más grip.
Tercer día.
La jornada más bonita de las tres. Vas pasando de los Andes, plena montaña, hacia la jungla. Y se nota. La vegetación, los árboles, el paisaje va mutando poco a poco. Pasamos por tramos realmente preciosos. Como el primer día, hay bastantes up&downs, pero son más duros. Aunque no se acerca, ni de coña, a lo de la jornada anterior.
Yo estoy bastante recuperado. Hidratado, con mucha menos tos, y mucho mejor de tripas. No es cuestión de hacer publicidad y aquí la estoy haciendo, pero otro producto que funciona a las mil maravillas, con mucho menos reconocimiento que la famosa aspirina de Bayer, es Fortasek, "El Gran Aliado". Chico, mano de seda. Eso corta en seco hasta el río Nilo si se lo proponen.
Antes de dejar de escribir, es necesario hablar de los porteadores (esos súper hombres), y de el cocinero de nuestra expedición (ese genio de los fogones). Este tío, el cocinillas, era un megacrack, un superclase. ¡Cómo nos daba de comer! ¡Y en plena montaña! Flipamos y mucho. Siempre sobraba comida, y estaba todo de luxe. No sabíamos cómo diantres se las apañaba para cocinar las exquisiteces que nos sacaba, eso, en plena montaña,con tiendas de campaña, y sin una cocina medio digna. Tortitas, tarta de cumpleaños para Keri, crepes con flambeado (¡flambeado!) de no sé qué, tapas delicatessen... Un puto genio. Y, capítulo aparte para los porteadores. Qué tíos, qué bestias, con todos mis respetos. Llevaban a cuestas las tiendas y la comida de toda la expedición , con unas mochilas a la espalda que sólo de ponértela encima te tenía que partir el espinazo. Y subían y bajaban corriendo, como si les quemase el ojete, ¡en alpargatas! Te pasaban como motos, y es que cuando tú llegabas al campamento, ya habían montado todas las tiendas, y ya tenías la comidita caliente preparada. Increíble. Ellos sí que son de una raza superior, y no los blanquitos de ojos azules. Y en cuanto te dabas la media vuelta, te ibas a lavarte los piños, ya habían recogido el campamento entero y se disponían a seguir el camino para esperarte más arriba con todo montado de nuevo. Siempre serviciales (hasta demasiado), siempre ayudando; humildes y con una sonrisa constante el su cara. Esos hombres realmente nos impresionaron. Una locura lo que hacían. Yo a uno le debo casi la vida, y cada vez que le veía y le daba las gracias, él sólo sonreía y agachaba la cabeza, como con vergüenza. En fin, otro rollo de gente. Mejor.
También hay que destacar el mérito de muchas personas que hicieron los cuatro días de Camino: niños pequeños, personas bastante mayores, y gente que no estaba en forma ni mucho menos. Gente que se lo curró mucho, que le echaban huevos y ovarios, y subían como jabatos, siempre de buen rollo y con la sonrisa en la cara. Daba gusto verlos. Y eso que el más cadáver de todos ellos, fue, sin dudarlo, el menda que le está dando a las teclas.
Cuarto día.
Tras un nuevo madrugón, empezamos el último y gran día de todos. Por cierto, que el tema madrugones era un canteo muy serio. Cada día nos levantaban antes, y eran horas intempestivas, horas en las que nadie debería levantarse, horas que no son para que se despierten los seres humanos. Al menos los seres humanos españoles. Esas horas, y estoy hablando de las cinco, cuatro y tres y media de la mañana, son las horas de los buhos, las horas de las estrellas y la Luna, de los sueños húmedos, de los vampiros y de los Hombres Lobo.
Después del susto al despertarnos, y gracias al chocolatito caliente que nos traían a la mismísima tienda (¿¿unos cracks o no??), emprendíamos la última subida para, por fin, llegar a la deseada y ansiada ciudad perdida del Machu Picchu. La excursión esta vez era lo de menos, ya que sólo eran unas dos o tres horitas hasta llegar allí. Y, bueno, qué decir... Ese lugar es mágico, de verdad lo digo. Al principio, cuando llegamos y lo teníamos debajo, no se veía nada, porque el cielo estaba lleno de nubes y había una niebla muy espesa. La decepción y la congoja estaban presentes en todos nuestros rostros. Pero William, el guía, que ha subido ahí ya como 200 veces, nos dijo que iba a cambiar. Que únicamente teníamos que seguir sonriendo como habíamos hecho todos los días (keep on smiling guys!). Decía que era fundamental, porque sin sonrisas la niebla no se iría. Los espíritus decía él, el karma dirán otros, o, simplemente, las condiciones meteoroĺógicas que ahí son constantes y lo hacen muy rápidamente, que también. El caso es que tuvo razón, y la mística surgió, y mientras bajábamos para llegar hasta la mismísima ciudad inka, la niebla desapareció, las nubes huyeron como si un dios las persiguiese para castigarlas, y un Sol impresionante se alzó ante nosotros, y ante las imponentes ruinas de Machu Picchu.
Como decía, ese lugar tiene magia, tiene algo que yo no soy capaz de explicar con palabras. Tiene un algo, un no sé qué que qué sé yo. El morbo en una mujer, la chispa, eso que no se puede explicar pero que es lo que te atrae y te vuelve tó loco. Eso es lo que tiene el Machu Picchu. Es impactante, brutal, precioso, increíble, impresionante, abrumador, bestial. Acojonante. Y todos los adjetivos que le quieras poner. Ni la mejor foto del mundo se puede acercar a estar allí y verlo con tus propios ojos. Y pasear entre las ruinas, esas ruinas tan bien conservadas. Porque, además, es mucho más grande de lo que te imaginas. Todo rodeado de impresionantes montañas por cualquier lado. Con las nubes, en ciertos momentos, tan cerquita tuyo, que parece que las pudieras aspirar y dar una gigantesca calada con ellas.
Las nubes tienen la misma importancia en el camino que las montañas. Son parte del trayecto, del paisaje, y le dan ese toque tan especial. Como las llamas, esos bichos que te cruzas cada día por esos lares, y que pastan indiferentes a ti, pero lo hacen de una manera altiva y orgullosa. Y las tres noches, los cuatro días, el intenso calor, el horrible frío, la lluvia y el granizo, las risas, las agujetas, las fotos, la diarrea, la tos y el vómito, los compañeros, los silencios, los amigos, los abrazos... Todo eso es el Camino Inka. Una experiencia irrepetible e inolvidable. Y es que la belleza del sitio es innegable, cualquiera persona de este mundo la podría apreciar. Pero también estoy seguro de que el sabor de boca es mucho mejor después de esos cuatro días. Que no es lo mismo subir en bus hasta la puerta del recinto y entrar directamente.
Ha sido lo mejor del viaje hasta ahora, y en eso coincidimos todos. Y este año, sin saberlo nosotros, era el centenario del descubrimiento de este maravilloso lugar. Así que mira qué bien. Y ya para colmo, justo al día siguiente, vimos un informe (no recuerdo de qué publicación) que decía, después de numerosos votos, que la primera cosa que hay que hacer en esta vida antes de morir es visitar el Machu Picchu.
Así que ya sabes: no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. No te arrepentirás. A mí todavía se me pone esa sonrisa estúpida en la cara cada vez que pienso en ello. Y sé que esa sonrisa nunca va a desaparecer. No, nunca lo hará.
Después del madrugón del horror, el trayecto en bus hasta el Valle Sagrado, y un desayunaco en toda regla incluído en el precio del pack, nos disponemos a emprender el Camino Inka.
Hace un calor tremendo, el Sol pega como si le debiésemos dinero y quisiera hacernos pupa, y no corre ni una miaja de aire. En el ambiente se palpa mucha emoción, muchas ganas, y mucha ansia de abordar las primeras montañas. Aunque para ser sinceros, nuestras fuerzas, para ser el primer día, no están al ciento por ciento. Los Piñas llevan con diarrea desde hace unos días, aunque parece que ya mejoran; y yo, además de llevar un medio catarro importante, justo esa misma mañana empiezan a asomar ciertos indicios de la maldita e inoportuna diarrea... El kit completito para subir a los Andes, vaya.
Aún así vamos sobrados y nos vemos muy fuertes durante todo el día. Sin embargo yo agradezco los oportunos descansos que vamos tomando cada cierto tiempo. Los otros tres miembros del Equipo van a tope y hasta les parece mal parar a descansar. Mi revoltosa tripa y mis congestionados pulmones no opinan lo mismo.
El día consiste básicamente en continuos up&downs, es decir, subir y bajar constantemente, sin que ninguna subida sea muy dura de pelar. También hacemos las presentaciones de todo el grupo, y vemos unas primeras ruinas inkas. Somos unas dieciséis personas, más el guía (William), el ayudante del guía (Raulito) y como una docena (o quizá más) de porteadores. El grupo a primera vista parece realmente bueno, se respira un ambiente sano, y somos los únicos españolitos, que también mola.
La jornada transcurre con tranquilidad, exceptuando mis problemas intestinales, que ya no son indicios: son un hecho totalmente consumado. Y tanto. A mitad de camino ya tengo que utilizar los "baños naturales" (como decía William). Traducción: deja la mochila, pilla papel, vete corriendo detrás del primer arbusto que tengas a mano, y deja allí un poco de abono güeno pal campo, que nunca viene mal. El tema se pone escatológico, lo sé; y no voy a dar detalles porque son realmente escabrosos, pero oye, es lo que hay.
Llegamos al campamento base del primer día los primeros, muy contentos, aunque yo ya llevo un careto de muerto que ni en Haloween. El resto del Equipo van a full y con las fuerzas intactas. El día ha sido bastante más light de lo que pensábamos, aunque la calufa hubiese apretado de lo lindo.
La verdad es que llevábamos buenas provisiones para los cuatro días: unas hojas de una planta que habíamos pillado en el Valle Sagrado (Muña o algo así se llamaba), y que servía para abrir los conductos respiratorios y aspirar mejor, rollo Vicks Vaporub; unos paquetitos de hojas de coca que compramos en Cuzco y que las mascabas y supuestamente te ponían como una moto; y alguna otra hierba más en nuestro haber. Vamos, que ni el druida Panoramix.
Segundo día.
Esta segunda jornada era la más dura de las cuatro, y con mucha diferencia. Prácticamente todo el día subiendo sin parar, con unas pendientes realmente empinadas en algunos momentos, que no se las subía ni el bueno de Pantani cuando iba puesto hasta las orejas.
Hasta el primer descanso largo, que era como a las dos horas, yo fui bien y con el grupo. Después de eso, me empecé a descolgar y comenzó mi auténtico infierno inka. Mamma mía qué locura. Leo y Anita iban genial, mención especial para Anitosss que la tía subía como una jabata. Piña iba un poco más justo, también con algo de diarrea, pero sin problemas y a su marchica. Pero yo no. Ni mucho menos. Me empezó a entrar un cansancio brutal, cuando quedaba todavía como el setenta por ciento del recorrido de ese día. La tos empezó a ser constante y cada vez más ruidosa y fea. Muy chunga. No podía respirar, y a cada diez metros tenía que parar. Por si fuera poco, la diarrea estaba en todo su apogeo, y, hablando en plata, me cagaba vivo. Encima, las subidas no eran como las del día anterior, y era imposible salirse del camino a hacer tus necesidades, porque las 400 personas que estaban haciendo la ruta ese día te veían medio escondido, de cuclillas, a dos metros suyo, sufriendo la auténtica cólera del mal de tus infectados intestinos... Sí, toda una odisea. Jodida cagalera.
Que te viese la peña o te dejase de ver, en el fondo era lo de menos, por supuesto. El caso es que debido a la horrenda y constante tos, a la diarrea, al vómito que eché en plena subida, y a que me quedé sin agua cuando aún faltaba un buen trecho, me quedé sin fuerzas, absolutamente, y la subida fue una de las experiencias más duras de mi vida. Sin duda alguna. Me deshidraté. Y cada tres metros, ¡tres metros! Tenía que parar y respirar durante un minuto. Fue un cebatil. La gente que pasaba me ayudaba, me daba agua, ánimos; y yo a cambio les daba mucha pena y mucha lástima. Me quedé el último de las 400 personas que subían ese día. Niños, viejunos, gorditos, incluso me pareció ver cómo una tortuga con esguince me adelantó ese día. Fue un sufrimiento descomunal. Muerte en vida.
Al final, conseguí llegar al segundo punto de descanso (todavía quedaba media jornada de subida animal y luego de bajada de cabrón). Gracias a que William me pilló mi mochila, gracias a los ánimos de Raulito (que iba detrás del todo con dos chicas canadienses de nuestro grupo), y gracias a que mandaron a un porteador a que me ayudase a subir los últimos metros. Literalmente, este buen hombre (un ángel caído del Cielo para mí), me pilló el brazo, se lo puso al hombro, y tiró de mí las últimas decenas de metros. Cuando llegué y éstos me vieron, fliparon. Ahora nos desojonamos, pero allí se acojonaron. Estaba más blanco que mi amigo Juan Luis Lauroba en invierno, con una cara que era un poema, arrastrando los pies y sin poder hablar.
Me tumbaron, me taparon, me pusieron encima una manta térmica que más parecía la bolsa de los muertos de CSI; y ahí me dejaron un rato mientras debatían si me tenáin que mandar abajo y quedarme a mitad de Camino Inka. Yo les escuchaba, de fondo, como si fuera una llamada de teléfono que se escucha muy bajita, pero era incapaz de articular palabra. No tenía fuerzas. Entonces, se les ocurrió darme Gatorade, para ver si me hidrataba y podía seguir, aunque no las tenían todas consigo; claro, los guías no querían arriesgarse a que me quedase tieso ahí arriba... Pero funcionó. Me bebí un litro de ese líquido naranja, y empecé a poder reaccionar. Joder si funcionó. Recuperé sales minerales y todo el rollo ése que te cuentan (y que en este caso ya os digo que es verdad), y pude seguir la subida (y eso que quedaban las rampas más chungas).
Tengo que volver a agradecer al Equipo su ayuda, porque pillaron mi mochila y se repartieron mis cosas. Por esperarme y hacer los últimos tramos a mi ritmo. Y tengo que volver a dar gracias a William, a Raúl y a los porteadores, que me ayudaron a saco, y me trataron como si fuesen de mi familia. Qué majos, y qué sustico les di. Súper buena gente, no me cansaré de repetirlo. Gracias.
Ese día subimos al punto más alto de todo el Camino: 4.210 metros de altitud, casi ná. Y bueno, además de todas mis movidicas, nos pasó de todo: calorazo al principio del día, luego un viento y un frío tremendos en el segundo parón (cuando yo estaba tieso como una momia), y mientras hacíamos el único descenso del día, por unas piedracas que alucinas, nos cayó una lluvia torrencial con granizo y todo lo que te puedas imaginar. Una delicia. Ya era lo que faltaba para culminar una jornada inolvidable, porque los resbalones y las caídas de culo sucedían cada cinco minutos. Si ese día no me abrí la crisma tampoco, nunca me la abriré. Inciso: la marca Quechua no está mal, calidad-precio y todo lo que tú quieras, pero cuando estás en plena montaña y con condiciones tan adversas, te cagas en Decathlon y su marca blanca para el resto de tus días. Demonios, yo creo que mis pies descalzos tienen más grip.
Tercer día.
La jornada más bonita de las tres. Vas pasando de los Andes, plena montaña, hacia la jungla. Y se nota. La vegetación, los árboles, el paisaje va mutando poco a poco. Pasamos por tramos realmente preciosos. Como el primer día, hay bastantes up&downs, pero son más duros. Aunque no se acerca, ni de coña, a lo de la jornada anterior.
Yo estoy bastante recuperado. Hidratado, con mucha menos tos, y mucho mejor de tripas. No es cuestión de hacer publicidad y aquí la estoy haciendo, pero otro producto que funciona a las mil maravillas, con mucho menos reconocimiento que la famosa aspirina de Bayer, es Fortasek, "El Gran Aliado". Chico, mano de seda. Eso corta en seco hasta el río Nilo si se lo proponen.
Antes de dejar de escribir, es necesario hablar de los porteadores (esos súper hombres), y de el cocinero de nuestra expedición (ese genio de los fogones). Este tío, el cocinillas, era un megacrack, un superclase. ¡Cómo nos daba de comer! ¡Y en plena montaña! Flipamos y mucho. Siempre sobraba comida, y estaba todo de luxe. No sabíamos cómo diantres se las apañaba para cocinar las exquisiteces que nos sacaba, eso, en plena montaña,con tiendas de campaña, y sin una cocina medio digna. Tortitas, tarta de cumpleaños para Keri, crepes con flambeado (¡flambeado!) de no sé qué, tapas delicatessen... Un puto genio. Y, capítulo aparte para los porteadores. Qué tíos, qué bestias, con todos mis respetos. Llevaban a cuestas las tiendas y la comida de toda la expedición , con unas mochilas a la espalda que sólo de ponértela encima te tenía que partir el espinazo. Y subían y bajaban corriendo, como si les quemase el ojete, ¡en alpargatas! Te pasaban como motos, y es que cuando tú llegabas al campamento, ya habían montado todas las tiendas, y ya tenías la comidita caliente preparada. Increíble. Ellos sí que son de una raza superior, y no los blanquitos de ojos azules. Y en cuanto te dabas la media vuelta, te ibas a lavarte los piños, ya habían recogido el campamento entero y se disponían a seguir el camino para esperarte más arriba con todo montado de nuevo. Siempre serviciales (hasta demasiado), siempre ayudando; humildes y con una sonrisa constante el su cara. Esos hombres realmente nos impresionaron. Una locura lo que hacían. Yo a uno le debo casi la vida, y cada vez que le veía y le daba las gracias, él sólo sonreía y agachaba la cabeza, como con vergüenza. En fin, otro rollo de gente. Mejor.
También hay que destacar el mérito de muchas personas que hicieron los cuatro días de Camino: niños pequeños, personas bastante mayores, y gente que no estaba en forma ni mucho menos. Gente que se lo curró mucho, que le echaban huevos y ovarios, y subían como jabatos, siempre de buen rollo y con la sonrisa en la cara. Daba gusto verlos. Y eso que el más cadáver de todos ellos, fue, sin dudarlo, el menda que le está dando a las teclas.
Cuarto día.
Tras un nuevo madrugón, empezamos el último y gran día de todos. Por cierto, que el tema madrugones era un canteo muy serio. Cada día nos levantaban antes, y eran horas intempestivas, horas en las que nadie debería levantarse, horas que no son para que se despierten los seres humanos. Al menos los seres humanos españoles. Esas horas, y estoy hablando de las cinco, cuatro y tres y media de la mañana, son las horas de los buhos, las horas de las estrellas y la Luna, de los sueños húmedos, de los vampiros y de los Hombres Lobo.
Después del susto al despertarnos, y gracias al chocolatito caliente que nos traían a la mismísima tienda (¿¿unos cracks o no??), emprendíamos la última subida para, por fin, llegar a la deseada y ansiada ciudad perdida del Machu Picchu. La excursión esta vez era lo de menos, ya que sólo eran unas dos o tres horitas hasta llegar allí. Y, bueno, qué decir... Ese lugar es mágico, de verdad lo digo. Al principio, cuando llegamos y lo teníamos debajo, no se veía nada, porque el cielo estaba lleno de nubes y había una niebla muy espesa. La decepción y la congoja estaban presentes en todos nuestros rostros. Pero William, el guía, que ha subido ahí ya como 200 veces, nos dijo que iba a cambiar. Que únicamente teníamos que seguir sonriendo como habíamos hecho todos los días (keep on smiling guys!). Decía que era fundamental, porque sin sonrisas la niebla no se iría. Los espíritus decía él, el karma dirán otros, o, simplemente, las condiciones meteoroĺógicas que ahí son constantes y lo hacen muy rápidamente, que también. El caso es que tuvo razón, y la mística surgió, y mientras bajábamos para llegar hasta la mismísima ciudad inka, la niebla desapareció, las nubes huyeron como si un dios las persiguiese para castigarlas, y un Sol impresionante se alzó ante nosotros, y ante las imponentes ruinas de Machu Picchu.
Como decía, ese lugar tiene magia, tiene algo que yo no soy capaz de explicar con palabras. Tiene un algo, un no sé qué que qué sé yo. El morbo en una mujer, la chispa, eso que no se puede explicar pero que es lo que te atrae y te vuelve tó loco. Eso es lo que tiene el Machu Picchu. Es impactante, brutal, precioso, increíble, impresionante, abrumador, bestial. Acojonante. Y todos los adjetivos que le quieras poner. Ni la mejor foto del mundo se puede acercar a estar allí y verlo con tus propios ojos. Y pasear entre las ruinas, esas ruinas tan bien conservadas. Porque, además, es mucho más grande de lo que te imaginas. Todo rodeado de impresionantes montañas por cualquier lado. Con las nubes, en ciertos momentos, tan cerquita tuyo, que parece que las pudieras aspirar y dar una gigantesca calada con ellas.
Las nubes tienen la misma importancia en el camino que las montañas. Son parte del trayecto, del paisaje, y le dan ese toque tan especial. Como las llamas, esos bichos que te cruzas cada día por esos lares, y que pastan indiferentes a ti, pero lo hacen de una manera altiva y orgullosa. Y las tres noches, los cuatro días, el intenso calor, el horrible frío, la lluvia y el granizo, las risas, las agujetas, las fotos, la diarrea, la tos y el vómito, los compañeros, los silencios, los amigos, los abrazos... Todo eso es el Camino Inka. Una experiencia irrepetible e inolvidable. Y es que la belleza del sitio es innegable, cualquiera persona de este mundo la podría apreciar. Pero también estoy seguro de que el sabor de boca es mucho mejor después de esos cuatro días. Que no es lo mismo subir en bus hasta la puerta del recinto y entrar directamente.
Ha sido lo mejor del viaje hasta ahora, y en eso coincidimos todos. Y este año, sin saberlo nosotros, era el centenario del descubrimiento de este maravilloso lugar. Así que mira qué bien. Y ya para colmo, justo al día siguiente, vimos un informe (no recuerdo de qué publicación) que decía, después de numerosos votos, que la primera cosa que hay que hacer en esta vida antes de morir es visitar el Machu Picchu.
Así que ya sabes: no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. No te arrepentirás. A mí todavía se me pone esa sonrisa estúpida en la cara cada vez que pienso en ello. Y sé que esa sonrisa nunca va a desaparecer. No, nunca lo hará.
miércoles 21 de diciembre de 2011
Días 57-59: Cuzco y Valle Sagrado
Y tres semanas después, volvió el blog. Vuelve por navidad, como el Almendro. No estaba muerto, no, estaba de parranda.
Después de otra sesión intensiva de buseto, llegamos a Cuzco, situado a 3.300 metros de altitud. Y sí, se nota. Sobre todo llegando desde el nivel del mar. Al principio cuesta algo (bastante) respirar, y la cabeza parece que se te hincha como un globo. Imaginad que se le hincha a nuestro amigo Piña... ¡Wooow!
Cuzco recuerda a algún pueblito del interior de España, pero a lo grande. Eso sí: debería de ser el pueblo más turístico del mundo mundial, porque aquí el turismo es un un auténtico canteo. Todos viven por, para y gracias a los turistas. Quizá es demasiado, pero es el precio a pagar por cualquier destino apetecible por miles y miles de personas de todo el planeta.
Se respira historia en este lugar. Las calles adoquinadas, las murallas, los estrechos callejones; piedras que colocaron los incas hace setecientos años y que todavía están en el mismo lugar, con el mismo aspecto. La arruga es bella, dicen. Y hablando de Historia (y de historias), tengo que explicar qué significa el nombre de la ciudad, y es que me flipan (nos flipan) estos cuentos que nadie realmente te puede asegurar si son ciertos o no. Se dice que en el siglo XII, el dios del Sol, Inti, le encargó al primer inca que encontrara el qosq`o. Cuando este buen hombre descubrió ese punto, fundó allí la ciudad. ¿Y qué significa qosq`o en quechua?: el ombligo de la Tierra. ¡Mola la movidica, eh!
Además de conocer esta ciudad, hemos hecho excursiones por sus alrededores, y por el Valle Sagrado del río Urabamba. Dicho valle se extiende durante decenas de kilómetros al norte de la antigua capital inca, y está plagado de mejores y peores (conservadas) ruinas del, en otro tiempo, poderosísimo imperio inca (inka en quechua).
Las de Saqsaywamán, a dos kilómetros de Cuzco, no estaban mal, claro; pero cuando luego visitamos las de Ollantaytambo (a unos 80 kms) y las de Pisac (a unos 30), flipamos de verdad. Las primeras son un pueblito inca, situado estratégicamente entre varias montañas, que está prácticamente igual que hace setecientos años. Casi ná. Alucinas con las explicaciones del guía, y te imaginas a miles de incas (pasándolas canutísimas) subiendo las cacho piedracas que pesaban toneladas, para poder construir la fortaleza que protegiese a ese pueblo. El método utilizado era como el de los egipcios: troncos al suelo para intentar hacer rodar esas colosales piedras, cuerdas, muchos, muchos, muchos hombres tirando como mulas, y, por supuesto, un par de tíos con látigo metiendo caña para que ningún inca se hiciese el sueco.
Pero la fortaleza Intuhuatana, en Pisac, me impresionó todavía más. Está en lo alto de una montaña, una montaña que costaba lo suyo subir, y que se te hacía más larga que un día sin pan. Pero que cuando llegas, y te paseas entre esas ruinas tan bien conservadas, se te olvidan todos los males y todos los insultos proferidos en la dolorosa y poco oxigenada subida. Es impactante comprobar qué bien conservada está la ciudadela, por momentos no te crees que sea de verdad, y dudas de que no haya sido retocada por el gobierno peruano. Muy bonito, de verdad. Y, realmente, allí arriba se estaba en paz. En paz con uno mismo, y en paz con los demás, que también es importante.
Después de sacar muchas fotos, de explorar las ruinas cada uno a nuestra bola, y de respirar ese aire tan puro, tenemos que bajar a toda pastilla porque se está haciendo de noche y no llevamos linternas en ese momento (somos unos cracks, unos boyscouts de doce años tienen más conocimiento que nosotros). Llegamos al pueblo, abajo, justo cuando ya se hace de noche. Menos mal, porque había tramos que sin luz hubieran sido algo pelicorossossss. Como siempre digo: ¡somos gente con suerte!
Llevamos tres días por aquí y ya es viernes, pero hoy no hay fiesta, y eso que nos han hablado muy bien de la animada noche cuzqueña. Pero es que mañana nos tenemos que despertar como a las 04.30 in the morning. ¿Estamos locos? No. ¿Nos vamos de pesca? Menos. El motivo es que nos recogen en un minibus porque volvemos al Valle Sagrado para emprender el denominado y conocido Camino Inka. Cuatro días y tres noches de subir y bajar montañas, en plenos Andes, para llegar el martes hasta la ciudad perdida del Machu Picchu. Joder, sólo de nombrarlo ya se me ponen los pelos de punta (y tacón).
Después de otra sesión intensiva de buseto, llegamos a Cuzco, situado a 3.300 metros de altitud. Y sí, se nota. Sobre todo llegando desde el nivel del mar. Al principio cuesta algo (bastante) respirar, y la cabeza parece que se te hincha como un globo. Imaginad que se le hincha a nuestro amigo Piña... ¡Wooow!
Cuzco recuerda a algún pueblito del interior de España, pero a lo grande. Eso sí: debería de ser el pueblo más turístico del mundo mundial, porque aquí el turismo es un un auténtico canteo. Todos viven por, para y gracias a los turistas. Quizá es demasiado, pero es el precio a pagar por cualquier destino apetecible por miles y miles de personas de todo el planeta.
Se respira historia en este lugar. Las calles adoquinadas, las murallas, los estrechos callejones; piedras que colocaron los incas hace setecientos años y que todavía están en el mismo lugar, con el mismo aspecto. La arruga es bella, dicen. Y hablando de Historia (y de historias), tengo que explicar qué significa el nombre de la ciudad, y es que me flipan (nos flipan) estos cuentos que nadie realmente te puede asegurar si son ciertos o no. Se dice que en el siglo XII, el dios del Sol, Inti, le encargó al primer inca que encontrara el qosq`o. Cuando este buen hombre descubrió ese punto, fundó allí la ciudad. ¿Y qué significa qosq`o en quechua?: el ombligo de la Tierra. ¡Mola la movidica, eh!
Además de conocer esta ciudad, hemos hecho excursiones por sus alrededores, y por el Valle Sagrado del río Urabamba. Dicho valle se extiende durante decenas de kilómetros al norte de la antigua capital inca, y está plagado de mejores y peores (conservadas) ruinas del, en otro tiempo, poderosísimo imperio inca (inka en quechua).
Las de Saqsaywamán, a dos kilómetros de Cuzco, no estaban mal, claro; pero cuando luego visitamos las de Ollantaytambo (a unos 80 kms) y las de Pisac (a unos 30), flipamos de verdad. Las primeras son un pueblito inca, situado estratégicamente entre varias montañas, que está prácticamente igual que hace setecientos años. Casi ná. Alucinas con las explicaciones del guía, y te imaginas a miles de incas (pasándolas canutísimas) subiendo las cacho piedracas que pesaban toneladas, para poder construir la fortaleza que protegiese a ese pueblo. El método utilizado era como el de los egipcios: troncos al suelo para intentar hacer rodar esas colosales piedras, cuerdas, muchos, muchos, muchos hombres tirando como mulas, y, por supuesto, un par de tíos con látigo metiendo caña para que ningún inca se hiciese el sueco.
Pero la fortaleza Intuhuatana, en Pisac, me impresionó todavía más. Está en lo alto de una montaña, una montaña que costaba lo suyo subir, y que se te hacía más larga que un día sin pan. Pero que cuando llegas, y te paseas entre esas ruinas tan bien conservadas, se te olvidan todos los males y todos los insultos proferidos en la dolorosa y poco oxigenada subida. Es impactante comprobar qué bien conservada está la ciudadela, por momentos no te crees que sea de verdad, y dudas de que no haya sido retocada por el gobierno peruano. Muy bonito, de verdad. Y, realmente, allí arriba se estaba en paz. En paz con uno mismo, y en paz con los demás, que también es importante.
Después de sacar muchas fotos, de explorar las ruinas cada uno a nuestra bola, y de respirar ese aire tan puro, tenemos que bajar a toda pastilla porque se está haciendo de noche y no llevamos linternas en ese momento (somos unos cracks, unos boyscouts de doce años tienen más conocimiento que nosotros). Llegamos al pueblo, abajo, justo cuando ya se hace de noche. Menos mal, porque había tramos que sin luz hubieran sido algo pelicorossossss. Como siempre digo: ¡somos gente con suerte!
Llevamos tres días por aquí y ya es viernes, pero hoy no hay fiesta, y eso que nos han hablado muy bien de la animada noche cuzqueña. Pero es que mañana nos tenemos que despertar como a las 04.30 in the morning. ¿Estamos locos? No. ¿Nos vamos de pesca? Menos. El motivo es que nos recogen en un minibus porque volvemos al Valle Sagrado para emprender el denominado y conocido Camino Inka. Cuatro días y tres noches de subir y bajar montañas, en plenos Andes, para llegar el martes hasta la ciudad perdida del Machu Picchu. Joder, sólo de nombrarlo ya se me ponen los pelos de punta (y tacón).
jueves 1 de diciembre de 2011
Día 56: Ica
Bajando unas seis horitas en bus hacia el sur, llegamos hasta Ica, pueblecito en medio del desierto. Aquí hemos parado sólo durante unas horas, antes de seguir camino hacia Cuzco, únicamente por dos motivos: estar en el desierto, e intentar surfear sus dunas.
El pueblo es enano, y todo él está edificado alrededor de un pequeño oasis (no sé si natural o no, la verdad, aunque me temo que es un oasis artificial) que está en mitad del desierto, cerca de la costa, bajando por la (ya) mítica carretera Panamericana. Lo sorprendente es que, entre hostel de mochileros y bar para guiris, que hay muchos, te encuentras de repente con hoteles con muy buena pinta, hoteles talegueros para peña con panoja, y no para mochileros guarretes que quieren darle un poco a la tabla en la arena. Y eso es lo raro: sólo hay desierto y el sandsurfing, no se puede hacer realmente nada más. Salvo quedarte en la piscina. Es increíble como un pueblo puede subsistir únicamente con el servicio este del surf en las dunas. Había cientos de buggies de alquiler por todo el pueblo, de los que te llevan y te traen al desierto que te rodea por todas partes.
¡La movida ha estado guapa! Nunca había estado en pleno desierto, sólo arena por todas partes, con enormes dunas de cincuenta metros de alto. Y lo de las tablas ha sido muy guapi. Lo único malo es que el equipo que te prestan es un auténtico bufete. Nosotros queríamos surfear de pie, claro, aunque el que nos llevaba no nos lo recomendaba; pero después de varios intentos algo infructuosos (se soltaban los agarres, la tabla se clavaba...), lo dejamos pasar y practicamos el tema de tirarte tumbado, que es mucho más fácil, pero que también era bastante molón. A lo tonto se pillaba velocidad con la tablica en la arena. Después de bajar como cuatro o cinco dunas, cada vez más largas, altas y empinadas; después de ver un oasis de verdad; después de hacer muchas fotos y de echarnos buenas risas con los peazo de saltos que nos pegamos en el buggie que nos llevaba, volvimos rápido al pueblo porque tocaba seguir ruta.
Ha sido una buena parada. Breve pero intensa. Y muy divertida. De las mejores cosas que estamos haciendo en este viaje, es aprovechar para vivir experiencias que nunca antes habíamos vivido, montar planes y practicar actividades que nunca antes habíamos hecho, cosas en las que quizá ni siquiera habíamos pensado. Es cojonudo. Hay que seguir viendo, probando, experimentando, seguir sintiendo nuevas sensaciones. Que no pare...
Nos tocan otras veinte horas en bus, haciendo noche. Cuzco nos espera. Los Andes, el Valle Sagrado, el Machu Picchu... Uno de los momentos culminantes del año. Qué ganas tenemos, llevamos muchos meses hablando de ello; pero qué pena da también que ya llegue. Y es que cómo pasa el tiempo de rápido, y más viajando. Y más gozando como lo estamos haciendo. FLIPAS.
El pueblo es enano, y todo él está edificado alrededor de un pequeño oasis (no sé si natural o no, la verdad, aunque me temo que es un oasis artificial) que está en mitad del desierto, cerca de la costa, bajando por la (ya) mítica carretera Panamericana. Lo sorprendente es que, entre hostel de mochileros y bar para guiris, que hay muchos, te encuentras de repente con hoteles con muy buena pinta, hoteles talegueros para peña con panoja, y no para mochileros guarretes que quieren darle un poco a la tabla en la arena. Y eso es lo raro: sólo hay desierto y el sandsurfing, no se puede hacer realmente nada más. Salvo quedarte en la piscina. Es increíble como un pueblo puede subsistir únicamente con el servicio este del surf en las dunas. Había cientos de buggies de alquiler por todo el pueblo, de los que te llevan y te traen al desierto que te rodea por todas partes.
¡La movida ha estado guapa! Nunca había estado en pleno desierto, sólo arena por todas partes, con enormes dunas de cincuenta metros de alto. Y lo de las tablas ha sido muy guapi. Lo único malo es que el equipo que te prestan es un auténtico bufete. Nosotros queríamos surfear de pie, claro, aunque el que nos llevaba no nos lo recomendaba; pero después de varios intentos algo infructuosos (se soltaban los agarres, la tabla se clavaba...), lo dejamos pasar y practicamos el tema de tirarte tumbado, que es mucho más fácil, pero que también era bastante molón. A lo tonto se pillaba velocidad con la tablica en la arena. Después de bajar como cuatro o cinco dunas, cada vez más largas, altas y empinadas; después de ver un oasis de verdad; después de hacer muchas fotos y de echarnos buenas risas con los peazo de saltos que nos pegamos en el buggie que nos llevaba, volvimos rápido al pueblo porque tocaba seguir ruta.
Ha sido una buena parada. Breve pero intensa. Y muy divertida. De las mejores cosas que estamos haciendo en este viaje, es aprovechar para vivir experiencias que nunca antes habíamos vivido, montar planes y practicar actividades que nunca antes habíamos hecho, cosas en las que quizá ni siquiera habíamos pensado. Es cojonudo. Hay que seguir viendo, probando, experimentando, seguir sintiendo nuevas sensaciones. Que no pare...
Nos tocan otras veinte horas en bus, haciendo noche. Cuzco nos espera. Los Andes, el Valle Sagrado, el Machu Picchu... Uno de los momentos culminantes del año. Qué ganas tenemos, llevamos muchos meses hablando de ello; pero qué pena da también que ya llegue. Y es que cómo pasa el tiempo de rápido, y más viajando. Y más gozando como lo estamos haciendo. FLIPAS.
Días 51-55: Lima
Nos ha gustado Lima. Bueno, al menos lo que hemos podido ver de ella, porque como Bogotá, es otro monstruo en donde intentan convivir más de nueve millones de seres humanos. Es una ciudad larguísima, ya que se extiende, en su mayoría, a lo largo de toda la costa. Éste es uno de los atractivos de la ciudad: tiene mar, tiene playa, y eso siempre da vida. Da buen rollo, y da placer. Al menos para mí. Y no es que nos hayamos bañado en el mar, porque no ha sido el caso; pero todos los días, en algún momento, nos íbamos al acantilado, a tomar alguna cerve mirando al océano, o, simplemente, para dar un paseo, recibiendo ese olor que sólo te puede ofrecer la brisa marina.
Aquí sí que hemos salido de fiesta, y lo hemos pasado realmente bien. Buenos garitos tienen por esta ciudad. Además, cierran bastante tarde, horario de España, y eso ha sido una novedad recibida con mucho placer por nuestra parte. El viernes estuvimos Leoncio y yo en un garito que podría ser como de Malasaña, o como de la Zaragoza de hace ya más de diez años. Molaba bastante. Y el sábado estuvimos los cuatro en un discoteca que no tenía nada que envidiar a cualquiera guapa de Madrid. Bastante marcheta, tanto fuera como dentro del hostal. Sí, la verdad es que nos llevamos buen recuerdo de la noche limeña; nos trató bien.
El hostal y el barrio en que vivíamos, The Point y El Barranco se llaman, estaban muy bien, y pasamos la gran parte del tiempo por allí. Teníamos los garitos para salir al lado, había restaurantes locales y también de comida rápida americana, había pisazos y casoplones mirando al mar, y teníamos, cruzando la calle, un pequeño parquecillo que estaba en lo alto de un acantilado, y que miraba al Pacífico. Se estaba realmente bien. Algo tiene el mar que hace que te atrapes delante suyo, y que pasen los minutos y tú no tengas necesidad alguna de mover a otro lado.
También fuimos por el centro de la ciudad, claaaaro. Plaza de Armas y alrededores. Tuvimos la suerte de presenciar el cambio de guardia. Curioso. Totalmente diferente al que hacen en Londres, por ejemplo. Aquí la banda llevaba un ritmazo totalmente diferente. Tucu-pá, tucu-pá.¿Eh, Fredi? Eso sí, también eran bastante más desastre que los de la corona inglesa: en cinco minutos que los vimos, se les cayó la escopeta al suelo a un par. Oye, todo no se puede. Por lo demás, el centro de Lima es bonito, moderno y limpio. No vimos mucho, es cierto, pero el paseo que dimos fue muy agradable y había ambientazo por las calles. Mucha gente paseando por todos los lados, haciendo cosas, planes. Hay mucha vida y eso me gustó. Se parecía en algún momento, un poco, a Madriles; esa ciudad en la que siempre hay personas en las calles, sean la hora y el día que sean.
Otro dato reseñable de estos días fue la comilona que nos pegamos en "El rincón que no conoces". Este lugar que ahora ya sí conocemos, es un restaurante muy conocido en la ciudad, de comida típicamente criolla. El caso es que la cocina peruana es reconocida mundialmente en los últimos años, y nosotros quisimos aprovechar para darnos un buen homenaje, culinariamente hablando. Estuvimos apunto de ir al conocidísimo restaurante Astrid & Gastón, que también tiene locales en Buenos Aires, Sao Paulo y Madrid, pero finalmente no fuimos porque la hora de la reserva era bastante incómoda, y porque nos recomendaron este otro restaurante. Donde finalmente comimos, iba a ser algo más barato, y, sobre todo, iba a ser comida verdaderamente típica y tradicional del país, sin ningún tipo de mix, fusión o modernismo que debe de ofrecer el más famoso. "El rincón que no conoces" es conocido en todo el país, es considerado el mejor estaurante del mundo de cocina criolla, y en el local puedes ver decenas de fotos de políticos, altos cargos y diferentes personaliades posando con la cocinera y (creo que) dueña del local: una mujer mayor, negra, sin pelo, y con una sonrisa enorme. No creo que la mujer siga en los fogones con toda la pasta que ya debe de tener, pero bueno. La comida estaba rica, el servicio fue realmente excelente, y la experiencia creo que mereció la pena, pero a todos nos dejó algo dubitativos... Quizá esperábamos demasiado, como mucha veces pasa; quizá, la comida criolla no es lo que más le pueda gustar a cuatro europeos; o quizá, simplemente, es que en España y en Francia se come que te cagas, y son los del resto del mundo los que nos envidian a nosotros.
Perú nos está encantando. No tenemos mucho tiempo, y es una pena, porque este país tiene muchos, buenos y diversos planes que ofrecer. Sin duda, vamos a hacer lo más importante (subir el Machu Picchu), y estamos viendo lo que queríamos ver (playas y Lima), pero sí que tenemos la sensación de que es un país en el que se nos van a quedar cositas por hacer, o lugares por conocer. Perú tiene capacidad para distraer al viajero durante muchos días, y por muy diferentes motivos. Nos está sorprendiendo muy gratamente. El país es como el típico corte de tarta de helado de tres sabores: la vainilla sería la fina franja amarilla que va a lo largo de toda la costa; a su lado, en paralelo, nos encontraríamos con el chocolate, que son los imponentes Andes que cruzan todo el país de norte a sur; y a su derecha, de sabor a menta, quedaría toda la extensa zona de jungla amazónica, regada por pequeños y medianos ríos que muchos van a morir al siempre presente río Amazonas.
Ahora nos toca pasar de la vainilla al chocolate; de la arena, el mar y el Sol, a las montañas, el viento y las nubes. Nos vamos a Cuzco, a los Andes, al Machu Picchu. Pero antes, pasaremos por Ica, al sur de Lima, en pleno desierto de Perú, para intentar practicar un poco de sand surfing, o lo que viene siendo: ¡surfear las dunas! ¡VIVA EL PERÚ!
Aquí sí que hemos salido de fiesta, y lo hemos pasado realmente bien. Buenos garitos tienen por esta ciudad. Además, cierran bastante tarde, horario de España, y eso ha sido una novedad recibida con mucho placer por nuestra parte. El viernes estuvimos Leoncio y yo en un garito que podría ser como de Malasaña, o como de la Zaragoza de hace ya más de diez años. Molaba bastante. Y el sábado estuvimos los cuatro en un discoteca que no tenía nada que envidiar a cualquiera guapa de Madrid. Bastante marcheta, tanto fuera como dentro del hostal. Sí, la verdad es que nos llevamos buen recuerdo de la noche limeña; nos trató bien.
El hostal y el barrio en que vivíamos, The Point y El Barranco se llaman, estaban muy bien, y pasamos la gran parte del tiempo por allí. Teníamos los garitos para salir al lado, había restaurantes locales y también de comida rápida americana, había pisazos y casoplones mirando al mar, y teníamos, cruzando la calle, un pequeño parquecillo que estaba en lo alto de un acantilado, y que miraba al Pacífico. Se estaba realmente bien. Algo tiene el mar que hace que te atrapes delante suyo, y que pasen los minutos y tú no tengas necesidad alguna de mover a otro lado.
También fuimos por el centro de la ciudad, claaaaro. Plaza de Armas y alrededores. Tuvimos la suerte de presenciar el cambio de guardia. Curioso. Totalmente diferente al que hacen en Londres, por ejemplo. Aquí la banda llevaba un ritmazo totalmente diferente. Tucu-pá, tucu-pá.¿Eh, Fredi? Eso sí, también eran bastante más desastre que los de la corona inglesa: en cinco minutos que los vimos, se les cayó la escopeta al suelo a un par. Oye, todo no se puede. Por lo demás, el centro de Lima es bonito, moderno y limpio. No vimos mucho, es cierto, pero el paseo que dimos fue muy agradable y había ambientazo por las calles. Mucha gente paseando por todos los lados, haciendo cosas, planes. Hay mucha vida y eso me gustó. Se parecía en algún momento, un poco, a Madriles; esa ciudad en la que siempre hay personas en las calles, sean la hora y el día que sean.
Otro dato reseñable de estos días fue la comilona que nos pegamos en "El rincón que no conoces". Este lugar que ahora ya sí conocemos, es un restaurante muy conocido en la ciudad, de comida típicamente criolla. El caso es que la cocina peruana es reconocida mundialmente en los últimos años, y nosotros quisimos aprovechar para darnos un buen homenaje, culinariamente hablando. Estuvimos apunto de ir al conocidísimo restaurante Astrid & Gastón, que también tiene locales en Buenos Aires, Sao Paulo y Madrid, pero finalmente no fuimos porque la hora de la reserva era bastante incómoda, y porque nos recomendaron este otro restaurante. Donde finalmente comimos, iba a ser algo más barato, y, sobre todo, iba a ser comida verdaderamente típica y tradicional del país, sin ningún tipo de mix, fusión o modernismo que debe de ofrecer el más famoso. "El rincón que no conoces" es conocido en todo el país, es considerado el mejor estaurante del mundo de cocina criolla, y en el local puedes ver decenas de fotos de políticos, altos cargos y diferentes personaliades posando con la cocinera y (creo que) dueña del local: una mujer mayor, negra, sin pelo, y con una sonrisa enorme. No creo que la mujer siga en los fogones con toda la pasta que ya debe de tener, pero bueno. La comida estaba rica, el servicio fue realmente excelente, y la experiencia creo que mereció la pena, pero a todos nos dejó algo dubitativos... Quizá esperábamos demasiado, como mucha veces pasa; quizá, la comida criolla no es lo que más le pueda gustar a cuatro europeos; o quizá, simplemente, es que en España y en Francia se come que te cagas, y son los del resto del mundo los que nos envidian a nosotros.
Perú nos está encantando. No tenemos mucho tiempo, y es una pena, porque este país tiene muchos, buenos y diversos planes que ofrecer. Sin duda, vamos a hacer lo más importante (subir el Machu Picchu), y estamos viendo lo que queríamos ver (playas y Lima), pero sí que tenemos la sensación de que es un país en el que se nos van a quedar cositas por hacer, o lugares por conocer. Perú tiene capacidad para distraer al viajero durante muchos días, y por muy diferentes motivos. Nos está sorprendiendo muy gratamente. El país es como el típico corte de tarta de helado de tres sabores: la vainilla sería la fina franja amarilla que va a lo largo de toda la costa; a su lado, en paralelo, nos encontraríamos con el chocolate, que son los imponentes Andes que cruzan todo el país de norte a sur; y a su derecha, de sabor a menta, quedaría toda la extensa zona de jungla amazónica, regada por pequeños y medianos ríos que muchos van a morir al siempre presente río Amazonas.
Ahora nos toca pasar de la vainilla al chocolate; de la arena, el mar y el Sol, a las montañas, el viento y las nubes. Nos vamos a Cuzco, a los Andes, al Machu Picchu. Pero antes, pasaremos por Ica, al sur de Lima, en pleno desierto de Perú, para intentar practicar un poco de sand surfing, o lo que viene siendo: ¡surfear las dunas! ¡VIVA EL PERÚ!
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