Phnom Penh es la capital y la mayor ciudad del país. Digamos que no ofrece nada especial a los turistas, a no ser que sea tu primera visita a Asia y no conozcas la manera de comportarse en una urbe de los asiáticos, su ritmo frenético de vida, su caótico tráfico, y los fuertes olores y estridentes y constantes ruidos en casi la totalidad de sus calles y callejones. Siempre hay algo que llama tu atención, negativa o positivamente, eso ya es algo subjetivo, las cosicas de cada uno.
A pesar de, quizá, esa magia que no atesora la capital, si estás en Camboya, has de pasar al menos un día o dos por aquí. ¿El motivo? Tener unas horas para intentar entender el denominado genocidio camboyano. Acojonante. Para ello pillamos un bus que nos llevó a uno de los principales campos de exterminio que hay a las afueras de Phnom Penh, y pasamos allí como medio día. Me voy a poner el traje de informante, y no de historiador, sólo por un instante: Camboya, 1975, la Kampuchea Democrática, tras el derrocamiento del general Lon Nol, toma el poder. Bajo la dirección de su líder Pol Pot, los denominados Jemeres Rojos, gobernarán hasta 1979 de una forma totalitaria, consolidando un sistema económico radicalmente agrario, evacuando las ciudades y destruyendo la civilización urbana y su cultura. Querían recuperar la cultura jemer ancestral del Reino de Camboya, y con la excusa de la llamada búsqueda del enemigo interno, aplicaron intensivos métodos de detención, tortura y asesinatos selectivos en masa. Este fanatismo acabó con la vida de unos dos millones de personas en tan solo cuatro años. ¡Una cuarta parte de la población del país murió asesinada en manos de sus propios compatriotas! Una jodida masacre. Ahí estuvimos nosotros, en esos campos donde no paran de seguir sacando huesos enterrados de sus antepasados. Donde había zanjas, fotos, cráneos y datos que te revolvían el estómago. El mayúsculo infierno que ha pasado toda esa gente. Y lo increíble, lo más chocante de la tragedia, es que fue tan sólo hace 35 años. Tres años después nacía yo. Terrible sociedad en la que vivimos. Las historias que contaban, las cosas que leímos... Movidas que creías inverosímiles, por la atrocidad de los detalles, y porque, repito, eso pasó hace sólo 35 putos años. Tremendo. Vergonzoso. Inexplicable. Muy loco... Los camboyanos, obviamente, tienen que seguir tocados, y únicamente los niños y los más jóvenes no han sufrido el horror de cerca, y no tienen su memoria corrompida y envenenada por la inservible venganza.
En fin, cambiemos de tema. Y aunque no hable de los Osos Amorosos, al menos dejamos de lado los asesinatos en masa. Hablemos de: ¡les putes! Asia es un macroputiferio. Guste más o menos, eso es así. Hay miles y miles de ellas, y abundan más en las grandes ciudades y en los lugares más turísticos. Cuando estábamos de fiesta por ahí, no sabías si las tías locales que se te acercaban eran prostitutas o no. ¡Siempre dudabas! Pero es que muchas de ellas creo que tampoco lo tienen mu claro. No te piden pasta de primeras, pero sí que algunas, pasado un ratico, dejan deslizar por sus bocas la allí tan manida palabra money o dollar. No te lo piden, no te lo exijen, pero si les das algo, lo que sea, 4 ó 40, no te lo van a tirar a la cara... Lo que también se ve mucho, y esos casos no ofrecen duda alguna (asco es lo que dan), es a numerosos viejunos occidentales (la mayoría Bristish) con jovencitas locales cogidas por el brazo. Está claro que esas pobres niñas sí que están ejerciendo, que lo hacen obligadas, amenazadas o porque no tienen remedio alguno, y, probablemente, en muchas ocasiones están contratados sus servicios por el viejo verde desde varios meses antes, gracias a una sucia pero lucrativa agencia en internet. Reservas online de menores camboyanas, desde tu despacho en London, con vistas al Támesis.
Lo acabo de leer, y joder, vaya post triste y oscuro que está quedando. Acabemos estas líneas con algo más animadete, ¿no? Como los pijamas de los camboyanos y de muchos asiáticos, que son un canteo, y no sé si está de moda o qué, ¡pero es que mucha peña va por la calle en pijama! Sobre todo los nenes, cantidad de ellos iban con sus atuendos para dormir por la calle. Muy risas. Por si algún frikander está interesado, el producto estrella es (o era) los Angry Birds. Ahí lo dejo. Igual de animadas fueron las dos noches que salimos de farra en la capital. ¡Espectacle! En una me tuvieron que llevar a mitad de noche al hostel porque me bajé en marcha de un tuk-tuk cuando iba achispao (ojos) y casi no lo cuento: pérdida de conocimiento, peazo raja en la ceja y un ojo morado como los de antaño. Plas, plas, aplausos. Y la otra, fue incluso mejor: amanecí al lado de un tía, en una especie de cuarto hecho a base de maderos, por no llamarlo choza. Flipando un poquito salí a la calle, y vi que ésta no era una al uso, era la jodida vía del tren, y yo estaba en una especie de barriada construida en paralelo a lo largo de la vía. Caviar de despertar. En dos segundos me di cuenta de que era el único blanco, y que incluso los perros callejeros y las gallinas me miraban raro. Me despedí como un caballero y huí de ahí despavorido, levantando polvo tras cada pisada. Un taxi-moto de un pavo que paré ahí al lado me llevó hasta el hostel. Sano y salvo, one more time!
¿Verdad? ¿Mentira? ¿Mentira? ¿Verdad? Como dijo alguien: el que busque la verdad tiene el riesgo de encontrarla.
miércoles, 4 de junio de 2014
jueves, 8 de mayo de 2014
Días 261- 282: Camboya (I).
Antes de todo, debo corregir el lapsus del último post: no nos
vamos a Laos, de momento, será el siguiente país a visitar, antes vamos a
disfrutar de la poco reconocida Camboya. Una nación que nos sorprendió de lo
barato que era; más que Myanmar y mucho más que Tailandia. De hecho, cuentan
que Tailandia era así hace 10 años, y que los camboyanos ya van de camino,
occidentalizándose... Es lo que hay. Al final acabaremos siendo todos iguales,
orientales y occidentales, como una fábrica de clones. Vamos, un coñazo.
En mi diario de viaje tengo todo tipo de
notas, de frases y de pequeños textos; había semanas muy productivas en las que
anotaba de todo, y había otras en las que casi no escribía nada. Las de Camboya
fueron de las del segundo tipo. Poco material escrito veo. Las primeras
palabras que anoté en Camboya y sobre Camboya fueron a bordo de un barco, iba
yo solo (me refiero a sin nadie del Equipo), y ya llevábamos en el país como 12
días.
El barco me llevaba de vuelta al
continente, a Preah Sihanouk o Sihanoukville, como ya la conoce todo quisqui.
Habíamos pasado 3-4 días en la Monkey Island. Una islita minúscula, en el
golfo de Tailandia, con una playa preciosa. Recordaba un poco a Capurganá, en
el Caribe colombiano, por su belleza, su paz y tranquilidad, por su precario
sistema eléctrico, y por su casi total virginidad... Uno de esos lugares con
magia, donde parece que no pasa el tiempo, y la sonrisa se te congela en la
cara. Allí nos pegábamos metidos en el mar como 10 horas al día, buceando o
jugando al fresbee, felices cual delfines. Las otras actividades eran sobar y
comer rico. Probé con Piña el mejor Fish&Chips del mundo mundial,
pescado y cocinado por un British que había escapado de su isla para instalarse
en otra mejor, donde pega el Sol, el mar es transparente y se escuchan las aves
y los monos en lugar de los coches. Otro gozador más listo que la mayoría de
nosotros.
Como ya he dicho,voy conmigo mismo. Me
apetecen un par de días de ir a mi bola, estar solo, básicamente. Creo que
fueron los únicos tres días en todo el año que estuve sin nadie del Equipo.
Algo que para personas como yo, que necesitamos nuestros momentos de soledad y
que estamos acostumbrados a ellos, es totalmente necesario. Ahora que miro
hacia atrás, me parece alucinante haber pasado tanto tiempo con gente,
constantemente. Pobre Leoncio, mi fiel compañero de alcoba, tuvo que sufrir en
más de una ocasión la rareza de mi persona... Y, además de mi pequeña necesidad
de soledad, también quería ver la semifinal de la Eurocopa contra Portugal, y
en esa isla era imposible. Por no hablar de una germana, Caroline, que no me
hubiera importado volver a ver...
En Sihaunoukville también pasamos unos 5
días en total. Lugar muchísimo más turístico, lleno de hostales molones y
garitos gestionados por locales pero cuyos dueños eran todos British. Por las
noches, en todas y cada una de ellas, locales y guiris nos íbamos de fiesta:
bares de playeros, buckets, beer pong y mucho baile. La ciudad, que es el
primer puerto del país, cuenta con una interminable playa. Las barbacoas
diarias (3 dollars) al atardecer en la playa, tu peazo de birra fría de barril
(¡cuarto de dollar!), con los pies jugueteando en la fina arena, con el mar a
tan sólo 6 metros, y tumbado en una jodida maravilla tecnológica artesanal de
bambú, que era un híbrido de silla-puff-tumbona que te morías del gozo.
Los camboyanos son gente muy abierta, cercanos, simpáticos, cantarines, incluso payasetes, y son como muy tocones. Algo les pasaba allí conmigo, sobre todo en Sihaunoukville, porque no paraban de hacerme chorradicas y bromitas cada dos por tres. Muy majetes, la verdad.
Cuando volvía de Monkey Island era el 27 de junio de 2012. Llevábamos justo nueve meses de viaje. Un parto, una gestación. Ya sólo nos quedan tres meses más, amigos, un cuarto del camino. Se dice pronto. Salimos de Madrid un 27 de septiembre de 2011 (lo llevo tatuado), y teníamos claro que queríamos apurar el billete de avión hasta el final, hasta el último día posible: el 27 de septiembre del siguiente año.
Ya sólo nos queda Laos, nos queda Vietnam, y nos queda la India. Pero no tan deprisa, culebrillas, todavía nos falta la mitad de Camboya... Y os va a gustar.
lunes, 24 de febrero de 2014
Días 244-260: Myanmar (V): el lago Inle.
El lago Inle es un lugar bonito, rodeado montañas, con bastante actividad de pescadores, pequeños comerciantes y turistas, pero, a la vez, es un lugar tranquilo, para relajarse, donde se respira una cierta calma muy agradable. Nyaung Swe es la localidad donde nos hospedamos, pequeño pueblo y aún así una de las mayores poblaciones de todo el lago.
Subidos en una lancha como la del día de la llegada, dimos un gran voltio por todo el lago. No era de más de un metro de ancho, e íbamos todos en fila india, sentadicos en silla (en este caso llevaba asientos, lo cual fue muy agradecido, vitoreado y hasta aplaudido por nuestro ajetreado culo). El chófer iba en la parte de atrás, controlando el motor y llevando la dirección de la embarcación.
Subidos en una lancha como la del día de la llegada, dimos un gran voltio por todo el lago. No era de más de un metro de ancho, e íbamos todos en fila india, sentadicos en silla (en este caso llevaba asientos, lo cual fue muy agradecido, vitoreado y hasta aplaudido por nuestro ajetreado culo). El chófer iba en la parte de atrás, controlando el motor y llevando la dirección de la embarcación.
Este tour que duró como medio día fue muy
interesante. Vimos cómo fabrican artesanalmente los puritos (colocón) que tanto fumamos
en ese país; cómo fabrican el papel para las sombrillas que todos los turistas acaban comprando; y vimos también tejer, concretamente a tres mujeres padaung, "mujeres de cuello de jirafa" o "mujeres de cuello largo". Allí estaban, tejiendo elaboradas telas, siempre sonrientes, con sus
inacabables cuellos llenos de ajustados collares de metal. Hablo de ese
tipo de mujer de las que ya quedan poquísimas de ellas, que sólo las puedes encontrar en el estado de Shan, aquí en Birmania, y quizás en Tailandia, las que huyeron por el régimen militar birmano y consiguieron no morir de camino a la frontera. Hay muchas historias y teorías a cerca de esta curiosa tradición, seguramente la mayoría son falsas, pero lo que está claro es que estas mujeres todavía existen y que es impactante su visión. A mí me hizo mucha ilusión, porque ya me pude creer de verdad una foto que vi hace tiempo, de pequeño, y que me dejó to loco durante varios años de mi tierna infancia. Eso es, sí, hablo de la mítica portada de National Geographic.
El lago está lleno de pescadores.
Fishermen everywhere! Muchos de ellos van en una especie de piraguas, sin motor, y desde
la parte de detrás, la popa (lo he tenido que chequear en Google...), reman de
una manera muy singular: estando de pie, pillan el remo con el brazo derecho y lo sujetan con
la pierna del mismo lado, y haciendo algo parecido a una media luna con la
pierna, van remando poco a poco. Extraño pero efectivo.
Qué buena gente son, copón. Aunque te
lleven a sus tiendas y talleres, aunque te inviten siempre a un rico té, aunque
se dejen hacer fotos, y aunque te vayas sin comprarles nada (porque es
imposible comprar en todos los sitios), siempre te despiden con una sonrisa
(sincera) y el cortés thank you. Y tú te vas jodido porque les comprarías la
tienda entera.
Muchas casas bordeaban el lago. Casi todas ellas de madera
y de bambú. Realmente, fuera de las grandes ciudades, muy pocas casas en este país son de
ladrillo y cemento. También había extensos cultivos de tomates en jardines flotantes
en el lago. ¿Cómo coño lo hacen? Sin el bueno de Robin a tu vera, en ocasiones,
las preguntas no tenían fácil respuesta.
El lago Inle está rodeado por todos los lados
por altas montañas que siempre están cubiertas por una finísima capa de niebla.
En estas montañas no entra nadie. Literalmente. Ni los lugareños ni mucho menos
los extranjeros. Por lo visto (por lo que nos contaron, más bien), están abarrotadas de rebeldes armados, de narcotraficantes y
de "lords of war", los llamados señores de la guerra. Si aprecias
mínimamente tu fugaz paso por este planeta, no te adentres ni una miaja. Porque
no volverás nunca.
Era temporada baja, y por lo que nos
contaban, estábamos pocos turistas. Pero era un lugar de los que cuanta menos
gente hubiese, mucho mejor. Dimos buenos paseos en bicicleta por los
alrededores, aunque tampoco alejándonos del lago, ya que realmente toda la vida
de la zona giraba en torno a él. Recuerdo también dos momentos al día durante
nuestra estancia allí: el desayuno y la cena. Por las mañanas subíamos corriendo hasta la última planta del hostel, el comedor, y nos poníamos morados de jugosas tortitas con sirope de caramelo y rica fruta fresca.
Y por las noches, siempre íbamos al mismo lugar, una pequeña parcela con mesas y sillas de plástico, que tenía unos pescados brutales que
te los hacían a la brasita en el momento y estaban tiraos de precio. Terraza, cerveza fría, barbacoa,
puritos y a jugar a las cartas. Y prontito a mimir. Puro gozo, hermano.
Después de pasar allí unos 3 días y 3 noches, volvimos en bus hasta Yangon. De allí pillábamos un vuelo que nos sacaría de este mágico, atemporal y tierno país. Nuestros 15 días en
Myanmar llegaban a su fin. Flipas. Tan sólo 15 días. Seguramente hayan sido de
las dos semanas más y mejor aprovechadas de toda mi vida. Infinidad de
instantes para el recuerdo. No sé si volveré, who knows, pero lo veo difícil... Porque hay mucho mundo que quiero conocer, y porque tengo la sensación en mi
interior, de que es imposible mejorar el recuerdo del que todavía no me quiero soltar...
Así que, de momento, nada más. Bueno, ahora, ¡toca Laos! Y ya está, simplemente, millones de gracias, Myanmar.
Así que, de momento, nada más. Bueno, ahora, ¡toca Laos! Y ya está, simplemente, millones de gracias, Myanmar.
jueves, 23 de enero de 2014
Días 244-260: Myanmar (IV): el trekking.
Nos despertamos muy pronto, de esas horas del día que están hechas para llegar de fiesta y acabar la jornada, y no precisamente empezarla; desayunamos fuerte en el hostal y pillamos un bus como a las 6 de la mañana, dirección norte. El destino era Kalaw, una pequeña localidad de montaña desde la cual íbamos a emprender un trekking que duraría tres días y dos noches. Unos 52 kilómetros de recorrido, hasta llegar al bonito lago Inle. Sólo puedo decir que, aunque mi papel era el de quejarme bastante sobre el temita "trekking", y lo representé asiduamente durante todo el viaje por medio mundo, estos tres días fueron otra de las marcas indelebles que se grabaron por siempre en nuestra memoria.
Hicimos noche en Kalaw. Antes nos aprovisionamos de algunos temas que nos faltaban y preparamos unas mochilas sólo para esos tres días, ya que el resto de cosas nos las llevaba al destino la empresa que contratamos para el trekking. Éramos ocho personas: una francesa que venía con nosotros desde Bagan, un inglés, un alemán, un canadaca y el Equipo. Suena a chiste malo, pero no. Y claro, también venía Robin. Robin era un hindú cincuentón, barbudo, agradable, y lo más importante: un guía cojonudo. Porque le gustaba lo que hacía. Disfrutaba. Llevaba años haciendo lo mismo y conocía el terreno como la palma de su mano. Sabía mucho de todo lo que le rodeaba, plantas, animales y personas, nos explicaba de todo y aprendimos mucho de la situación real que vive el país.
No me apasiona esto de andar y andar, y andar un poco más, por el campo. Me tira más la playa que la montaña. Prefiero trepar a una palmera y tirarme al cristalino mar antes que subir hasta el pico de un monte. Incluso prefiero patear horas por una gran ciudad y que ésta me engulla poco a poco, hasta desaparecer entre la marabunta... Pero como ya he dicho, la experiencia de estos tres días andando por campos, valles y pequeñas colinas, fue algo sensacional. Y no lo fue por contemplar increíbles paisajes naturales, o haber presenciado deslumbrantes amaneceres, no van por ahí los tiros, no. Fue simplemente por sus gentes. De los que ya hemos hablado aquí en algún post anterior, y que me vuelven a poner otra sonrisa en la boca ahora mismo.
Pasamos y conocimos varias aldeas durante este mini viaje. En una dormimos la primera noche, y en otras nos paramos a comer. Dormíamos en sus casas, comíamos su comida con ellos, intentábamos hablar con ellos gracias a Robin, o simplemente por gestos. Jugábamos con los niños, nos pintaban excelentes retratos con los cuadernos y lápices que les dimos, los más peques flipaban con mis tattoos... Los críos de Myanmar es de lo más bonito de este viaje con diferencia. Sus sonrisas. Su bondad. Anita les llevó cuadernos, bolis, lápices y pinturas de colores, cosas que muy pocas veces, o quizás nunca, habían visto. Un auténtico y valiosísimo tesoro para un crío de esos lares. En ese preciso momento, los críos nos dieron una lección a los mayores. O a los occidentales, mejor dicho. Sin decirles nada, rápidamente, al minuto, se dieron cuenta de que no había de todo para todos. Y sin discutir ni enfadarse, sin peleas, lloros, gritos o envidias, repartieron ellos mismo el incalculable botín entre todos los niños, equitativamente. Estos pequeños salvajes desarrapados tenían más educación y más saber estar que muchos de nosotros. Se nos caía la baba con los nenes. Cuando estabas un rato con ellos, el rapto pasaba a ser una opción nada despreciable. Y es que un país es sus tierras, sus paisajes, lo que la naturaleza te pueda ofrecer; pero un país, sobre todo, creo que es su cultura, sus tradiciones, sus valores, su día a día... Su gente. Yo diría que un país, más que cualquier otra cosa, es la gente que habita en él.
Anduvimos por paisajes que me recordaban a los campos del norte de España. Aunque aquí predominaban los cultivos de arroz y de cacahuetes. Nos cruzamos con perros, cerdos, vacas, gallinas y búfalos de agua, con esos cuernos de media luna hacia atrás. En una aldea nos topamos con dos personajes peculiares. Uno era Medicine Man. Medicine Man! Era el anciano del lugar, maestro en artes marciales, experto en hierbas y ungüentos medicinales, tatuador (flipas), y no sé cuántas movidas más. El hombre estaba muy cascado, ya mayor y con gripe, y casi no podía ni cantearse. Pero ahí no le tosía nadie. Era el Gran Jefe. El otro tío era un auténtico notas. No paraba de moverse dentro de la casa y hacía cosas raras. Al final me ofrecí (por decir algo) a que me hiciese unos estiramientos, o algo así. Pues bueno, el muy colgao casi me deja ahí tirado. No tenía ni golfa idea de qué me estaba haciendo, y lo que realmente estaba pasando, y nos enteramos un rato después, ¡es que el pavo venía todo ciego de una boda del día anterior! Estaba de empalmada e iba como un atún, mi amigo el quiropráctico.
Por el camino recuerdo que comimos ciruelas que encontramos. Robin nos habló de muchas plantas, sus usos y utilidades. Pimienta de limón, gengibres varios... Controlaba a saco el colega. Un tío muy sano, además. No como todos los demás... Porque cómo se pone la peñita aquí: ron, whisky, birra, tabaco chungo casero de mascar (¡auténtico veneno del horror!), marihuana, opio... Por eso, quizás, sean tan cantarines: porque van casi todos medio puestos. Están todo el santo día cantando temitas. Les privan los karaokes, y en los viajes de buseto te pueden taladrar horas y horas y horas con su peculiar estilo musical...
La segunda noche sobamos en un monasterio bastante antiguo y que parecía abandonado, pero seguía operativo y aún viven monjes budistas. Un lugar brutal. Antes vivían 100 monjes, ahora ya tan sólo quedaba un monje viejuno con una brazo inmóvil y seis monjes de entre 10 y 14 años. Cenamos al atardecer, y de música de ambiente sonaban los rezos cantados de los pequeños niños monje. Genial. La paz era absoluta.
Las duchas en el trekking consistían en tirarse por encima cubos de agua de lluvia almacenada. Frotarse bien todo con jabón, y a funcionar. Esas dos duchas supieron a gloria bendita, sobre todo la segunda en el monasterio. El tema jacuzzi escaseaba, sin embargo, nos daban de comer en abundancia, siempre sobraba algo. Y siempre muy bien, cosas muy sabrosas, como la salsa de tomate casera de la mujer de Robin del primer día... Uuuuummmmm, la madre que la trajo, eso estaba tremendo.
Tuvimos mucha suerte con la lluvia, porque aunque nos pilló en algún tramo y nos pusimos de barro hasta las rodillas, fue muy light para lo que pudo haber sido. La época del temido y cacareado Monzón tenía su inicio en ese momento, pero como la suerte es nuestra aliada, la cosa no pasó a mayores. El primer día nos libramos de una tormenta que nos pilló ya en la aldea por la noche, y menos mal, porque si nos llega a pillar en la ruta yo creo que ni lo contamos. ¡Qué manera de llover! Qué cebatil. Violencia en estado puro.
Algunos ya sabéis que me molan los árboles. Unos más que otros, obviamente, pero sí, me gustan en general. Recuerdo grupos de muchos bambúes larguísimos, resistentes y elásticos, como si fuesen de dibus animados. ¿Habéis visto la peli de La casa de las dagas voladoras? Igualito que ese bosque. Pero sobre todo me acuerdo de los gigantescos y preciosos ¿Bavarian?, altos y anchos, enormes árboles, sagrados en ese país, y, por lo tanto, intalables y casi intocables. Pedazo de seres vivos, señoras y señores. Cuenta la historia que algo debió de pasar con Buda y uno de estos bichos y por eso se les considera algo sagrado. Son una pasada. Deberían de plantar más por todo el país, pero no lo hacen porque sus raíces miden decenas de metros e impedirían el cultivo de tierras, y eso es algo que no se pueden permitir.
El trekking llegó a su fin el tercer día a la hora de comer. Acabamos a las orillas de un río que conectaba con el lago Inle. Recuerdo que nos tenían preparados unos ardientes fideos con no sé qué. Estábamos todos cansedetes y con bastante gazuza. Yo repetí cuenco. Después de la comida quedaba el último paso: llegar al pueblo asentado en las orillas del lago Inle en el cual habían mandado el núcleo duro de nuestro equipaje vía camioneta. Pero ese trayecto ya era en lancha. Algo más de una hora, recorriendo el estrecho río hasta el lago, cruzando éste de punta a punta, hasta alcanzar nuestro destino final: la localidad de Nyaung Swe.
Gran experiencia. Una más. Hubo muchos momentazos en estos campos birmanos, decenas de anécdotas y pequeñas historias. Recuerdos de los que no te abandonan, como Rexona. Momentos realmente sencillos, preciosos y puros, como las pequeñas gotas de agua transparente de un milenario manantial.
Hicimos noche en Kalaw. Antes nos aprovisionamos de algunos temas que nos faltaban y preparamos unas mochilas sólo para esos tres días, ya que el resto de cosas nos las llevaba al destino la empresa que contratamos para el trekking. Éramos ocho personas: una francesa que venía con nosotros desde Bagan, un inglés, un alemán, un canadaca y el Equipo. Suena a chiste malo, pero no. Y claro, también venía Robin. Robin era un hindú cincuentón, barbudo, agradable, y lo más importante: un guía cojonudo. Porque le gustaba lo que hacía. Disfrutaba. Llevaba años haciendo lo mismo y conocía el terreno como la palma de su mano. Sabía mucho de todo lo que le rodeaba, plantas, animales y personas, nos explicaba de todo y aprendimos mucho de la situación real que vive el país.
No me apasiona esto de andar y andar, y andar un poco más, por el campo. Me tira más la playa que la montaña. Prefiero trepar a una palmera y tirarme al cristalino mar antes que subir hasta el pico de un monte. Incluso prefiero patear horas por una gran ciudad y que ésta me engulla poco a poco, hasta desaparecer entre la marabunta... Pero como ya he dicho, la experiencia de estos tres días andando por campos, valles y pequeñas colinas, fue algo sensacional. Y no lo fue por contemplar increíbles paisajes naturales, o haber presenciado deslumbrantes amaneceres, no van por ahí los tiros, no. Fue simplemente por sus gentes. De los que ya hemos hablado aquí en algún post anterior, y que me vuelven a poner otra sonrisa en la boca ahora mismo.
Pasamos y conocimos varias aldeas durante este mini viaje. En una dormimos la primera noche, y en otras nos paramos a comer. Dormíamos en sus casas, comíamos su comida con ellos, intentábamos hablar con ellos gracias a Robin, o simplemente por gestos. Jugábamos con los niños, nos pintaban excelentes retratos con los cuadernos y lápices que les dimos, los más peques flipaban con mis tattoos... Los críos de Myanmar es de lo más bonito de este viaje con diferencia. Sus sonrisas. Su bondad. Anita les llevó cuadernos, bolis, lápices y pinturas de colores, cosas que muy pocas veces, o quizás nunca, habían visto. Un auténtico y valiosísimo tesoro para un crío de esos lares. En ese preciso momento, los críos nos dieron una lección a los mayores. O a los occidentales, mejor dicho. Sin decirles nada, rápidamente, al minuto, se dieron cuenta de que no había de todo para todos. Y sin discutir ni enfadarse, sin peleas, lloros, gritos o envidias, repartieron ellos mismo el incalculable botín entre todos los niños, equitativamente. Estos pequeños salvajes desarrapados tenían más educación y más saber estar que muchos de nosotros. Se nos caía la baba con los nenes. Cuando estabas un rato con ellos, el rapto pasaba a ser una opción nada despreciable. Y es que un país es sus tierras, sus paisajes, lo que la naturaleza te pueda ofrecer; pero un país, sobre todo, creo que es su cultura, sus tradiciones, sus valores, su día a día... Su gente. Yo diría que un país, más que cualquier otra cosa, es la gente que habita en él.
Anduvimos por paisajes que me recordaban a los campos del norte de España. Aunque aquí predominaban los cultivos de arroz y de cacahuetes. Nos cruzamos con perros, cerdos, vacas, gallinas y búfalos de agua, con esos cuernos de media luna hacia atrás. En una aldea nos topamos con dos personajes peculiares. Uno era Medicine Man. Medicine Man! Era el anciano del lugar, maestro en artes marciales, experto en hierbas y ungüentos medicinales, tatuador (flipas), y no sé cuántas movidas más. El hombre estaba muy cascado, ya mayor y con gripe, y casi no podía ni cantearse. Pero ahí no le tosía nadie. Era el Gran Jefe. El otro tío era un auténtico notas. No paraba de moverse dentro de la casa y hacía cosas raras. Al final me ofrecí (por decir algo) a que me hiciese unos estiramientos, o algo así. Pues bueno, el muy colgao casi me deja ahí tirado. No tenía ni golfa idea de qué me estaba haciendo, y lo que realmente estaba pasando, y nos enteramos un rato después, ¡es que el pavo venía todo ciego de una boda del día anterior! Estaba de empalmada e iba como un atún, mi amigo el quiropráctico.
Por el camino recuerdo que comimos ciruelas que encontramos. Robin nos habló de muchas plantas, sus usos y utilidades. Pimienta de limón, gengibres varios... Controlaba a saco el colega. Un tío muy sano, además. No como todos los demás... Porque cómo se pone la peñita aquí: ron, whisky, birra, tabaco chungo casero de mascar (¡auténtico veneno del horror!), marihuana, opio... Por eso, quizás, sean tan cantarines: porque van casi todos medio puestos. Están todo el santo día cantando temitas. Les privan los karaokes, y en los viajes de buseto te pueden taladrar horas y horas y horas con su peculiar estilo musical...
La segunda noche sobamos en un monasterio bastante antiguo y que parecía abandonado, pero seguía operativo y aún viven monjes budistas. Un lugar brutal. Antes vivían 100 monjes, ahora ya tan sólo quedaba un monje viejuno con una brazo inmóvil y seis monjes de entre 10 y 14 años. Cenamos al atardecer, y de música de ambiente sonaban los rezos cantados de los pequeños niños monje. Genial. La paz era absoluta.
Las duchas en el trekking consistían en tirarse por encima cubos de agua de lluvia almacenada. Frotarse bien todo con jabón, y a funcionar. Esas dos duchas supieron a gloria bendita, sobre todo la segunda en el monasterio. El tema jacuzzi escaseaba, sin embargo, nos daban de comer en abundancia, siempre sobraba algo. Y siempre muy bien, cosas muy sabrosas, como la salsa de tomate casera de la mujer de Robin del primer día... Uuuuummmmm, la madre que la trajo, eso estaba tremendo.
Tuvimos mucha suerte con la lluvia, porque aunque nos pilló en algún tramo y nos pusimos de barro hasta las rodillas, fue muy light para lo que pudo haber sido. La época del temido y cacareado Monzón tenía su inicio en ese momento, pero como la suerte es nuestra aliada, la cosa no pasó a mayores. El primer día nos libramos de una tormenta que nos pilló ya en la aldea por la noche, y menos mal, porque si nos llega a pillar en la ruta yo creo que ni lo contamos. ¡Qué manera de llover! Qué cebatil. Violencia en estado puro.
Algunos ya sabéis que me molan los árboles. Unos más que otros, obviamente, pero sí, me gustan en general. Recuerdo grupos de muchos bambúes larguísimos, resistentes y elásticos, como si fuesen de dibus animados. ¿Habéis visto la peli de La casa de las dagas voladoras? Igualito que ese bosque. Pero sobre todo me acuerdo de los gigantescos y preciosos ¿Bavarian?, altos y anchos, enormes árboles, sagrados en ese país, y, por lo tanto, intalables y casi intocables. Pedazo de seres vivos, señoras y señores. Cuenta la historia que algo debió de pasar con Buda y uno de estos bichos y por eso se les considera algo sagrado. Son una pasada. Deberían de plantar más por todo el país, pero no lo hacen porque sus raíces miden decenas de metros e impedirían el cultivo de tierras, y eso es algo que no se pueden permitir.
El trekking llegó a su fin el tercer día a la hora de comer. Acabamos a las orillas de un río que conectaba con el lago Inle. Recuerdo que nos tenían preparados unos ardientes fideos con no sé qué. Estábamos todos cansedetes y con bastante gazuza. Yo repetí cuenco. Después de la comida quedaba el último paso: llegar al pueblo asentado en las orillas del lago Inle en el cual habían mandado el núcleo duro de nuestro equipaje vía camioneta. Pero ese trayecto ya era en lancha. Algo más de una hora, recorriendo el estrecho río hasta el lago, cruzando éste de punta a punta, hasta alcanzar nuestro destino final: la localidad de Nyaung Swe.
Gran experiencia. Una más. Hubo muchos momentazos en estos campos birmanos, decenas de anécdotas y pequeñas historias. Recuerdos de los que no te abandonan, como Rexona. Momentos realmente sencillos, preciosos y puros, como las pequeñas gotas de agua transparente de un milenario manantial.
lunes, 13 de enero de 2014
Días 244-260: Myanmar (III)
Hombres con faldas. El denominado longi birmano. Muy guapos. De todos los colores y estampados. Es un rollo pareo, pero cerrado. Como una falda, de una sola talla, que te ajustas a la cintura y con lo que te sobra de tela te haces un nudo más o menos debajo del ombligo. Mola. Y es cómodo de cojones. Yo hasta me pillé uno en un mercado de Yangon. No podía irme del país sin comprarme uno de esos. Y joder, la verdad es que todavía no me lo he puesto fuera de casa. No tengo huevos de salir a la calle con eso. Qué tontico soy.
Otro rasgo típico de este país es su versión de la crema solar Nivea de toda la vida. No paras de ver caras y caras, sobre todo de niños y mujeres, pintadas con una especie de crema blanca muy peculiar. Es un ungüento que fabrican ellos mismos, machacando las raíces de una planta. Les protege de la fuerza desmedida del Sol, y a su vez también es utilizado de modo decorativo, en niñas y mujeres, con bonitos trazos sobre la cara. Podríamos decir que también les sirve de maquillaje Loreal, así como de seña de identidad.
Estuvimos en Bagan, antigua capital durante varios reinados. ¡Cómo no estar! Uno de los lugares más espectaculares de todo el viaje, y seguramente del planeta. Asombroso. Imaginad en vuestra mente una gran llanura, muy árida, una extensión de terreno enorme, interminable, y toda ella salpicada por innumerables templos, pagodas y estupas, por decenas, por cientos, ¡por miles de ellos! Y no exagero ni un ápice. Quedan en pie todavía más de 2000 construcciones.
Los había de todos los tamaños, unos mejor conservados que otros; algunos de ellos eran impresionantemente enormes y bonitos. Íbamos en bici de un templo a otro, y no había que hacer colas ni movidas de esas, no había personal, no había seguridad, no había nada... Subíamos, bajábamos, saltábamos y trepábamos por los templos, como los monos del Libro de la selva. Salvajes, libres, felices. Y cuando subías bastante a un templo de los de mayor altura, la vista era... Un jodido pasote. Un lugar irreal. Cientos de puntas, de agujas queriendo llegar hasta el cielo; miles de templos se alzaban ante ti, orgullosos, sacando pecho, como diciendo: "Aquí sigo yo, chaval. Y espérate". Recuerdo que sobre algunas de esas milenarias piedras pudimos disfrutar de un amanecer y también de un atardecer. No fueron los únicos del viaje, ni mucho menos. Pero estoy seguro de que en muy pocos lugares de este mundo, el ver la salida y la puesta del Sol puede ser tan diferente y tan especial.
Los paseítos en bici, a veces en modo carrera, de templo a templo, eran una gozada. El rollico era cómodo y muy molón. Los únicos inconvenientes eran el calorazo y la pedazo de humedad que había en el ambiente. Las sudadas sobre la bicicleta fueron históricas. Sin duda alguna puedo decir que la segunda mayor sudada de mi vida fue en Bagan. Sí, la segunda. Porque la primera fue en este viaje pero todavía no hemos llegado. No me sean impacientes. Todo llega. La calda era tan, tan, tan seria, que un tío que curraba en el hostal y se hizo colegui nuestro, nos llevó una tarde a bañarnos al río. Sí. Río. Sí. Asia. ¿Ya sabéis por donde voy, no? Era un río bastante ancho y caudaloso, y sus aguas eran de color marrón. Muy marrón. Más oscuro de como yo me hago el Nesquick, vaya. Ahí debajo podía estar de vacaciones Nessy, el monstruo del lago Ness, y no se enteraba ni el Putas. Pero qué leches, hacía un calor del horror, a 50 metros había unos críos en pelotas gozándosela en el agua, y quieras que no, cuando llevas 9 meses de viaje por donde habíamos estado, el asco al barro y el miedo a los cientos de reptiles y miles de bichos que estaban pasando por ahí al lado, habían menguado hasta casi desaparecer. Y allí nos bañamos, muy tranquilos y disfrutando, tanto que al final nuestro colega nos tuvo que sacar del río porque empezaba a propagarse la oscuridad.
Otro de los momentazos de Bagan y de las dos semanas en Myanmar, fue la visita a una pequeña aldea de gente local. Ellos realmente ya estaban muy acostumbrados al turismo, y que la gente se pasee por su diminuta aldea y por su casa no les afectaba lo más mínimo. Todo lo contrario. Nos enseñaron su hogar y cómo vivían y se ganaban la vida. Cómo tejían el algodón, cómo cocinaban y cómo fabricaban el aceite de cacahuete. Convivían allí una o dos familias, y como cuatro generaciones distintas. Estuvimos jugueteando un rato con los niños peques, y luego nos sentamos con la bisabuela. La vieja era una auténtica jefa. Estuvimos bebiendo te y fumando con ella unos purazos que liaban y vendían ellos mismos, y que te ponían la cabeza bien guapa.
No hablamos con ella. O no sabía inglés o directamente sudaba de hablarlo. Pero su mirada era limpia; y daba más calor que los puros que se liaba. En la vida se me va a olvidar la cara de esa mujer. Una cara llena de arrugas bien marcadas, como esculpidas en piedra con cincel. Una cara que transmitía buen rollo, serenidad, Historia y belleza. Exactamente lo mismo que transmitía el lugar donde llevaban viviendo cientos de años y donde nosotros pasamos tres días de ensueño. Era la cara de Bagan.
Otro rasgo típico de este país es su versión de la crema solar Nivea de toda la vida. No paras de ver caras y caras, sobre todo de niños y mujeres, pintadas con una especie de crema blanca muy peculiar. Es un ungüento que fabrican ellos mismos, machacando las raíces de una planta. Les protege de la fuerza desmedida del Sol, y a su vez también es utilizado de modo decorativo, en niñas y mujeres, con bonitos trazos sobre la cara. Podríamos decir que también les sirve de maquillaje Loreal, así como de seña de identidad.
Estuvimos en Bagan, antigua capital durante varios reinados. ¡Cómo no estar! Uno de los lugares más espectaculares de todo el viaje, y seguramente del planeta. Asombroso. Imaginad en vuestra mente una gran llanura, muy árida, una extensión de terreno enorme, interminable, y toda ella salpicada por innumerables templos, pagodas y estupas, por decenas, por cientos, ¡por miles de ellos! Y no exagero ni un ápice. Quedan en pie todavía más de 2000 construcciones.
Los había de todos los tamaños, unos mejor conservados que otros; algunos de ellos eran impresionantemente enormes y bonitos. Íbamos en bici de un templo a otro, y no había que hacer colas ni movidas de esas, no había personal, no había seguridad, no había nada... Subíamos, bajábamos, saltábamos y trepábamos por los templos, como los monos del Libro de la selva. Salvajes, libres, felices. Y cuando subías bastante a un templo de los de mayor altura, la vista era... Un jodido pasote. Un lugar irreal. Cientos de puntas, de agujas queriendo llegar hasta el cielo; miles de templos se alzaban ante ti, orgullosos, sacando pecho, como diciendo: "Aquí sigo yo, chaval. Y espérate". Recuerdo que sobre algunas de esas milenarias piedras pudimos disfrutar de un amanecer y también de un atardecer. No fueron los únicos del viaje, ni mucho menos. Pero estoy seguro de que en muy pocos lugares de este mundo, el ver la salida y la puesta del Sol puede ser tan diferente y tan especial.
Los paseítos en bici, a veces en modo carrera, de templo a templo, eran una gozada. El rollico era cómodo y muy molón. Los únicos inconvenientes eran el calorazo y la pedazo de humedad que había en el ambiente. Las sudadas sobre la bicicleta fueron históricas. Sin duda alguna puedo decir que la segunda mayor sudada de mi vida fue en Bagan. Sí, la segunda. Porque la primera fue en este viaje pero todavía no hemos llegado. No me sean impacientes. Todo llega. La calda era tan, tan, tan seria, que un tío que curraba en el hostal y se hizo colegui nuestro, nos llevó una tarde a bañarnos al río. Sí. Río. Sí. Asia. ¿Ya sabéis por donde voy, no? Era un río bastante ancho y caudaloso, y sus aguas eran de color marrón. Muy marrón. Más oscuro de como yo me hago el Nesquick, vaya. Ahí debajo podía estar de vacaciones Nessy, el monstruo del lago Ness, y no se enteraba ni el Putas. Pero qué leches, hacía un calor del horror, a 50 metros había unos críos en pelotas gozándosela en el agua, y quieras que no, cuando llevas 9 meses de viaje por donde habíamos estado, el asco al barro y el miedo a los cientos de reptiles y miles de bichos que estaban pasando por ahí al lado, habían menguado hasta casi desaparecer. Y allí nos bañamos, muy tranquilos y disfrutando, tanto que al final nuestro colega nos tuvo que sacar del río porque empezaba a propagarse la oscuridad.
Otro de los momentazos de Bagan y de las dos semanas en Myanmar, fue la visita a una pequeña aldea de gente local. Ellos realmente ya estaban muy acostumbrados al turismo, y que la gente se pasee por su diminuta aldea y por su casa no les afectaba lo más mínimo. Todo lo contrario. Nos enseñaron su hogar y cómo vivían y se ganaban la vida. Cómo tejían el algodón, cómo cocinaban y cómo fabricaban el aceite de cacahuete. Convivían allí una o dos familias, y como cuatro generaciones distintas. Estuvimos jugueteando un rato con los niños peques, y luego nos sentamos con la bisabuela. La vieja era una auténtica jefa. Estuvimos bebiendo te y fumando con ella unos purazos que liaban y vendían ellos mismos, y que te ponían la cabeza bien guapa.
No hablamos con ella. O no sabía inglés o directamente sudaba de hablarlo. Pero su mirada era limpia; y daba más calor que los puros que se liaba. En la vida se me va a olvidar la cara de esa mujer. Una cara llena de arrugas bien marcadas, como esculpidas en piedra con cincel. Una cara que transmitía buen rollo, serenidad, Historia y belleza. Exactamente lo mismo que transmitía el lugar donde llevaban viviendo cientos de años y donde nosotros pasamos tres días de ensueño. Era la cara de Bagan.
lunes, 23 de septiembre de 2013
Días 244 - 260: Myanmar (II)
Los birmanos, en general, son gente de campo. Dos tercios de su población se dedican a la agricultura. Hombres, mujeres y niños, sin excepción, se machacan cada día, durante horas y horas, trabajando sus verdes tierras. El arroz como eje de la economía, su sudor como moneda y una sonrisa perenne como bandera.
Los birmanos te llegan al corazón, y ya nunca se van. Son unos entrañables okupas que van a conseguir siempre perdurar en nuestro recuerdo. ¿Todos? Por supuesto que no. Los que viven en la gran ciudad, Yangón, ya están de vuelta de todo. Si ayudan al turista es para sacarle todos los Kiats (moneda local) que puedan. El dinero, Occidente o su propio Gobierno corrupto los ha envenenado para siempre. Digamos que son ya otros habitantes del mundo más. Como tú, como ella o como yo. Los que de verdad te llegan son los más humildes, los que viven en el campo o la montaña, en sus pequeñas aldeas construidas a mano por ellos mismos.
Estos campesinos, estas personas, que parece que viven anclados en el tiempo, como si al último siglo se le hubiese olvidado hacer la ronda por aquellos lares, que no saben lo que es un Iphone y que no tienen un espejo para poder mirarse, son los que hacen que el viaje a Myanmar pase de algo bonito e interesante a una experiencia inolvidable. Sólo estuvimos dos semanas allí y mi sensación es de haber pasado más tiempo. No sé muy el porqué. Quizá es que conectamos con ellos.
Comimos su comida, dormimos en sus casas, paseamos por sus campos, "escuchamos" a los viejos y mayores, bebimos y hablamos de amor con los jóvenes, jugamos y dibujamos con los más peques, y lo que nunca dejábamos de hacer era sonreír. Una sonrisa como medio de comunicación, como señal de eterna gratitud, como mero acto reflejo ante la suya. ¿Cómo una persona que ha sufrido tanto puede sonreír de esa manera? ¿Por qué me tratas tan bien si no me conoces de nada? Preguntas que asaltaban mi mente cada dos por tres.
Y entonces te das cuenta de lo que te enamora de esta gente, porque buenas personas hemos conocido bastantes a lo largo del viaje, y tratarnos de lujo también. Pero en este país, y en estas personas especialmente, descubrí algo que no tenemos ya los demás. Algo que a mí se me quedó grabado, y que luego cuando lo pensé después me di cuenta de que lo teníamos ahí delante de nosotros desde el primer momento, ese algo que se reflejaba con un intensísimo brillo en sus miradas y en sus sonrisas. Eso que todo el mundo conoce el nombre pero que nadie ha visto. Sí, estoy hablando de la Inocencia, de una inocencia bestialmente pura.
Viejos, mayores, jóvenes o niños, daba igual que tuvieran setenta o siete años, que tuvieran arrugas en su frente y callos en las manos o que no, esa mirada y esa sonrisa inocente eran común a todos ellos. Y me pareció algo sobrecogedor. Nadie, absolutamente nadie te va a mirar así en nuestro país. Tan sólo algunos críos que todavía casi no saben ni caminar bien solos. Esa inocencia, plenamente pura, sin dobleces, novedosa, ¡real! era como una fortísima dosis triple de pura vida en vena. Te sentías orgulloso por unos días de ser un ser humano. Todavía quedan buenas personas en este planeta, pensabas, buena gente que te lo puede demostrar simplemente mirándote a la cara durante dos segundos.
Yo estoy muy agradecido de haber podido pasar momentos con esta gente. Eran tan diferentes a nosotros, en el buen sentido, tan buenos, que tú sentías que debías ser mejor persona, al menos esos días. Porque no nos engañemos, nosotros los de Occidente, nunca podremos expresar esa candidez, esa ingenuidad, esa belleza con una mirada. Imposible ya. Nunca pensé que algo así me podría resultar tan bello y tan atractivo. Pero así fue. La arruga es bella, y la inocencia pura, más.
Y no, no hay que irse hasta el sudeste asiático para encontrar buenas personas. Lo mismo que no hay que ir hasta Rusia para beber vodka. Pero, amigos, sí que hay lugares en este planeta donde la tele, la prensa, internet, la radio o el móvil no han llegado. Donde conservan unos valores ancestrales que les hacen únicos. Y por los cuales merece la pena pasarse unos días, para que te recuerden lo que verdaderamente importa en esta vida, que no es otra cosa que intentar ser feliz siendo buena persona, para contigo mismo y para con los que te rodean. ¿¿Correcto??
martes, 28 de mayo de 2013
Días 244 - 260: Myanmar (I)
Llevo varias semanas pensando en escribir un post sobre Myanmar, la Birmania de toda la vida, pero siempre lo iba dejando. Está claro que esto es un blog, y que debería de actualizarlo puntualmente para que la peña a que le gustaba, no dejase de leerlo. Pero yo no le he dado un trato de blog a esta movida. Son mis crónicas personales de un viaje que duró exactamente un año, pero que se perpetuará en nuestras cabezas (y pieles) para el resto de nuestros días. Así que voy a la marchica.
¿Por qué me ha costado arrancarme con este país? Sencillamente: porque me enamoró. Su gente, no sus tierras. Y por eso les tengo muchísimo respeto. Pero antes de chuparnos las pollas, como diría Tarantino, hablemos de la dramática situación en la que se encuentra esta nación atrapada en el tiempo.
Es una dictadura. Y no hay mucho más que decir. Robin, un guía que tuvimos en un trekking de 3 días, gran tipo y muy sabio, nos contó detalles de cómo están malviviendo miles de personas actualmente en Myanmar, de cómo es la situación real actual. Mucha gente se muere de hambre en un país donde su maldito Gobierno destina el 60% del presupuesto nacional para el ejército. ¡El 60% para un ejército ya de un millón de soldados! Es una locura, y una triste realidad. El ejército rebelde, que se estima en unos 100.000 hombres, ya tienen incluso sus propias fábricas de AK-47. Aunque parece que no termina de pasar nada, el clima de una posible guerra civil se palpa en los campos y montañas birmanos.
El 70% de la extensión total de Myanmar es prohibida para los extranjeros. Ninguno puede pasar. Para nosotros, el país es muchísimo más pequeño de lo que se ve en los mapas. Es una pena, pero es lo que hay. Este Gobierno corrupto y corrosivo no puede mostrar al mundo entero todo lo que hace a escondidas. Su tráfico de armas, heroína, opio y vete a saber de qué más, sigue funcionando en las sombras, impune a cualquier organismo internacional que parecen que miran a cualquier otra parte. Un Gobierno que además de para su enorme ejército, invierte todo su capital en la creación de una nueva capital donde quiere instaurarse y no sirve para nada. Todos los recursos van a parar allí.
En una nación donde hay apagones en todas partes y a todas horas, donde la velocidad de Internet, si es que hay, es propia de cuando vivíamos todavía en cavernas; una nación donde mucha gente se muere de hambre, donde a muchas miles de personas les han expulsado de su casa, de su ciudad, Yangón, para dividirlos, para alejarlos de las universidades, porque los jóvenes con sus estudios y la fuerza de sus manifestaciones podrían convencer al pueblo para reaccionar de alguna manera y eso, claro, no les interesaba. Una nación que hace lo mismo con los monjes y sus monasterios, que no los quieren desperdigados por el país, porque al final, con el contacto con el pueblo, acabarían respetando más a los monjes y no al puto Gobierno de mierda que tienen ahora. Cabrones.
Una nación que ya no sabe qué hacer porque los que mandan están construyendo esa nueva capital a base de talonario. Una ciudad completamente nueva donde van a vivir los jefes, los altos cargos del ejército y todos aquellos a los que les obliguen residir allí. Una ciudad sin apagones. Una ciudad a la que puedes acceder por carreteras de 8 putos carriles por donde casi no pasa ni un sólo coche. Una ciudad donde están construyendo una réplica exacta de la gran estupa Shwedagon de Yangón, que es simplemente asombrosa. Una ciudad que está a tan sólo 200 kilómetros al norte de la vieja capital Yangón (antes Rangún), y que, al menos, como nos contó el barbudo Robin, les está saliendo por la culata. Porque por lo visto debe de ser un fuerte foco de malaria y dengue, infestado de mosquitos. Ahí se pudra el Gobierno y su ejército millonario.
Lo triste, y lo sabemos todos, es que al final volverán a perder los que no han hecho nada. Los que llevan generaciones y generaciones currando como bestias en el campo. Los que no utilizan Internet ni lo necesitan. Los que no han visto en su vida una cámara de fotos. Los que realmente merecen ser felices y que les dejen en paz. Los campesinos, el pueblo. Ellos son Myanmar. No la gentuza de la que he estado escribiendo. Ellos son los que nos han enamorado. Los que nos han dado todo y no tienen nada. Y de ellos voy a hablar y no parar, en caluroso homenaje. Porque se merecen tantas y tantas cosas buenas...
Pero tendrá que ser... Después de la publicidad.
¿Por qué me ha costado arrancarme con este país? Sencillamente: porque me enamoró. Su gente, no sus tierras. Y por eso les tengo muchísimo respeto. Pero antes de chuparnos las pollas, como diría Tarantino, hablemos de la dramática situación en la que se encuentra esta nación atrapada en el tiempo.
Es una dictadura. Y no hay mucho más que decir. Robin, un guía que tuvimos en un trekking de 3 días, gran tipo y muy sabio, nos contó detalles de cómo están malviviendo miles de personas actualmente en Myanmar, de cómo es la situación real actual. Mucha gente se muere de hambre en un país donde su maldito Gobierno destina el 60% del presupuesto nacional para el ejército. ¡El 60% para un ejército ya de un millón de soldados! Es una locura, y una triste realidad. El ejército rebelde, que se estima en unos 100.000 hombres, ya tienen incluso sus propias fábricas de AK-47. Aunque parece que no termina de pasar nada, el clima de una posible guerra civil se palpa en los campos y montañas birmanos.
El 70% de la extensión total de Myanmar es prohibida para los extranjeros. Ninguno puede pasar. Para nosotros, el país es muchísimo más pequeño de lo que se ve en los mapas. Es una pena, pero es lo que hay. Este Gobierno corrupto y corrosivo no puede mostrar al mundo entero todo lo que hace a escondidas. Su tráfico de armas, heroína, opio y vete a saber de qué más, sigue funcionando en las sombras, impune a cualquier organismo internacional que parecen que miran a cualquier otra parte. Un Gobierno que además de para su enorme ejército, invierte todo su capital en la creación de una nueva capital donde quiere instaurarse y no sirve para nada. Todos los recursos van a parar allí.
En una nación donde hay apagones en todas partes y a todas horas, donde la velocidad de Internet, si es que hay, es propia de cuando vivíamos todavía en cavernas; una nación donde mucha gente se muere de hambre, donde a muchas miles de personas les han expulsado de su casa, de su ciudad, Yangón, para dividirlos, para alejarlos de las universidades, porque los jóvenes con sus estudios y la fuerza de sus manifestaciones podrían convencer al pueblo para reaccionar de alguna manera y eso, claro, no les interesaba. Una nación que hace lo mismo con los monjes y sus monasterios, que no los quieren desperdigados por el país, porque al final, con el contacto con el pueblo, acabarían respetando más a los monjes y no al puto Gobierno de mierda que tienen ahora. Cabrones.
Una nación que ya no sabe qué hacer porque los que mandan están construyendo esa nueva capital a base de talonario. Una ciudad completamente nueva donde van a vivir los jefes, los altos cargos del ejército y todos aquellos a los que les obliguen residir allí. Una ciudad sin apagones. Una ciudad a la que puedes acceder por carreteras de 8 putos carriles por donde casi no pasa ni un sólo coche. Una ciudad donde están construyendo una réplica exacta de la gran estupa Shwedagon de Yangón, que es simplemente asombrosa. Una ciudad que está a tan sólo 200 kilómetros al norte de la vieja capital Yangón (antes Rangún), y que, al menos, como nos contó el barbudo Robin, les está saliendo por la culata. Porque por lo visto debe de ser un fuerte foco de malaria y dengue, infestado de mosquitos. Ahí se pudra el Gobierno y su ejército millonario.
Lo triste, y lo sabemos todos, es que al final volverán a perder los que no han hecho nada. Los que llevan generaciones y generaciones currando como bestias en el campo. Los que no utilizan Internet ni lo necesitan. Los que no han visto en su vida una cámara de fotos. Los que realmente merecen ser felices y que les dejen en paz. Los campesinos, el pueblo. Ellos son Myanmar. No la gentuza de la que he estado escribiendo. Ellos son los que nos han enamorado. Los que nos han dado todo y no tienen nada. Y de ellos voy a hablar y no parar, en caluroso homenaje. Porque se merecen tantas y tantas cosas buenas...
Pero tendrá que ser... Después de la publicidad.
lunes, 11 de marzo de 2013
Días 235-243: Koh Phangan y Koh Tao
Koh Phangan (o Koh Pha Ngan, lo mismo da) fue la tercera isla tailandesa que visitamos. De mayor tamaño que Phi Phi pero más pequeña que Phucket, este pedazo de tierra rodeado de agua se encuentra al otro lado del país, al sudeste, en el golfo de Tailandia.
Reclamo para miles de mochileros por la celebración de la internacionalmente famosa Full Moon Party, allí que fuimos para, sí, no lo voy a negar, disfrutar de ese fiestón que se organiza en la playa de Haad Rin cada noche que la Luna nos muestra todo su poderío sin vergüenza ni reparo alguno. Fuimos sólo el Equipo, ya que Johann, Nonó, Pilou y Thierry, nuestros amigos franceses que estaban pasando sus vacaciones en Tailandia con nosotros, ya habían estado en la fiesta dos años antes y preferían no repetir y conocer otro lugar. ¿Qué puedo decir de esta supuestamente increíble, loca y memorable fiesta? Que la moon está a tope, sí; que party sí que hay, también; pero que realmente es un auténtico full. ¡No nos convenció para nada! Como bien nos avisaba Johann, es prácticamente la misma fiesta que te puedes encontrar en cualquier isla tailandesa durante cualquier día de la semana. Quizás había algo más de gente, y está el rollico de tunearse los cuerpos con pintura de colores fluorescentes, a lo Coldplay en su última gira, pero no ofrece nada nuevo que otras playas del país no ofrezcan cada noche. A los guiris se les veía motivados a saco, como siempre; pero es que con los pedacos que se agarran desde la hora del té se lo tienen que pasar diver hasta en el dentista.
Lo mejor de esos días fueron los paseos en moto por toda la isla. Qué gozadica. Alquilamos dos scooters y nos recorrimos Koh Phangan de arriba abajo. De esta manera nos dimos cuenta de cómo era realmente la isla y lo bonita y verde que era. Te encontrabas con elefantes pastando en el arcén, como si fueran ovejas en España. Enormes bicharracos que, a pesar de su cara de facciones bondadosas y del ritmo relaxado de sus movimientos, imponen muchísimo respeto y no hay huevos a acercarse a ellos a menos de cinco metros (quince más bien). En Laos sí que nos acercamos a ellos mucho más, de hecho tuvimos contacto total con ellos, pero ésa es otra historia. Y de las buenas...
Por último y para acabar con nuestras andanzas por Tailandia, estuvimos en la pequeña isla de Koh Tao. Situada en el mismo golfo de Tailandia, al norte de Phangan, esta diminuta extensión de tierra tenía tanto encanto como Phi Phi y algo más de tranquilidad. Tao significa tortuga, y por lo visto, hace años debía de estar plagada de estos tranquilos animales, surcando sus mares con esa elegante parsimonia que les caracteriza. Actualmente es más complicado toparte con alguna, pero si practicas el submarinismo y tienes suerte, puedes encontrarte con ellas; así como con algún tiburón ballena, ese escualo que es prácticamente herbívoro e inofensivo pero que con sus 10 metros de longitud tiene que dar más miedo que Freddy Krueger en un lunes chungo.
Toda esta gente bajó un día a hacer submarinismo, yo me rajé porque el monitor no terminaba de asegurarnos que la visibilidad iba a ser la correcta y sobre todo porque quería invertir esa pasta en algo que llevaba tiempo metido en mi peluda cabeza: hacerme un tattoo al estilo tradicional del país. Para los que les interese el tema, hay que decir que se hace con tinta aplicada a una especie de punzón de bambú, y que absolutamente todo es a manubrio, aquí no hay nada eléctrico que valga, a base de pequeños, rápidos y precisos golpecitos. Acabé muy contento con el resultado, y aunque el estilo sí fue tradicional, el diseño del tatuaje no lo fue, no fue nada budista. Pero sí que le hice un pequeño homenaje a mi sista Inés, que se lo debía... Mis dos hermanicas ya están marcadas en mi cuerpo serrano. Por último, me comentan por el pinganillo: ¿dolor? ¿ Si duele? A saco. Mogollón. No sé si era por el bambú o por la zona del cuerpo elegida, o por ambos, pero estuve más de una hora agarrado a la camilla de cuero negro como si fuese el último ser humano en la Tierra, y reprimiéndome con todas las fuerzas del mundo para, primero, no llorar a lo Anne Hathaway (odio a esa pava), y segundo, para no meterle un viaje al artista que estaba hurgando con un palito en mi suave abdomen. Pero como dicen los clásicos: sarna con gusto no pica.
Hubo dos momentazos más a reseñar en esta isla tan peque pero tan molona, y los dos pasaron dentro del mar. El mar, como la mujer: ese gran desconocido. Contratamos para todos una vueltilla en barco para que nos llevase a una zona donde hacías snorkel con tiburones. Thierry ya lo había hecho en otra ocasión y nos contaba que se nadaba sobre los bichos; tú te mantenías pegado a la superficie, con tus gafas y tubo, y ellos nadaban cerca del fondo, a unos siete metros de ti. Pequeños tiburones, de un metro de longitud, aparentemente inofensivos, pero repito: TI-BU-RO-NES. Pues ahí estuvimos, 45 minutos nadando de un lado para otro, haciendo caso a las indicaciones del cachondo que llevaba el barco, y ahí no apareció ni Flipper. Ni uno. De hecho ahí casi no había ni peces. Excepto... Puede haber una posibilidad: ¡el señor Piña nos dijo que vio uno! Tuvo un cara a cara (eso lo dice él) con uno de ellos; desde muy lejos (eso lo digo yo). El caso es que Javi dice que le miró al gepeto, hizo el Moonwalker en el agua, media vuelta y pa casica. Y aunque los demás no vimos ni uno, tan solo nadar en mar abierto y pensar que lo puedes estar haciendo junto a unos pequeños cabroncetes como pueden llegar a ser los tiburones, ya la cosa tenía su miga. Era una sensación extraña, contradictoria, algo masoquista: te morías de ganas de verlos nadar debajo de ti, libres, y tan de cerca, pero por otra parte no podías reprimir ese miedo a que apareciesen realmente y a que alguno de ellos no le hiciera especial gracia compartir esas cálidas aguas contigo.
El otro rato brutal que no se me va a olvidar nunca fue cuando contratamos otra barca y nos llevaron a una zona especial para hacer snorkel. Acojonante. Yo me pegué una hora flipando en el agua. Un agua transparente, yo creo que la más clara que he visto nunca. Y un agua llenísima de vida por cada centímetro. Estaba repleto de peces de cientos de formas, colores y tamaños diferentes, y había unos corales gigantescos que se te iba la olla. Era de película, de reportaje o de ciencia ficción, al menos para mí que no soy un entendido de esto. Pero sí que a lo tonto he estado en muchas playas de bastantes países, y no había visto un lugar como éste para ponerte unas gafas y unas aletas y alucinar tanto. Era el sitio que habías visto en la tele desde el sofá de tu casa, o en las fotos de esa revista, tantas veces. Y pensabas que no existía, que ese color del mar era falso, que de eso no hay, que ahora lo trucan todo, que es Photoshop. Ay, almas de cántaro, incrédulos todos. Ahí estuvimos, en ese sitio, justo en donde estás pensando ahora mismito.
Reclamo para miles de mochileros por la celebración de la internacionalmente famosa Full Moon Party, allí que fuimos para, sí, no lo voy a negar, disfrutar de ese fiestón que se organiza en la playa de Haad Rin cada noche que la Luna nos muestra todo su poderío sin vergüenza ni reparo alguno. Fuimos sólo el Equipo, ya que Johann, Nonó, Pilou y Thierry, nuestros amigos franceses que estaban pasando sus vacaciones en Tailandia con nosotros, ya habían estado en la fiesta dos años antes y preferían no repetir y conocer otro lugar. ¿Qué puedo decir de esta supuestamente increíble, loca y memorable fiesta? Que la moon está a tope, sí; que party sí que hay, también; pero que realmente es un auténtico full. ¡No nos convenció para nada! Como bien nos avisaba Johann, es prácticamente la misma fiesta que te puedes encontrar en cualquier isla tailandesa durante cualquier día de la semana. Quizás había algo más de gente, y está el rollico de tunearse los cuerpos con pintura de colores fluorescentes, a lo Coldplay en su última gira, pero no ofrece nada nuevo que otras playas del país no ofrezcan cada noche. A los guiris se les veía motivados a saco, como siempre; pero es que con los pedacos que se agarran desde la hora del té se lo tienen que pasar diver hasta en el dentista.
Lo mejor de esos días fueron los paseos en moto por toda la isla. Qué gozadica. Alquilamos dos scooters y nos recorrimos Koh Phangan de arriba abajo. De esta manera nos dimos cuenta de cómo era realmente la isla y lo bonita y verde que era. Te encontrabas con elefantes pastando en el arcén, como si fueran ovejas en España. Enormes bicharracos que, a pesar de su cara de facciones bondadosas y del ritmo relaxado de sus movimientos, imponen muchísimo respeto y no hay huevos a acercarse a ellos a menos de cinco metros (quince más bien). En Laos sí que nos acercamos a ellos mucho más, de hecho tuvimos contacto total con ellos, pero ésa es otra historia. Y de las buenas...
Por último y para acabar con nuestras andanzas por Tailandia, estuvimos en la pequeña isla de Koh Tao. Situada en el mismo golfo de Tailandia, al norte de Phangan, esta diminuta extensión de tierra tenía tanto encanto como Phi Phi y algo más de tranquilidad. Tao significa tortuga, y por lo visto, hace años debía de estar plagada de estos tranquilos animales, surcando sus mares con esa elegante parsimonia que les caracteriza. Actualmente es más complicado toparte con alguna, pero si practicas el submarinismo y tienes suerte, puedes encontrarte con ellas; así como con algún tiburón ballena, ese escualo que es prácticamente herbívoro e inofensivo pero que con sus 10 metros de longitud tiene que dar más miedo que Freddy Krueger en un lunes chungo.
Toda esta gente bajó un día a hacer submarinismo, yo me rajé porque el monitor no terminaba de asegurarnos que la visibilidad iba a ser la correcta y sobre todo porque quería invertir esa pasta en algo que llevaba tiempo metido en mi peluda cabeza: hacerme un tattoo al estilo tradicional del país. Para los que les interese el tema, hay que decir que se hace con tinta aplicada a una especie de punzón de bambú, y que absolutamente todo es a manubrio, aquí no hay nada eléctrico que valga, a base de pequeños, rápidos y precisos golpecitos. Acabé muy contento con el resultado, y aunque el estilo sí fue tradicional, el diseño del tatuaje no lo fue, no fue nada budista. Pero sí que le hice un pequeño homenaje a mi sista Inés, que se lo debía... Mis dos hermanicas ya están marcadas en mi cuerpo serrano. Por último, me comentan por el pinganillo: ¿dolor? ¿ Si duele? A saco. Mogollón. No sé si era por el bambú o por la zona del cuerpo elegida, o por ambos, pero estuve más de una hora agarrado a la camilla de cuero negro como si fuese el último ser humano en la Tierra, y reprimiéndome con todas las fuerzas del mundo para, primero, no llorar a lo Anne Hathaway (odio a esa pava), y segundo, para no meterle un viaje al artista que estaba hurgando con un palito en mi suave abdomen. Pero como dicen los clásicos: sarna con gusto no pica.
Hubo dos momentazos más a reseñar en esta isla tan peque pero tan molona, y los dos pasaron dentro del mar. El mar, como la mujer: ese gran desconocido. Contratamos para todos una vueltilla en barco para que nos llevase a una zona donde hacías snorkel con tiburones. Thierry ya lo había hecho en otra ocasión y nos contaba que se nadaba sobre los bichos; tú te mantenías pegado a la superficie, con tus gafas y tubo, y ellos nadaban cerca del fondo, a unos siete metros de ti. Pequeños tiburones, de un metro de longitud, aparentemente inofensivos, pero repito: TI-BU-RO-NES. Pues ahí estuvimos, 45 minutos nadando de un lado para otro, haciendo caso a las indicaciones del cachondo que llevaba el barco, y ahí no apareció ni Flipper. Ni uno. De hecho ahí casi no había ni peces. Excepto... Puede haber una posibilidad: ¡el señor Piña nos dijo que vio uno! Tuvo un cara a cara (eso lo dice él) con uno de ellos; desde muy lejos (eso lo digo yo). El caso es que Javi dice que le miró al gepeto, hizo el Moonwalker en el agua, media vuelta y pa casica. Y aunque los demás no vimos ni uno, tan solo nadar en mar abierto y pensar que lo puedes estar haciendo junto a unos pequeños cabroncetes como pueden llegar a ser los tiburones, ya la cosa tenía su miga. Era una sensación extraña, contradictoria, algo masoquista: te morías de ganas de verlos nadar debajo de ti, libres, y tan de cerca, pero por otra parte no podías reprimir ese miedo a que apareciesen realmente y a que alguno de ellos no le hiciera especial gracia compartir esas cálidas aguas contigo.
El otro rato brutal que no se me va a olvidar nunca fue cuando contratamos otra barca y nos llevaron a una zona especial para hacer snorkel. Acojonante. Yo me pegué una hora flipando en el agua. Un agua transparente, yo creo que la más clara que he visto nunca. Y un agua llenísima de vida por cada centímetro. Estaba repleto de peces de cientos de formas, colores y tamaños diferentes, y había unos corales gigantescos que se te iba la olla. Era de película, de reportaje o de ciencia ficción, al menos para mí que no soy un entendido de esto. Pero sí que a lo tonto he estado en muchas playas de bastantes países, y no había visto un lugar como éste para ponerte unas gafas y unas aletas y alucinar tanto. Era el sitio que habías visto en la tele desde el sofá de tu casa, o en las fotos de esa revista, tantas veces. Y pensabas que no existía, que ese color del mar era falso, que de eso no hay, que ahora lo trucan todo, que es Photoshop. Ay, almas de cántaro, incrédulos todos. Ahí estuvimos, en ese sitio, justo en donde estás pensando ahora mismito.
jueves, 28 de febrero de 2013
Días 228-234: Koh Phuket y Koh Phi Phi
En Tailandia, además de en su capital, estuvimos en cuatro de sus múltiples y encantadoras islas. El centro y norte del país finalmente no lo visitamos; el tiempo no sobraba y Bangkok, como ya he contado, atrapa.
La primera de ellas y la que menos me gustó fue Koh Phuket (para los menos vivos: sí, Koh significa isla en tailandés). Una pedazo de isla bañada por el mar de Andamán, que éste a su vez linda con el océano Índico. Creo recordar que sólo pasamos allí dos noches y dos días. Suficiente. La isla al ser tan grande, tiene numerosas playas y pueblecitos costeros repartidos por toda su extensión, pero a la playa que fuimos a parar nosotros, no era la más bonita ni de lejos. Bang Tao Beach creo que es donde nos alojamos, con una playa larga pero no muy atractiva, con un mar no tan limpio y claro como te esperabas y con (ya) un par de edificios altos rollo Benidorm que más que subirte el ánimo lo que te daban era bajona levantina.
Eso sí, nuestro pueblo era el santo y seña de la fiesta en la isla. Pero qué fiesta... Hasta que no llegamos a Phuket no había presenciado en persona lo que podemos denominar como sordidez máxima. Una calle solamente llena de garitos y discotecas a los dos lados, y entrando y saliendo de ellos, decenas, cientos de mujeres, chicas, niñas, el noventa por ciento prostitutas y bastantes de ellas travestidas. Una calle que al pisarla por primera vez da casi hasta miedo... Con incontables extranjeros de pelo rubio, tez pálida y llamativas pieles abrasadas por el Sol, borrachos y drogados, agarrando por el culo a las diminutas niñas locales con su mano de ventosa y sus más de 190 centímetros de altura. Fue algo chocante. Grotesco. Difícil de asumir de primeras. Y no soy un moñas, la verdad, ni el mayor de los románticos, es cierto, pero ese ambiente tan perverso, tan sucio y vicioso, a mí, sinceramente, no es lo que más me llama. Ni mucho menos.
La segunda isla, y ésta sí que molaba, fue Koh Phi Phi. Está al lado de Phuket, en el mismo mar, a unos 50 kilómetros. Mucho más pequeña y mucho más bonita. Considerada una de las mejores islas del planeta, Phi Phi sufrió como ninguna otra el fatídico tsunami del 2004, y la gran mayoría de viviendas y locales fueron literalmente arrasados por la fuerza del mar. Ocho años después no queda rastro del horror, la isla sigue creciendo y las construcciones, pequeñas y grandes, no paran. La bienvenida fue de aúpa, no queríamos salir del barco: cielo negro y tenebroso, rayos y relámpagos retorciéndose por el aire y una tromba de agua cayéndonos sobre nuestras perplejas cabezas y nuestras pesadas mochilas. No pintaba bien la cosa, no. "Bienvenidos a Koh Phi Phi. Felices vacaciones. Sois unos jamadores". Pero la lluvia a las horas cedió, y el Sol surgió en el cielo como el ave Fénix. Y brilló. Vaya si brilló.
La peña viene aquí (allí) a hacer submarinismo, a relajarse en sus bonitas playas y a salir de fiesta por las noches en los garitazos que tienen montados a pie de playa. Aquí en Tailandia ya no tienen nada que envidiar a Ibiza. Llevan muchos años recibiendo a millones de turistas en sus islas y saben muy bien lo que se hacen. Un placer para los cinco sentidos: mientras estás saboreando el último cocktail de moda en Manhattan, o estás ingiriendo un auténtico bucket lleno de hielos, pajitas y el peor y más agresivo whiskey del planeta, tus pies descalzos están jugando con la fina arena, ya que tu mesa está en plena playa, con el aroma del mar a tu lado, si eres capaz de concentrarte en ello ya que la música atronadora con el hit veraniego del momento no para ni un segundo, y, además, tus ojos no pueden dejar de mirar el llamativo espectáculo de fuego que están montando al lado tuyo, justo ahí, entre las mesas atestadas de guiris con una sonrisa perenne y ese oscuro y somnoliento mar, que parece que es el único que descansa cuando cae la noche en este país.
Para acabar con Koh Phi Phi, un gran lugar donde te puedes pegar 6 meses tranquilamente sin ni siquiera enterarte, tengo que hablar de la Monkey Beach. Después de media hora en kayak con el Piña (y paliza que nos metieron Anita y Leo que no es momento de analizar), llegamos a esta playa apartada y muy poco frecuentada por lo complicado de su acceso. Nos habían prometido monos y ahí no había ni un jodido simio. Llevaba 7 meses de viaje por toda Sudamérica, haciendo trekkings, por selvas y bosques, y no había visto ni un maldito antepasado nuestro. Y me molestaba mucho, la verdad. No molaba. Hasta que de repente, bajó uno de la selva hasta la playa. De lejos. Y luego otro. Y luego... ¡Oh, sí, oh, sí, los monetes están aquí! En pocos minutos había decenas de monos. ¡Una locura! A mí me hizo una ilusión tremenda, ya ves tú, y me pegué todo el rato que estuvimos en la Monkey Beach con ellos. Flipándola. Dándoles de comer, de mano a mano, y sacando más fotos que en Tokio, que ya es decir. Me senté a dos metros de ellos, en frente de una gran roca plana a la sombra donde estaban 10 ó 12 criaturas. Son muy guay. Era mucho mejor que ver cualquier documental que me he podido tragar cien millones de veces. Ahí estaban, comiendo, desparasitándose, dándose mimos, charlando, y jugando. Los peques no paraban de liarla, y había un enano muy cabroncete que no paraba de morderle los huevos a su colega. Literalmente. A ése me lo hubiera llevado a casa encantado... Ay, los monetes. Qué majetes. Y con los años, en lo que se han convertido...
Nos quedan dos islas más aquí en Tailandia. Y tengo que hablar de los franceses que compartieron estos relajados y divertidos días con nosotros, que no me olvido de ellos. Pero ahora no. Ahora me voy a cenar. Y eso que no tengo hambre. Y es que siempre que me pongo a escribir sobre el viaje (a recordarlo), me quedo un rato en un estado un poco catatónico. Sin poder hacer prácticamente nada. No sé muy bien el porqué. Pero sé que es bueno.
La primera de ellas y la que menos me gustó fue Koh Phuket (para los menos vivos: sí, Koh significa isla en tailandés). Una pedazo de isla bañada por el mar de Andamán, que éste a su vez linda con el océano Índico. Creo recordar que sólo pasamos allí dos noches y dos días. Suficiente. La isla al ser tan grande, tiene numerosas playas y pueblecitos costeros repartidos por toda su extensión, pero a la playa que fuimos a parar nosotros, no era la más bonita ni de lejos. Bang Tao Beach creo que es donde nos alojamos, con una playa larga pero no muy atractiva, con un mar no tan limpio y claro como te esperabas y con (ya) un par de edificios altos rollo Benidorm que más que subirte el ánimo lo que te daban era bajona levantina.
Eso sí, nuestro pueblo era el santo y seña de la fiesta en la isla. Pero qué fiesta... Hasta que no llegamos a Phuket no había presenciado en persona lo que podemos denominar como sordidez máxima. Una calle solamente llena de garitos y discotecas a los dos lados, y entrando y saliendo de ellos, decenas, cientos de mujeres, chicas, niñas, el noventa por ciento prostitutas y bastantes de ellas travestidas. Una calle que al pisarla por primera vez da casi hasta miedo... Con incontables extranjeros de pelo rubio, tez pálida y llamativas pieles abrasadas por el Sol, borrachos y drogados, agarrando por el culo a las diminutas niñas locales con su mano de ventosa y sus más de 190 centímetros de altura. Fue algo chocante. Grotesco. Difícil de asumir de primeras. Y no soy un moñas, la verdad, ni el mayor de los románticos, es cierto, pero ese ambiente tan perverso, tan sucio y vicioso, a mí, sinceramente, no es lo que más me llama. Ni mucho menos.
La segunda isla, y ésta sí que molaba, fue Koh Phi Phi. Está al lado de Phuket, en el mismo mar, a unos 50 kilómetros. Mucho más pequeña y mucho más bonita. Considerada una de las mejores islas del planeta, Phi Phi sufrió como ninguna otra el fatídico tsunami del 2004, y la gran mayoría de viviendas y locales fueron literalmente arrasados por la fuerza del mar. Ocho años después no queda rastro del horror, la isla sigue creciendo y las construcciones, pequeñas y grandes, no paran. La bienvenida fue de aúpa, no queríamos salir del barco: cielo negro y tenebroso, rayos y relámpagos retorciéndose por el aire y una tromba de agua cayéndonos sobre nuestras perplejas cabezas y nuestras pesadas mochilas. No pintaba bien la cosa, no. "Bienvenidos a Koh Phi Phi. Felices vacaciones. Sois unos jamadores". Pero la lluvia a las horas cedió, y el Sol surgió en el cielo como el ave Fénix. Y brilló. Vaya si brilló.
La peña viene aquí (allí) a hacer submarinismo, a relajarse en sus bonitas playas y a salir de fiesta por las noches en los garitazos que tienen montados a pie de playa. Aquí en Tailandia ya no tienen nada que envidiar a Ibiza. Llevan muchos años recibiendo a millones de turistas en sus islas y saben muy bien lo que se hacen. Un placer para los cinco sentidos: mientras estás saboreando el último cocktail de moda en Manhattan, o estás ingiriendo un auténtico bucket lleno de hielos, pajitas y el peor y más agresivo whiskey del planeta, tus pies descalzos están jugando con la fina arena, ya que tu mesa está en plena playa, con el aroma del mar a tu lado, si eres capaz de concentrarte en ello ya que la música atronadora con el hit veraniego del momento no para ni un segundo, y, además, tus ojos no pueden dejar de mirar el llamativo espectáculo de fuego que están montando al lado tuyo, justo ahí, entre las mesas atestadas de guiris con una sonrisa perenne y ese oscuro y somnoliento mar, que parece que es el único que descansa cuando cae la noche en este país.
Para acabar con Koh Phi Phi, un gran lugar donde te puedes pegar 6 meses tranquilamente sin ni siquiera enterarte, tengo que hablar de la Monkey Beach. Después de media hora en kayak con el Piña (y paliza que nos metieron Anita y Leo que no es momento de analizar), llegamos a esta playa apartada y muy poco frecuentada por lo complicado de su acceso. Nos habían prometido monos y ahí no había ni un jodido simio. Llevaba 7 meses de viaje por toda Sudamérica, haciendo trekkings, por selvas y bosques, y no había visto ni un maldito antepasado nuestro. Y me molestaba mucho, la verdad. No molaba. Hasta que de repente, bajó uno de la selva hasta la playa. De lejos. Y luego otro. Y luego... ¡Oh, sí, oh, sí, los monetes están aquí! En pocos minutos había decenas de monos. ¡Una locura! A mí me hizo una ilusión tremenda, ya ves tú, y me pegué todo el rato que estuvimos en la Monkey Beach con ellos. Flipándola. Dándoles de comer, de mano a mano, y sacando más fotos que en Tokio, que ya es decir. Me senté a dos metros de ellos, en frente de una gran roca plana a la sombra donde estaban 10 ó 12 criaturas. Son muy guay. Era mucho mejor que ver cualquier documental que me he podido tragar cien millones de veces. Ahí estaban, comiendo, desparasitándose, dándose mimos, charlando, y jugando. Los peques no paraban de liarla, y había un enano muy cabroncete que no paraba de morderle los huevos a su colega. Literalmente. A ése me lo hubiera llevado a casa encantado... Ay, los monetes. Qué majetes. Y con los años, en lo que se han convertido...
Nos quedan dos islas más aquí en Tailandia. Y tengo que hablar de los franceses que compartieron estos relajados y divertidos días con nosotros, que no me olvido de ellos. Pero ahora no. Ahora me voy a cenar. Y eso que no tengo hambre. Y es que siempre que me pongo a escribir sobre el viaje (a recordarlo), me quedo un rato en un estado un poco catatónico. Sin poder hacer prácticamente nada. No sé muy bien el porqué. Pero sé que es bueno.
miércoles, 13 de febrero de 2013
Días 210-227: Bangkok II
Los tailandeses (generalizando de nuevo) son gente muy abierta, divertida, charlatana y bastante cachonda, pero también es cierto que hay que tener ojo y no fiarte de todo el mundo que parece majo, porque hay mucho timador que va de tu nuevo amigo en la ciudad y lo único que intenta es clavártela por ser extranjero. Y ésa es la parte negativa: mucha gente en este país vive desde hace mucho tiempo del turismo y hay gran parte de la población que sólo te ve como un billete de Dollar andante. Supongo que es normal, y hasta cierto punto inevitable, nosotros, los occidentales, les hemos convertido en lo que son ahora. Porque no nos engañemos: Tailandia (y mucho menos Bangkok) no es tercer mundo; ni de coña.
Aquí te lo puedes pasar pipa, salir de fiesta todos los días de la semana al reventón (por ejemplo, en la mítica Khao San Road) , comprar de todo y para todos, probar comidas típicas de todo el planeta, perderte horas y horas en una locura de barrio como es Chinatown, dar un paseo en barco por el río al atardecer, asistir a un conciertazo de una estrella mundial del Pop, disfrutar de un salvaje combate de Muay Thai en directo o saciar todos tus oscuros e incontables deseos sexuales en cualquier antro de los muchos que hay... Hay cientos de cosas que puedes hacer en Bangkok, pero como todo en esta vida, en muchas ocasiones lo mejor es lo más simple. Y sentarte en el suelo, con una lata de cerveza fresquita, rodeado de gente a la que quieres, simplemente mirando cómo unos chavales locales le están pegando (magistral y espectacularmente) al futboley, es un planazo se mire por donde se mire.
A los tailandeses les gusta comer y comen mucho. A diferencia de Japón, aquí además de palillos te suelen dar tenedor y cuchara. Con el tenedor cortas y con la cuchara te metes el sustento en el gaznate. Presumen de cocina buena y variada, pero eso, una vez más, para un español, suena a un poco a coña. Se come bien, sí, y puede que no frecuentásemos los garitos de mayor nivel, eso está claro, pero es que al cabo de un tiempo todo parece lo mismo... En Asia, el pollo y el arroz me salían por los ojos.
Algo que nunca olvidaré de esta ciudad es que cumplí en ella mi trigésimo aniversario como ser humano. Vamos, ¡que me caían 30 palos! Ese momento cruel, doloroso y jodido de la vida en el que dejas de ser un veinteañero. ¡Y fue un día y una noche imposibles de olvidar porque me pasó de todo! Por la tarde lo empecé a celebrar con Piña. Nos emborrachamos a base de White Russians caseros, en la habita del hostal, con Anita de testigo. El Gran Lebowsky estaría orgulloso, y un tío como él hubiera sido muy bienvenido, por otra parte. Luego ya nos juntamos los cuatro a celebrar el cumple en la viciosa, divertida, animadísima y sonámbula calle de Khao San. Y fue un locura muy entretenida. Resumiendo un poco, yo esa noche la acabé con dos tattoos más en mi cuerpo, con varios insectos fritos en mi estómago, con una herida en mi frente por el ataque del hijo de perra del chucho del tatuador, y con una sonrisa en la boca al acostarme con la sensación de haber pasado un treinta cumpleaños como se debe.
Bangkok, una ciudad donde a lo tonto, pasamos bastantes días. Una ciudad a la que cuesta pillarle el punto. Una ciudad que puede parecer muy estresante, agobiante y hasta agresiva de primeras. Pero es un lugar que cuando estás un tiempo te va gustando más y más, y al final, cuando te tienes que ir, sin darte cuenta, ya le has cogido cariño. Y piensas en cuándo volverás. Porque volverás.
Dicho esto, aún así, no tiene la magia de otras partes de Asia.... Y es que nadie ni nada es perfecto. Nadie ni nada lo tiene todo. La manta no es kilométrica, no puede llegar a taparte entero. Cabeza o pies, tú eliges. Locura, diversión y fiesta salvaje... O paz, encanto y espiritualidad. Nosotros, intrépidos afortunados, lo tuvimos todo.
martes, 27 de noviembre de 2012
Días 210-227: Bangkok I
Lo primero que piensas al aterrizar es que no te encuentras en el sudeste asiático, en un lugar del llamado tercer mundo: el aeropuerto está realmente bien y sorprenden sus modernas prestaciones. Lo segundo que pasa por tu mente, acto seguido de salir del mismo, es: "Este lugar no es para mí". ¿Por qué? Porque la humedad es asfixiante, indescriptible, casi insoportable. La bofetada caliente y húmeda que recibe todo tu cuerpo es muy, muy intensa. Al principio no te lo crees. Piensas que estás debajo de alguna salida de aire caliente del aeropuerto (y de hecho miras arriba y hacia todos los lados buscando ese extractor gigante del infierno), pero no, no encuentras nada. Es de noche y hace una calda de cojones. Estamos en Bangkok y es mayo. Y punto. Toca sudar.
La capital de Tailandia (y centro neurálgico de todo el sudeste de Asia), a su manera, también tiene la capacidad de combinar pasado y futuro, como hace Tokio. Hay zonas de la ciudad con construcciones viejas, de viviendas de pequeña altura y callejones de otra época, pero hay otros barrios donde abundan los altos y modernos edificios, los gigantescos centros comerciales, las boutiques de moda de primeras marcas y los hotelacos de lujo para gente bien. Sí, de nuevo es una gran ciudad llena de contrastes, y siguiendo con la comparación de Tokio, todas las calles en general están muchísimo más sucias, y, por qué no decirlo, casi todo, generalizando también, es bastante más turbio.
Aquí en Tailandia las ciudades y pueblos se dividen en calles y callejones. Las calles pueden ser grandes o pequeñas, o incluso pedazo de avenidas. Pero los callejones son exactamente como te los has imaginado, como los que salen en las películas ambientadas en países asiáticos: muy estrechos (pueden tener un metro de ancho), oscuros, sórdidos, con puestos callejeros que te venden de todo, generalmente comida (a veces inclasificable), y vapores que surgen del alcantarillado y olores que te dejan noqueado... Todo lo contrario es meterse en sus amados centros comerciales (¡tienen muchos!). Estos inmensos e impersonales lugares están atestados de extranjeros, todos paseando con bolsas de compras en las dos manos y con las mismas camisetas de tirantes, las mismas gorras y las mismas gafas de sol. La verdad es que se encuentran gangas, hay de todo en materia de ropa y de papeo, y sobre todo, se está fresquito, y por unas horas te refugias de la tremenda y pegajosa humedad del exterior.
Uno de los rasgos más significativos de Bangkok y que llama mucho la atención del occidental de turno es el tráfico. ¡La locura de tráfico! Hay momentos que la ciudad se colapsa, y entonces se forman unos atascazos que los de Madrid parecen de Micro Machines. Coches, motos y tuk-tuks surgen de la nada, de cualquier esquina y ángulo muerto, y pululan hacia cualquier dirección imaginable. ¡Es divertidísimo! Y la experiencia de que te lleven en un tuk-tuk (vehículo típico de Asia que consiste en una moto con un remolque incorporado, básicamente) es imperdonable perdérsela. Incluso por los callejones y callejuelas más estrechas, donde no cabe ni un alma del tráfico de gente, animales y cosas que hay, tienes que dejar paso a una moto que avanza (inexplicablemente) entre la multitud de incansables comerciantes y turistas flipados. Conducen como locos, llevan en sus motos hasta neveras (really!), ves familias enteras de cinco miembros subidos en una misma moto (y sin un solo casco puesto), se meten unas cruzadas impensables cada dos por tres, pero, a la vez, te da la impresión de que todo lo tienen bajo control. Es su día a día, y no se les ve estresados ni sorprendidos por las suicidas maniobras del colgao de al lado. Es el caos ordenado.
Otro detalle que nunca se me olvidará de esta enorme ciudad (y de Asia en general) será el olor de algunas calles. Mi sentido olfativo se ve que no estaba preparado para cierto nivel de olisma asiática. Junto con el calorazo, se añaden determinados tufillos de alcantarillado y de los puestos callejeros de comida que convierten algunos tramos en momentos jodidos y, personalmente, el hedor puede llegar a ser nauseabundo. Si acabas de comer y vas con la tripa llena puede llegar a ser bastante desagradable. Eso no quita para renunciar a ello siempre y renegar de por vida, porque a la comida callejera le pegamos sin problemas, y es aquí, en Bangkok, donde alguno de nosotros se lanzó a probar delicias callejeras como grillos fritos, escarabajos y algún que otro insecto que murió incinerado en la hoguera; por hereje. ¡Y es que hay que probar de todo! Y como dice el Rey: a la parrilla, todo sabe mejor.
Los templos y los monjes budistas son otra característica de esta ciudad y de este país. Hay muchos templos en Bangkok, no sabría decir cuántos. Visitamos varios, como el del Black Buda o el del Lucky Buda, y algún otro más que no me quedé con el nombre. Se parecen todos bastante, variando un poco en tamaño y en años que lleva levantado. En todos ellos debes descalzarte y no hacer prácticamente ruido, hablando entre susurros con el Equipo y comunicándote con miradas, sonrisas y gestos con la gente que mantiene el edificio. Aunque a decir verdad, casi todo el mundo habla inglés, mejor o peor, pero se defienden. Y es que llevan ya muchos años recibiendo a turistas extranjeros de todas las partes del mundo. A los monjes se les trata con el mayor de los respetos. Aunque ellos viven con mucha austeridad y comen de las limosnas que van recolectando cada mañana. Es un espectáculo ver a primera hora de la mañana, cuando sale el Sol, a filas indias de monjes descalzos, con sus túnicas naranjas y los cuencos en la mano para pedir dinero. A ellos, la mayoría de la población, les tratan como si fueran la clase más alta de la sociedad, y si en su familia, alguien se hace monje, es un gran honor para todos.
Hay más que hablar sobre nuestra estancia en esta ciudad, pero no quiero que se haga largo. Así que lo dejamos por el momento. Además, estoy descalzo, como los monjes. Pero no estoy en Bangkok. Estoy en Zaragoza, en la gran MañoLand, y aquí sí que hace fresqui en noviembre. Así que me voy a por los calcetines. Los malditos calcetines...
La capital de Tailandia (y centro neurálgico de todo el sudeste de Asia), a su manera, también tiene la capacidad de combinar pasado y futuro, como hace Tokio. Hay zonas de la ciudad con construcciones viejas, de viviendas de pequeña altura y callejones de otra época, pero hay otros barrios donde abundan los altos y modernos edificios, los gigantescos centros comerciales, las boutiques de moda de primeras marcas y los hotelacos de lujo para gente bien. Sí, de nuevo es una gran ciudad llena de contrastes, y siguiendo con la comparación de Tokio, todas las calles en general están muchísimo más sucias, y, por qué no decirlo, casi todo, generalizando también, es bastante más turbio.
Aquí en Tailandia las ciudades y pueblos se dividen en calles y callejones. Las calles pueden ser grandes o pequeñas, o incluso pedazo de avenidas. Pero los callejones son exactamente como te los has imaginado, como los que salen en las películas ambientadas en países asiáticos: muy estrechos (pueden tener un metro de ancho), oscuros, sórdidos, con puestos callejeros que te venden de todo, generalmente comida (a veces inclasificable), y vapores que surgen del alcantarillado y olores que te dejan noqueado... Todo lo contrario es meterse en sus amados centros comerciales (¡tienen muchos!). Estos inmensos e impersonales lugares están atestados de extranjeros, todos paseando con bolsas de compras en las dos manos y con las mismas camisetas de tirantes, las mismas gorras y las mismas gafas de sol. La verdad es que se encuentran gangas, hay de todo en materia de ropa y de papeo, y sobre todo, se está fresquito, y por unas horas te refugias de la tremenda y pegajosa humedad del exterior.
Uno de los rasgos más significativos de Bangkok y que llama mucho la atención del occidental de turno es el tráfico. ¡La locura de tráfico! Hay momentos que la ciudad se colapsa, y entonces se forman unos atascazos que los de Madrid parecen de Micro Machines. Coches, motos y tuk-tuks surgen de la nada, de cualquier esquina y ángulo muerto, y pululan hacia cualquier dirección imaginable. ¡Es divertidísimo! Y la experiencia de que te lleven en un tuk-tuk (vehículo típico de Asia que consiste en una moto con un remolque incorporado, básicamente) es imperdonable perdérsela. Incluso por los callejones y callejuelas más estrechas, donde no cabe ni un alma del tráfico de gente, animales y cosas que hay, tienes que dejar paso a una moto que avanza (inexplicablemente) entre la multitud de incansables comerciantes y turistas flipados. Conducen como locos, llevan en sus motos hasta neveras (really!), ves familias enteras de cinco miembros subidos en una misma moto (y sin un solo casco puesto), se meten unas cruzadas impensables cada dos por tres, pero, a la vez, te da la impresión de que todo lo tienen bajo control. Es su día a día, y no se les ve estresados ni sorprendidos por las suicidas maniobras del colgao de al lado. Es el caos ordenado.
Otro detalle que nunca se me olvidará de esta enorme ciudad (y de Asia en general) será el olor de algunas calles. Mi sentido olfativo se ve que no estaba preparado para cierto nivel de olisma asiática. Junto con el calorazo, se añaden determinados tufillos de alcantarillado y de los puestos callejeros de comida que convierten algunos tramos en momentos jodidos y, personalmente, el hedor puede llegar a ser nauseabundo. Si acabas de comer y vas con la tripa llena puede llegar a ser bastante desagradable. Eso no quita para renunciar a ello siempre y renegar de por vida, porque a la comida callejera le pegamos sin problemas, y es aquí, en Bangkok, donde alguno de nosotros se lanzó a probar delicias callejeras como grillos fritos, escarabajos y algún que otro insecto que murió incinerado en la hoguera; por hereje. ¡Y es que hay que probar de todo! Y como dice el Rey: a la parrilla, todo sabe mejor.
Los templos y los monjes budistas son otra característica de esta ciudad y de este país. Hay muchos templos en Bangkok, no sabría decir cuántos. Visitamos varios, como el del Black Buda o el del Lucky Buda, y algún otro más que no me quedé con el nombre. Se parecen todos bastante, variando un poco en tamaño y en años que lleva levantado. En todos ellos debes descalzarte y no hacer prácticamente ruido, hablando entre susurros con el Equipo y comunicándote con miradas, sonrisas y gestos con la gente que mantiene el edificio. Aunque a decir verdad, casi todo el mundo habla inglés, mejor o peor, pero se defienden. Y es que llevan ya muchos años recibiendo a turistas extranjeros de todas las partes del mundo. A los monjes se les trata con el mayor de los respetos. Aunque ellos viven con mucha austeridad y comen de las limosnas que van recolectando cada mañana. Es un espectáculo ver a primera hora de la mañana, cuando sale el Sol, a filas indias de monjes descalzos, con sus túnicas naranjas y los cuencos en la mano para pedir dinero. A ellos, la mayoría de la población, les tratan como si fueran la clase más alta de la sociedad, y si en su familia, alguien se hace monje, es un gran honor para todos.
Hay más que hablar sobre nuestra estancia en esta ciudad, pero no quiero que se haga largo. Así que lo dejamos por el momento. Además, estoy descalzo, como los monjes. Pero no estoy en Bangkok. Estoy en Zaragoza, en la gran MañoLand, y aquí sí que hace fresqui en noviembre. Así que me voy a por los calcetines. Los malditos calcetines...
viernes, 19 de octubre de 2012
Días 206-209: Tokio
Damas y caballeros, señoritas y chavalicos (tú, niña, atiende), bienvenidos a la ciudad del futuro, a la ciudad del pasado, a la ciudad del manga y de los videojuegos, a la ciudad del sushi y el neón, al lugar que siempre soñé conocer y al que muero de ganas por volver. Bienvenidos a Tokio, una metrópolis donde conviven 36 millones de seres humanos, haciendo de ella la mayor aglomeración de personas de todo el planeta.
Lo primero que recuerdo de Japón es el baño del aeropuerto: ¡vaya tela! Tenía más botones e instrucciones que el propio avión. Al principio flipas con la movida, pero los tíos se lo curran y te ponen las explicaciones también en inglés. Cuando le pillas el truco al asunto, las sesiones en el lavabo son una auténtica gozada. ¡Qué listos son los japos! Mientras cagas puedes escucharte a los Beatles tranquilamente, y no preocuparte por si el de al lado va a escuchar tu propia banda sonora intestinal. Y, como colofón, después tienes una serie de chorros de agua perfectamente orientados para que tu ojete acabe aseado, agradecido y contento. Sin duda alguna, una experiencia muy recomendable.
Tokio es caro, ya lo sabíamos, y es una realidad. Te das cuenta nada más llegar: tienes que soltar 40 eurazos para pagar un tren que tarda 40 minutos en llegar a la ciudad desde el aeropuerto. El rollico va a ser mucho patear, mucho mirar, y poco tocar. Y eso es lo que hicimos: andar, andar y más andar, y bastantes viajes por su extensa pero manejable red de metro. Yo reconozco que no soy muy de andar. No me pone andar por el campo, la verdad. Pero me encanta pasear por una gran ciudad. Recorrer sus calles y avenidas, perderte en ellas, ser un desconocido entre millones de personas, descubrir nuevos bares y tiendas, tomar el Sol en sus plazas y parques, mirar a la gente cómo se mueve, qué hace, cómo se viste, y escuchar los cientos de sonidos que surgen de cada esquina. Me apasionan las grandes urbes, su murmullo, sus incesantes latidos de intensa vida durante los 365 días del año. Y Tokio es una de esas ciudades donde no te cansas nunca de observar, porque siempre hay algo o alguien que capta tu atención, y donde hay siempre algo que hacer a cualquier hora del día o de la noche y cualquier día de la semana.
Es una ciudad futurista (para ellos ya presente), con su metro pasando por encima de tu cabeza, con sus incontables y modernísimos rascacielos, y con las pantallas gigantes de última generación colgadas de cualquier fachada; con sus peculiares habitantes, que prácticamente cada uno de ellos lleva entre las manos el último juguetito tecnológico, capaz de mover satélites enteros flotando en el espacio exterior simplemente presionando un botón de su smartphone. Pero a la vez, y ello es parte de sus muchos encantos, la ciudad también tiene un muy marcado lado tradicional (para ellos también muy presente). Entre esos altísimos edificios de cristal, o enormes centros comerciales o calles comerciales repletas de luces de neón, te encuentras, sin esperártelo, un estrecho y oscuro callejón donde parece que el tiempo no ha transcurrido en sesenta años; por no hablar de los silenciosos, bellísimos, tranquilos y espirituales templos que hay desperdigados por toda la ciudad. Es chocante pasar en tan sólo dos minutos, de la calma absoluta, de la paz y sosiego máximo que se respira en un templo, a la locura, intensidad, vitalidad y bullicio de una calle comercial algo conocida.
La gente de Tokio se parecen bastante en eso a su ciudad: son personas de contrastes. Te puedes encontrar al hombre más recatado, sobrio, serio y anodino de toda la Tierra, y, en el mismo instante, darte de bruces con las y los personajes más notas que te puedas echar a la cara. Me sorprendió ver en algún barrio a gente joven con unas pintas muy, muy locas. Puedes ir paseando por una calle de Shibuya con un maldito orinal en la cabeza que nadie te va a mirar mal. De hecho, quizás ni te miren. Ahí vale todo. Les chifla la moda y llevan modelitos más salvajes que en London o Berlín, que ya es decir. Pero la verdad es que tienen un estilazo que alucinas. Ellas y ellos. Joder, ¡molan mucho! Y lo más importante, es que, todos ellos, vistan como vistan, sonrían más o sonrían menos, todos son supermegaextraeducados, respetuosísimos, silenciosos, muy simpáticos (algunos a su manera) y te ayudan en todo momento en aquello que esté en sus manos.
Sus calles me recordaban, me trasladaban, me hacían pensar en Haruki Murakami, en sus libros, en sus personajes, en sus increíbles historias, muchas de ellas localizadas en este lugar. Me flipa Murakami. Qué tío, el japo, cómo escribe. Lo recomiendo a todo el mundo. Pero, cuidadín, su estilo opiáceo (como leí de un crítico) es una droga poderosa, y hará siempre que quieras más y más relatos suyos. Paseando por Tokio, veías y escuchabas decenas, cientos de cuervos volando bajo, posándose en semáforos, balcones y terrazas. Algunos inmóviles y silenciosos. Vigilantes. Otros gritones y burlones. No podía dejar de pensar que estaban tramando algo. Algo importante, siniestro quizás. E imaginaba que si salía a pasear una noche a solas, podría cruzarme con uno de ellos y, tal vez, entablar una conversación. Y Señor Cuervo por fin me explicaría qué estaba ocurriendo, cuál era el propósito escondido por toda la clandestina sociedad de los cuervos durante cientos de años. Él me hablaría en perfecto español, o puede que en inglés, para que yo le entendiera, porque no hablo japonés. Y sí, me parecía algo tan maravillosamente mágico y, a la vez, tan anormalmente normal. Como las historias de Murakami.
Como ya he dicho, pateamos sin control el centro de Tokio, y vimos prácticamente todo lo que queríamos conocer. Vamos, lo más conocido, lo típico. Porque para conocer a fondo una ciudad de semejante envergadura y tantas posibilidades de acción, hay que vivir en ella, al menos, unos mesecitos. Veamos, un pequeño resumen: Shinjuku (joder, ¡es que me molan hasta los nombres!): una de las imágenes típicas y símbolos de la ciudad. Luces de neón por todas partes, por ello es mejor ir de noche. Tiendas, bares, karaokes, moderneo y ambiente a cualquier hora del día y de la noche. Y los rascacielos más altos están por este barrio. Nos pilló lloviendo y cansados, pero es imposible pasear por esos callejones sin dejar de mover el cuello a un lado y al otro observando a extraños viandantes y turbios lugares de ocio (con entrada prohibida para no japoneses). Ginza: el barrio pijo y lujoso. Es la zona más cara y sus grandes avenidas están repletas de tiendas de primeras marcas, de ejecutivos con trajes, y de mujeres con clase envueltas en vestidos muy, muy talegueros. Akihabara: centro neurálgico de la electrónica y la tecnología, y también cuna del manga. Centros comerciales y cientos de tiendas repletos de cualquier gadget imaginable y de hasta la más freak figurita de manga, desde los 5 centímetros de tamaño hasta el metro y medio, y desde los dos euros hasta las más exageradas (escandalosas) cantidades de dinero. Realmente a mí el manga me da absolutamente igual, me quedé en Akira y ahí sigo. Y el barrio es muy friki, sí, pero también es muy divertido y auténtico y te puedes pegar ahí horas rebuscando en las tiendas y viendo personajes de toda calaña. Roppongi: zona de marcha por excelencia. Llena de bares y discotecas, donde locales y extranjeros se juntan para beber, cantar y bailar. Hay fiesta casi todos los días de la semana, sólo hay que acertar con el garito de moda o con la mejor fiesta de esa noche. Nosotros salimos una noche en Tokio, entre semana, y fuimos a esta zona. No recuerdo el nombre del sitio, pero sí recuerdo lo bien que lo pasamos Piña y yo y las risas que cayeron con los japoneses, ellas y ellos. Éramos la atracción de la pista de baile, y nunca se me olvidarán sus extrañas (para nosotros) formas de moverse o de relacionarse. Son muy divertidos y se lo saben pasar de de lujo. Otro rollo, pero de puta madre. Asakusa: retrocedamos al pasado. Cambiamos neones por incienso en los templos. Estuvimos en el templo Sensoji y nos encantó. Atestado de visitas, pero en un clima de extraña tranquilidad. Las purificaciones, los estanques con las carpas, los jardines... El Japón tradicional. Otro mundo completamente diferente en la misma ciudad, ¿alguien da más? Y por último, dejándome alguna cosilla más que omito por no cansar al personal: Shibuya. Un barrio muy molón, quizás mi favorito en los tres días que pasamos allí. Centros comerciales, cientos de tiendas de ropa guapísimas, y mucho, muchísimo ambiente por sus calles a todas horas. Lleno de gente joven, el barrio marca tendencias. Es una delicia perderte por sus calles y espiar al joven habitante de Tokio en todo su esplendor. Otro de los símbolos de esta vertiginosa ciudad está aquí: el cruce de Hachiko. La mítica intersección donde varios pasos de peatones sincronizados forman un espectáculo digno de sofá, manta y palomitas. ¡Cuánta peña cruzando al mismo tiempo y qué bien lo hacen! Un caos controlado a la perfección, únicamente gracias a su civismo, buena educación y saber hacer.
Capítulo especial (se merecen un post entero) es para la mujer de Tokio. Vaya espectáculo. Yo ya sabía del tema, pero al llegar allí nos quedamos (los cuatro) alucinados con lo buenas que están las niñas por esos lares. ¡Frescor nipón! Y lo que más llama la atención es que no son ni dos ni tres, ni varias docenas, ¡vimos cientos de mujeres preciosas! Un no parar. Yo iba to loco, lo reconozco. Pero es que la gran mayoría tienen tipito, son una monada de cara, y tienen un estilazo al vestir que cada una podría luchar por el mejor blog de tendencias sin despeinarse. Anita nos llevó de la mano a un centro comercial en Shibuya, y simplemente por ese gesto le estaré eterna y plenamente agradecido. El Shibuya 109, siete plantas como siete soles mañaneros, un Corte Inglés dedicado exclusivamente al público femenino. ¡Una locura, señores! Dar vueltas, subiendo y bajando, paseándonos entre las clientas y las jóvenes, encantadoras y bellísimas dependientas, era como estar el paraíso. En un paraíso asiático donde sus saludos, miradas y sonrisas te elevaban unos centímetros por encima del suelo, volando bajo, ensimismado, aturdido y feliz. Un lugar donde poder pasarte horas, días, años, siglos... Un lugar donde la rutina no existe, donde no hay crisis ni hay guerras, un lugar donde todos los males de este mundo se han evaporado, y que, únicamente vuelven a aparecer cuando a las nueve de la noche apagan las luces, te mandan a casa, y tienes que salir de ese edificio con olor a rosas frescas. Porque sí, Borjita, es la hora. Y porque ya vale de manchar el suelo de babas, tío guarro.
En fin, creo que he vendido bien el viaje a Tokio, ¿verdad? Lo sé, cuánto amor. Qué le vamos a hacer, no soy objetivo, y es que siempre he sentido atracción por este país, esta ciudad, sus gentes y su cultura. No sé muy bien el porqué, pero así es. Y con tantas ganas que traía, no me ha decepcionado. Todo lo contrario: quiero más. Así que a ver si engaño a alguien cuanto antes y aparecemos de nuevo por la capital del Sol Naciente. Porque yo voy a volver, y lo antes que pueda. Aunque sea, para ver si me echo novieta. O algo.
Lo primero que recuerdo de Japón es el baño del aeropuerto: ¡vaya tela! Tenía más botones e instrucciones que el propio avión. Al principio flipas con la movida, pero los tíos se lo curran y te ponen las explicaciones también en inglés. Cuando le pillas el truco al asunto, las sesiones en el lavabo son una auténtica gozada. ¡Qué listos son los japos! Mientras cagas puedes escucharte a los Beatles tranquilamente, y no preocuparte por si el de al lado va a escuchar tu propia banda sonora intestinal. Y, como colofón, después tienes una serie de chorros de agua perfectamente orientados para que tu ojete acabe aseado, agradecido y contento. Sin duda alguna, una experiencia muy recomendable.
Tokio es caro, ya lo sabíamos, y es una realidad. Te das cuenta nada más llegar: tienes que soltar 40 eurazos para pagar un tren que tarda 40 minutos en llegar a la ciudad desde el aeropuerto. El rollico va a ser mucho patear, mucho mirar, y poco tocar. Y eso es lo que hicimos: andar, andar y más andar, y bastantes viajes por su extensa pero manejable red de metro. Yo reconozco que no soy muy de andar. No me pone andar por el campo, la verdad. Pero me encanta pasear por una gran ciudad. Recorrer sus calles y avenidas, perderte en ellas, ser un desconocido entre millones de personas, descubrir nuevos bares y tiendas, tomar el Sol en sus plazas y parques, mirar a la gente cómo se mueve, qué hace, cómo se viste, y escuchar los cientos de sonidos que surgen de cada esquina. Me apasionan las grandes urbes, su murmullo, sus incesantes latidos de intensa vida durante los 365 días del año. Y Tokio es una de esas ciudades donde no te cansas nunca de observar, porque siempre hay algo o alguien que capta tu atención, y donde hay siempre algo que hacer a cualquier hora del día o de la noche y cualquier día de la semana.
Es una ciudad futurista (para ellos ya presente), con su metro pasando por encima de tu cabeza, con sus incontables y modernísimos rascacielos, y con las pantallas gigantes de última generación colgadas de cualquier fachada; con sus peculiares habitantes, que prácticamente cada uno de ellos lleva entre las manos el último juguetito tecnológico, capaz de mover satélites enteros flotando en el espacio exterior simplemente presionando un botón de su smartphone. Pero a la vez, y ello es parte de sus muchos encantos, la ciudad también tiene un muy marcado lado tradicional (para ellos también muy presente). Entre esos altísimos edificios de cristal, o enormes centros comerciales o calles comerciales repletas de luces de neón, te encuentras, sin esperártelo, un estrecho y oscuro callejón donde parece que el tiempo no ha transcurrido en sesenta años; por no hablar de los silenciosos, bellísimos, tranquilos y espirituales templos que hay desperdigados por toda la ciudad. Es chocante pasar en tan sólo dos minutos, de la calma absoluta, de la paz y sosiego máximo que se respira en un templo, a la locura, intensidad, vitalidad y bullicio de una calle comercial algo conocida.
La gente de Tokio se parecen bastante en eso a su ciudad: son personas de contrastes. Te puedes encontrar al hombre más recatado, sobrio, serio y anodino de toda la Tierra, y, en el mismo instante, darte de bruces con las y los personajes más notas que te puedas echar a la cara. Me sorprendió ver en algún barrio a gente joven con unas pintas muy, muy locas. Puedes ir paseando por una calle de Shibuya con un maldito orinal en la cabeza que nadie te va a mirar mal. De hecho, quizás ni te miren. Ahí vale todo. Les chifla la moda y llevan modelitos más salvajes que en London o Berlín, que ya es decir. Pero la verdad es que tienen un estilazo que alucinas. Ellas y ellos. Joder, ¡molan mucho! Y lo más importante, es que, todos ellos, vistan como vistan, sonrían más o sonrían menos, todos son supermegaextraeducados, respetuosísimos, silenciosos, muy simpáticos (algunos a su manera) y te ayudan en todo momento en aquello que esté en sus manos.
Sus calles me recordaban, me trasladaban, me hacían pensar en Haruki Murakami, en sus libros, en sus personajes, en sus increíbles historias, muchas de ellas localizadas en este lugar. Me flipa Murakami. Qué tío, el japo, cómo escribe. Lo recomiendo a todo el mundo. Pero, cuidadín, su estilo opiáceo (como leí de un crítico) es una droga poderosa, y hará siempre que quieras más y más relatos suyos. Paseando por Tokio, veías y escuchabas decenas, cientos de cuervos volando bajo, posándose en semáforos, balcones y terrazas. Algunos inmóviles y silenciosos. Vigilantes. Otros gritones y burlones. No podía dejar de pensar que estaban tramando algo. Algo importante, siniestro quizás. E imaginaba que si salía a pasear una noche a solas, podría cruzarme con uno de ellos y, tal vez, entablar una conversación. Y Señor Cuervo por fin me explicaría qué estaba ocurriendo, cuál era el propósito escondido por toda la clandestina sociedad de los cuervos durante cientos de años. Él me hablaría en perfecto español, o puede que en inglés, para que yo le entendiera, porque no hablo japonés. Y sí, me parecía algo tan maravillosamente mágico y, a la vez, tan anormalmente normal. Como las historias de Murakami.
Como ya he dicho, pateamos sin control el centro de Tokio, y vimos prácticamente todo lo que queríamos conocer. Vamos, lo más conocido, lo típico. Porque para conocer a fondo una ciudad de semejante envergadura y tantas posibilidades de acción, hay que vivir en ella, al menos, unos mesecitos. Veamos, un pequeño resumen: Shinjuku (joder, ¡es que me molan hasta los nombres!): una de las imágenes típicas y símbolos de la ciudad. Luces de neón por todas partes, por ello es mejor ir de noche. Tiendas, bares, karaokes, moderneo y ambiente a cualquier hora del día y de la noche. Y los rascacielos más altos están por este barrio. Nos pilló lloviendo y cansados, pero es imposible pasear por esos callejones sin dejar de mover el cuello a un lado y al otro observando a extraños viandantes y turbios lugares de ocio (con entrada prohibida para no japoneses). Ginza: el barrio pijo y lujoso. Es la zona más cara y sus grandes avenidas están repletas de tiendas de primeras marcas, de ejecutivos con trajes, y de mujeres con clase envueltas en vestidos muy, muy talegueros. Akihabara: centro neurálgico de la electrónica y la tecnología, y también cuna del manga. Centros comerciales y cientos de tiendas repletos de cualquier gadget imaginable y de hasta la más freak figurita de manga, desde los 5 centímetros de tamaño hasta el metro y medio, y desde los dos euros hasta las más exageradas (escandalosas) cantidades de dinero. Realmente a mí el manga me da absolutamente igual, me quedé en Akira y ahí sigo. Y el barrio es muy friki, sí, pero también es muy divertido y auténtico y te puedes pegar ahí horas rebuscando en las tiendas y viendo personajes de toda calaña. Roppongi: zona de marcha por excelencia. Llena de bares y discotecas, donde locales y extranjeros se juntan para beber, cantar y bailar. Hay fiesta casi todos los días de la semana, sólo hay que acertar con el garito de moda o con la mejor fiesta de esa noche. Nosotros salimos una noche en Tokio, entre semana, y fuimos a esta zona. No recuerdo el nombre del sitio, pero sí recuerdo lo bien que lo pasamos Piña y yo y las risas que cayeron con los japoneses, ellas y ellos. Éramos la atracción de la pista de baile, y nunca se me olvidarán sus extrañas (para nosotros) formas de moverse o de relacionarse. Son muy divertidos y se lo saben pasar de de lujo. Otro rollo, pero de puta madre. Asakusa: retrocedamos al pasado. Cambiamos neones por incienso en los templos. Estuvimos en el templo Sensoji y nos encantó. Atestado de visitas, pero en un clima de extraña tranquilidad. Las purificaciones, los estanques con las carpas, los jardines... El Japón tradicional. Otro mundo completamente diferente en la misma ciudad, ¿alguien da más? Y por último, dejándome alguna cosilla más que omito por no cansar al personal: Shibuya. Un barrio muy molón, quizás mi favorito en los tres días que pasamos allí. Centros comerciales, cientos de tiendas de ropa guapísimas, y mucho, muchísimo ambiente por sus calles a todas horas. Lleno de gente joven, el barrio marca tendencias. Es una delicia perderte por sus calles y espiar al joven habitante de Tokio en todo su esplendor. Otro de los símbolos de esta vertiginosa ciudad está aquí: el cruce de Hachiko. La mítica intersección donde varios pasos de peatones sincronizados forman un espectáculo digno de sofá, manta y palomitas. ¡Cuánta peña cruzando al mismo tiempo y qué bien lo hacen! Un caos controlado a la perfección, únicamente gracias a su civismo, buena educación y saber hacer.
Capítulo especial (se merecen un post entero) es para la mujer de Tokio. Vaya espectáculo. Yo ya sabía del tema, pero al llegar allí nos quedamos (los cuatro) alucinados con lo buenas que están las niñas por esos lares. ¡Frescor nipón! Y lo que más llama la atención es que no son ni dos ni tres, ni varias docenas, ¡vimos cientos de mujeres preciosas! Un no parar. Yo iba to loco, lo reconozco. Pero es que la gran mayoría tienen tipito, son una monada de cara, y tienen un estilazo al vestir que cada una podría luchar por el mejor blog de tendencias sin despeinarse. Anita nos llevó de la mano a un centro comercial en Shibuya, y simplemente por ese gesto le estaré eterna y plenamente agradecido. El Shibuya 109, siete plantas como siete soles mañaneros, un Corte Inglés dedicado exclusivamente al público femenino. ¡Una locura, señores! Dar vueltas, subiendo y bajando, paseándonos entre las clientas y las jóvenes, encantadoras y bellísimas dependientas, era como estar el paraíso. En un paraíso asiático donde sus saludos, miradas y sonrisas te elevaban unos centímetros por encima del suelo, volando bajo, ensimismado, aturdido y feliz. Un lugar donde poder pasarte horas, días, años, siglos... Un lugar donde la rutina no existe, donde no hay crisis ni hay guerras, un lugar donde todos los males de este mundo se han evaporado, y que, únicamente vuelven a aparecer cuando a las nueve de la noche apagan las luces, te mandan a casa, y tienes que salir de ese edificio con olor a rosas frescas. Porque sí, Borjita, es la hora. Y porque ya vale de manchar el suelo de babas, tío guarro.
En fin, creo que he vendido bien el viaje a Tokio, ¿verdad? Lo sé, cuánto amor. Qué le vamos a hacer, no soy objetivo, y es que siempre he sentido atracción por este país, esta ciudad, sus gentes y su cultura. No sé muy bien el porqué, pero así es. Y con tantas ganas que traía, no me ha decepcionado. Todo lo contrario: quiero más. Así que a ver si engaño a alguien cuanto antes y aparecemos de nuevo por la capital del Sol Naciente. Porque yo voy a volver, y lo antes que pueda. Aunque sea, para ver si me echo novieta. O algo.
miércoles, 3 de octubre de 2012
D'ias 200-205: USA
Despu'es de M'exico nos tocaba el gran cambio del viaje, una especie de ecuador: pasar de un continente a otro, de Am'erica a Asia. Realmente para nosotros, y ya lo hab'iamos comentado, era como un nuevo viaje, otro diferente. Un nuevo comienzo.
El caso es que nuestro vuelo programado era de DF a Bangkok, Tailandia. Pero dicho vuelo ten'ia que hacer dos (benditas) escalas: una en Dallas y la otra en Tokio. Dallas, y Tokio!!! Fue ya lo que nos faltaba: ten'iamos vuelos gratis a USA y Jap'on!! As'i que decidimos aprovechar esa suerte y pasar unos d'ias en los States y en la capital del Sol Naciente, retrasando nuestros dos vuelos de escala durante unos d'ias, sin tener que pagar ni un euro m'as por ello. Fatal!! En una sola semana estuvimos en M'exico, USA y Jap'on. Lo escribo, varios meses despu'es, y todav'ia me cuesta asimilarlo. Pero antes de hablar de Asia, vamos con los yankees!
Llegamos al aeropuerto de Dallas, y r'apidamente nos dispusimos a alquilar un coche para llegar a nuestro objetivo: la singular e inimitable ciudad de Las Vegas!! Quer'iamos un Cadillac descapotable (el rollico en este pa'is era fliparse, sabes?), pero el presupuesto nos dio para una van familiar de marca Dodge. Mucho glamour para pasearnos por la highway no ten'ia, no. Pero eso s'i: sitio de sobras para los cuatro y nuestras mochilas y c'omoda de pelotas. Nada que ver con los apretad'isimos viajes en coche de Argentina o Chile.
Fueron unas 18 horitas de viaje, s'olo parando para poner gasofa y para comer y cenar. Surcamos los estados de Texas, Nuevo M'exico, Arizona y Nevada. Pasando muy cerca de sitios m'iticos como Memphis, Alburquerque (Breaking Bad) o Vernon (cu'antas millones de veces has escuchado el nombre de esa ciudad en pelis norteamericanas sin tener ni idea de d'onde se encontraba???!!), y por lugares de nombre tan freak como el pueblo Two Guns o la Meteorit Crater Road. Un viaje muy guapo. Vimos el amanecer en el desierto de Nevada, que es mucho m'as desierto de lo que yo me hab'ia imaginado. Es incre'ible c'omo han conseguido montar esa ciudad, Las Vegas, en mitad de la nada. Y, finalmente, llegamos a nuestro destino. Las Vegas, baby!!! Y s'i: es tal y como te la hab'ias imaginado; es como lo que has visto cientos de veces en las pelis de Hollywood. De d'ia te impresiona, pero de noche te deja aturdido, alucinado, enganchado...
Las calles de la ciudad estaban limp'isimas (y lo poco que vimos de Dallas despu'es, tambi'en). Todo perfecto: las paredes, jardines, suelos, fachadas, columnas y esculturas, todos ellos impecables, impolutos. Es como otro mundo, como si estuvieses en el rodaje de un pel'icula, o como si paseases por las calles de EuroDisney. Las Vegas es la DisneyLand del vicio. Cuando vas viendo las fachadas que se han montado los grandes casinos, te quedas perplejo: que si una r'eplica perfecta de una parte de Venecia, que si otra r'eplica de la Fontana de Trevi de Roma, otra de la torre Eiffel, que si montanhas rusas, barcos piratas con su mar y su pueblo costero y su cueva del tesoro, la fuente de los mil millones de chorros de agua... A t'o lo que da. Todos estos casinos, Bellacquio, Circus, Casino Royal, Caesar Palace, Wynn, Treasure Island, Mirage, Venetia, etc... Son una barbaridad de edificios. Son enormes, seres autosuficientes con vida propia. Lo tienen todo: casinos, hotel, bares, restaurantes, tiendas, discotecas, cajeros autom'aticos... Puedes llegar a uno un lunes, y no salir del mismo en toda una semana, y no sentir'as necesidad alguna. Puede que de alg'un signo de vida real en el exterior, de ver la luz solar y respirar aire puro, pero eso ya depende de cada uno. Y, por cierto, parece que la crisis a esta loca y extranha ciudad no haya llegado, porque no paran de seguir levantando casinos y hoteles gigantescos. Son tremendas las inversiones que se meten por aqu'i, la cantidad exagerada de d'ollares que mueve este lugar creado en mitad de un jodido desierto.
Bueno, a ver, a qui'en le gusta la comida basura?? A m'iiiiii!!! C'omo nos pusimos de burgers esa semana! De burgers y de patatas fritas, batidos, pizzas, Dr. Pepper... Gocico. Wendy's, Jack in the Box, Burger King, Denny's, Carl's Jr., McDonalds... Y alguno m'as que ahora no recuerdo. Good shit, brotha! El mejor de todos, calidad-precio, sin duda alguna: Wendy's!!! Uuuummm, qu'e rico! A ver si alguno se lanza y trae la franquicia a Espanha. Pensando en ello me entra el hambre, que todav'ia no he desayunado. Hace ya m'as de dos meses que no catamos un McDo, desde Bangkok. Hay ganitas. Pero tambi'en he de decir que me hace ilusi'on y felicidad el haber conocido pa'ises en los que la maldita mutinacional americana todav'ia no ha desembarcado. Porque lo har'a. Y el sudeste asi'atico perder'a encanto y magia, como ya lo ha perdido la explotad'isima y casi occidental Tailandia.
En Las Vegas hicimos el pack completo (o casi): dorm'iamos en el t'ipico motel de carretera americano, que era de peli tambi'en, y en el que seguro que hab'ia vecinos convictos y gente perdida que hab'ia llegado a la ciudad no para vivir, sino para morir, como Nicolas Cage en Living Las Vegas; jugamos en varios casinos a las cartas y los dados; nos fuimos de fiestuqui a varios clubes; tuvimos nuestra jornada de (humildes) compritas; jugamos al beer-pong en mesas ''oficiales'' y las dos veces les metimos a los yankees, que no se cre'ian que nosotros no jug'abamos en Espanha a su deporte favorito no profesional; y finalmente, gracias a Dios, fuimos a un club de striptease. Qu'e divertido! Aunque las atrapadas en los casinos te limitan mucho el tiempo para hacer otras cosas. All'i dentro no hay horarios, est'an abiertos 24\7 (24 horas al d'ia, 7 d'ias a la semana), y en las paredes no hay nunca ni una sola ventana para que entre la luz narutal, ni un solo reloj para comprobar qu'e hora es. Es como un bunker de lujo, donde lo 'unico que quieren es que te sientas bien, pases muuuucho tiempo sin darte cuenta, y, ya de paso, que pierdas todos tus ahorros. Si te gusta el juego, Las Vegas puede ser tu perdici'on. Adem'as, mientras juegas en las mesas, van pasando camareras a diestro y siniestro que te ofrecen bebidas gratis. As'i que si has perdido todas, al menos vas mojando tus penas en el alcohol. Dependiendo del croupier que te toque, las partidas pod'ian ser muy risas o un largo infierno. A veces, en 5 fatales minutos hab'ias perdido la pasta que supuestamente te ten'ia que durar unas horas, y otras veces, un solo dollar te pod'ia durar casi toda la noche. La suerte, le llaman. Nosotros cuatro, en los tres d'ias que pasamos all'i, perdimos todos pasta. Unos m'as que otros, dependiendo de lo que le gustaba jugar a uno, y de la dichosa fortuna. Excepto Anita, que la 'ultima manhana se fue sola a otro casino y pudo recuperar toda la pasta que hab'ia perdido esos d'ias. Yeaah! Yo la verdad es que tampoco perd'i mucha pasta (ninguno lo hicimos), pero es que tampoco me apasiona el juego. Aunque tengo que decir que all'i s'i me gust'o. La puta movida engancha. Hay que tener mucho ojo y una cabeza fr'ia para no liarte y perderlo todo.
He dicho que no hicimos el pack completo por poco. Qu'e nos falt'o?? Un tattoo y un bodorrio!!! La ciudad, adem'as de casinos, hoteles y tiendas donde venden todo tipo de alcohol, est'a plagada de estudios de tatuajes y de pequenhas capillas para casarse modo expr'es. Lo del tattoo lo barajamos, y preguntamos, pero al final no nos lo hicimos. Los tipos son listos y abren toda la noche, como las capillas, de ese modo, toda la penha que va toda ciega, pasa por un garito de 'estos a las 3 in the morning y se viene arriba. Ya sab'eis el lema de la ciudad, no? ''What happens in Vegas, stays in Vegas''. Lo que me parece muy bien y muy acertado. Saben c'omo venderse. Pero no tengo tan claro, y seguro que miles de persona que han pasado por all'i estar'an ahora de acuerdo conmigo, que, en caso de casarte con alguna p'ajara o p'ajaro, o de volverte a casa con un pedazo de tattoo en la espalda tipo: ''Yo amo el jam'on, huntadito con tomate. Yo amo el jam'on, es la hostia y el cop'on'', todo lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas... Porque te lo llevas contigo a casica!! Cuidadooorrr!!! Y, por eso mismo, no hubo boda!!! Oooooh..... Anita y Javi, Javi y Anita, hab'ian hablado del tema boda en Las Vegas. Estuvimos como dos meses hablando del asunto, aunque hay que decir que antes de pisar los States ya ten'ian claro que de boda nada de nada. Hubiera sido tremens: los cuatro vestidos anhos 70 (rollo la peli de Blow), con bigotes, flequillos y toda la pesca, Leo siendo el padrino de Anitosss, yo siendo el de Pinha, un cura vestido de Elvis, un par de homeless borrachos y otras tantas stripers como invitados, camisetas, gorras y hasta tazas de caf'e con las fotos nupciales... Todo el kit! Lo m'as t'ipico y grotesco de Las Vegas reducido a 10 (inolvidables) minutos de esperp'entico casamiento. Qu'e le vamos a hacer, pero a m'i me dio pena que no se casasen.
Aunque, a falta de tattoos y boda, ya he dicho que s'i fuimos a un club de striptease, y vaya club, senhores! Era uno de los dos mejores de la ciudad (porque hay muchos y de toda calanha), y ten'ia un premio de hace un par de anhos de ser el mejor del pa'is (o algo as'i). Vaya garito! Y la llegada al mismo no pod'ia ser de otra manera, oigan: llegamos los cuatro en una limusina negra que te mueres!! As'i s'i!! Nos recogi'o a las 4 de la manhana en la puerta de un casino, y 5 escasos minutos despu'es, ya est'abamos en la puerta del club. Cinco minutos, cien fotos que sac'o Anita. Qu'e despliegue! Sacando la cabeza por la ventanilla del techo, tumbados de todas las maneras posibles, cualquier foto val'ia en esos instantes de subid'on. Lo que no hab'ia ni media birra en toda la limusina, aunque ya lo esper'abamos. Porque no os cre'ais que pagamos este servicio, no. La limusina para llegar al club era gratis, las entradas para el club tambi'en las sacamos gratis, y hasta alguna consumici'on m'as. No nos lo pod'iamos creer!!! Pero claro, luego entras, ves el percal, y ya entiendes por qué te dejan casi todo gratis hasta llegar all'i: las mujeres que trabajan en ese celestial lugar est'an buen'isimas, no, lo siguiente. Bufff!!! Creo que nunca en mi vida hab'ia visto a tanta fresca junta, en persona, y en el mismo lugar y al mismo tiempo. Nos faltaban ojos (a Anita tambi'en). Por eso mismo, los t'ios pueden entrar todo lo gratis que quieran, porque los duenhos saben que luego se las van a dejar todas en consumiciones, propinas, bailes privados y dem'as servicios ofrecidos en el amplio, oscuro (y
lleno de cortinas) local. No miento ni exagero, y ya acabo con esto, pero all'i hab'ia mujeres preciosas, tremendas, que parec'ian actrices o modelos, y que bailaban y se mov'ian en la barra de una manera espectacular, que te dejaban mirando sin pestanhear y sin poder cerrar la boca. Y ya no hablemos de cuando se te acercaban a charlar...
Fueron tres d'ias muy divertidos y de no parar. Y nos hubi'eramos quedado m'as tiempo all'i (danger, danger!), pero era imposible, y creo yo que fue suficiente. As'i que los cuatro a la furgoneta y camino de vuelta. Quer'iamos ver el Gran Canh'on, pero no puedo ser: a la ida llegamos muy pronto, amaneciendo y sin informaci'on suficiente, y a la vuelta necesit'abamos descansar despu'es del ritmo de Las Vegas, y nos quedaba de nuevo un largo viaje hasta Dallas. No vimos el Gran Canhon pero s'i que tuvimos la oportunidad de ver bien de cerca a la polic'ia norteamericana: multica que me metieron saliendo de Las Vegas. Que no falte! Bueno, hay que decir que solo fue un warning por correr un poquito, y no hubo sanci'on. Pero qu'e susto me di'o el amigo madero! Para que el viaje hubiese sido completo del todo y totalmente yankee, s'olo nos hubiera faltado que nos pillase un tornado de camino por alguna de esas interminables llanuras. No hubo twister esta vez, tranquilos.
Deshaciendo el camino que hicimos a la ida, y tras otras tantas horas de coche, llegamos a Dallas, y m'as concretamente al American Airlines Center con tiempo de sobra. Qu'e hac'iamos all'i? Nada m'as y nada menos que ver un partido de la NBA. I love this game!!! Vimos a los que eran los actuales campeones de la Liga, el supuestamente mejor equipo del mundo de ese anho: los Dallas Mavericks!
Los norteamericanos tendrán muchas cosas chungas, pero una de las buenas que tienen es que son unos amantes del deporte, y otra de ellas es que saben cómo montar un buen show. Un claro ejemplo de ello es un partido de la NBA. El himno nacional cantado por una pájara, las presentaciones de los jugadores como si fuese el último partido en la Tierra, el speaker que tiene más tablas que una plaza de toros, los concursos y juegos con el público en cada parón del juego, las cheerleaders que a diferencia de España sí que saben bailar, la mascota molona e hiperactiva que hace mortales con un trampolín para luego acabar en mate, las escopetas que lanzan camisetas a las gradas, las birras gigantescas y las bandejas de nachos con queso XXL... Todo es parte importante del partido, del espectáculo, y la verdad es que te pegas ahí dentro como cuatro horas en total y ni te enteras.
Vimos auténticos jugones como Dirk Nowitzki, Shawn Marion, Vince Carter, Delonte West, Terry, Jason Kidd y Thompson, un blanquito de los Pacers que no conocíamos pero que enchufaba tripes con una facilidad pasmosa. Al final los Mavs cuando apretaron un poco el acelerador en el cuarto cuarto, ganaron de diez sin problemas y Dirk sin hacer ni el huevo, de vacances. Pero bueno, ¿¿a quién le importaba el resultado??
Y ahora sí, después de esta vertiginosa semana en los States, cruzamos el Pacífico, algo que nunca había hecho, y por fin llegamos a Asia. Y más concretamente a Tokio. Uuufffff... Amigos, hay veces que los sueños se hacen realidad. ¡Hay que perseguirlos! Y escribiendo esto, cinco meses después de estar allí, se me ha puesto la piel de gallina en todo mi cuerpo.
El caso es que nuestro vuelo programado era de DF a Bangkok, Tailandia. Pero dicho vuelo ten'ia que hacer dos (benditas) escalas: una en Dallas y la otra en Tokio. Dallas, y Tokio!!! Fue ya lo que nos faltaba: ten'iamos vuelos gratis a USA y Jap'on!! As'i que decidimos aprovechar esa suerte y pasar unos d'ias en los States y en la capital del Sol Naciente, retrasando nuestros dos vuelos de escala durante unos d'ias, sin tener que pagar ni un euro m'as por ello. Fatal!! En una sola semana estuvimos en M'exico, USA y Jap'on. Lo escribo, varios meses despu'es, y todav'ia me cuesta asimilarlo. Pero antes de hablar de Asia, vamos con los yankees!
Llegamos al aeropuerto de Dallas, y r'apidamente nos dispusimos a alquilar un coche para llegar a nuestro objetivo: la singular e inimitable ciudad de Las Vegas!! Quer'iamos un Cadillac descapotable (el rollico en este pa'is era fliparse, sabes?), pero el presupuesto nos dio para una van familiar de marca Dodge. Mucho glamour para pasearnos por la highway no ten'ia, no. Pero eso s'i: sitio de sobras para los cuatro y nuestras mochilas y c'omoda de pelotas. Nada que ver con los apretad'isimos viajes en coche de Argentina o Chile.
Fueron unas 18 horitas de viaje, s'olo parando para poner gasofa y para comer y cenar. Surcamos los estados de Texas, Nuevo M'exico, Arizona y Nevada. Pasando muy cerca de sitios m'iticos como Memphis, Alburquerque (Breaking Bad) o Vernon (cu'antas millones de veces has escuchado el nombre de esa ciudad en pelis norteamericanas sin tener ni idea de d'onde se encontraba???!!), y por lugares de nombre tan freak como el pueblo Two Guns o la Meteorit Crater Road. Un viaje muy guapo. Vimos el amanecer en el desierto de Nevada, que es mucho m'as desierto de lo que yo me hab'ia imaginado. Es incre'ible c'omo han conseguido montar esa ciudad, Las Vegas, en mitad de la nada. Y, finalmente, llegamos a nuestro destino. Las Vegas, baby!!! Y s'i: es tal y como te la hab'ias imaginado; es como lo que has visto cientos de veces en las pelis de Hollywood. De d'ia te impresiona, pero de noche te deja aturdido, alucinado, enganchado...
Las calles de la ciudad estaban limp'isimas (y lo poco que vimos de Dallas despu'es, tambi'en). Todo perfecto: las paredes, jardines, suelos, fachadas, columnas y esculturas, todos ellos impecables, impolutos. Es como otro mundo, como si estuvieses en el rodaje de un pel'icula, o como si paseases por las calles de EuroDisney. Las Vegas es la DisneyLand del vicio. Cuando vas viendo las fachadas que se han montado los grandes casinos, te quedas perplejo: que si una r'eplica perfecta de una parte de Venecia, que si otra r'eplica de la Fontana de Trevi de Roma, otra de la torre Eiffel, que si montanhas rusas, barcos piratas con su mar y su pueblo costero y su cueva del tesoro, la fuente de los mil millones de chorros de agua... A t'o lo que da. Todos estos casinos, Bellacquio, Circus, Casino Royal, Caesar Palace, Wynn, Treasure Island, Mirage, Venetia, etc... Son una barbaridad de edificios. Son enormes, seres autosuficientes con vida propia. Lo tienen todo: casinos, hotel, bares, restaurantes, tiendas, discotecas, cajeros autom'aticos... Puedes llegar a uno un lunes, y no salir del mismo en toda una semana, y no sentir'as necesidad alguna. Puede que de alg'un signo de vida real en el exterior, de ver la luz solar y respirar aire puro, pero eso ya depende de cada uno. Y, por cierto, parece que la crisis a esta loca y extranha ciudad no haya llegado, porque no paran de seguir levantando casinos y hoteles gigantescos. Son tremendas las inversiones que se meten por aqu'i, la cantidad exagerada de d'ollares que mueve este lugar creado en mitad de un jodido desierto.
Bueno, a ver, a qui'en le gusta la comida basura?? A m'iiiiii!!! C'omo nos pusimos de burgers esa semana! De burgers y de patatas fritas, batidos, pizzas, Dr. Pepper... Gocico. Wendy's, Jack in the Box, Burger King, Denny's, Carl's Jr., McDonalds... Y alguno m'as que ahora no recuerdo. Good shit, brotha! El mejor de todos, calidad-precio, sin duda alguna: Wendy's!!! Uuuummm, qu'e rico! A ver si alguno se lanza y trae la franquicia a Espanha. Pensando en ello me entra el hambre, que todav'ia no he desayunado. Hace ya m'as de dos meses que no catamos un McDo, desde Bangkok. Hay ganitas. Pero tambi'en he de decir que me hace ilusi'on y felicidad el haber conocido pa'ises en los que la maldita mutinacional americana todav'ia no ha desembarcado. Porque lo har'a. Y el sudeste asi'atico perder'a encanto y magia, como ya lo ha perdido la explotad'isima y casi occidental Tailandia.
En Las Vegas hicimos el pack completo (o casi): dorm'iamos en el t'ipico motel de carretera americano, que era de peli tambi'en, y en el que seguro que hab'ia vecinos convictos y gente perdida que hab'ia llegado a la ciudad no para vivir, sino para morir, como Nicolas Cage en Living Las Vegas; jugamos en varios casinos a las cartas y los dados; nos fuimos de fiestuqui a varios clubes; tuvimos nuestra jornada de (humildes) compritas; jugamos al beer-pong en mesas ''oficiales'' y las dos veces les metimos a los yankees, que no se cre'ian que nosotros no jug'abamos en Espanha a su deporte favorito no profesional; y finalmente, gracias a Dios, fuimos a un club de striptease. Qu'e divertido! Aunque las atrapadas en los casinos te limitan mucho el tiempo para hacer otras cosas. All'i dentro no hay horarios, est'an abiertos 24\7 (24 horas al d'ia, 7 d'ias a la semana), y en las paredes no hay nunca ni una sola ventana para que entre la luz narutal, ni un solo reloj para comprobar qu'e hora es. Es como un bunker de lujo, donde lo 'unico que quieren es que te sientas bien, pases muuuucho tiempo sin darte cuenta, y, ya de paso, que pierdas todos tus ahorros. Si te gusta el juego, Las Vegas puede ser tu perdici'on. Adem'as, mientras juegas en las mesas, van pasando camareras a diestro y siniestro que te ofrecen bebidas gratis. As'i que si has perdido todas, al menos vas mojando tus penas en el alcohol. Dependiendo del croupier que te toque, las partidas pod'ian ser muy risas o un largo infierno. A veces, en 5 fatales minutos hab'ias perdido la pasta que supuestamente te ten'ia que durar unas horas, y otras veces, un solo dollar te pod'ia durar casi toda la noche. La suerte, le llaman. Nosotros cuatro, en los tres d'ias que pasamos all'i, perdimos todos pasta. Unos m'as que otros, dependiendo de lo que le gustaba jugar a uno, y de la dichosa fortuna. Excepto Anita, que la 'ultima manhana se fue sola a otro casino y pudo recuperar toda la pasta que hab'ia perdido esos d'ias. Yeaah! Yo la verdad es que tampoco perd'i mucha pasta (ninguno lo hicimos), pero es que tampoco me apasiona el juego. Aunque tengo que decir que all'i s'i me gust'o. La puta movida engancha. Hay que tener mucho ojo y una cabeza fr'ia para no liarte y perderlo todo.
He dicho que no hicimos el pack completo por poco. Qu'e nos falt'o?? Un tattoo y un bodorrio!!! La ciudad, adem'as de casinos, hoteles y tiendas donde venden todo tipo de alcohol, est'a plagada de estudios de tatuajes y de pequenhas capillas para casarse modo expr'es. Lo del tattoo lo barajamos, y preguntamos, pero al final no nos lo hicimos. Los tipos son listos y abren toda la noche, como las capillas, de ese modo, toda la penha que va toda ciega, pasa por un garito de 'estos a las 3 in the morning y se viene arriba. Ya sab'eis el lema de la ciudad, no? ''What happens in Vegas, stays in Vegas''. Lo que me parece muy bien y muy acertado. Saben c'omo venderse. Pero no tengo tan claro, y seguro que miles de persona que han pasado por all'i estar'an ahora de acuerdo conmigo, que, en caso de casarte con alguna p'ajara o p'ajaro, o de volverte a casa con un pedazo de tattoo en la espalda tipo: ''Yo amo el jam'on, huntadito con tomate. Yo amo el jam'on, es la hostia y el cop'on'', todo lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas... Porque te lo llevas contigo a casica!! Cuidadooorrr!!! Y, por eso mismo, no hubo boda!!! Oooooh..... Anita y Javi, Javi y Anita, hab'ian hablado del tema boda en Las Vegas. Estuvimos como dos meses hablando del asunto, aunque hay que decir que antes de pisar los States ya ten'ian claro que de boda nada de nada. Hubiera sido tremens: los cuatro vestidos anhos 70 (rollo la peli de Blow), con bigotes, flequillos y toda la pesca, Leo siendo el padrino de Anitosss, yo siendo el de Pinha, un cura vestido de Elvis, un par de homeless borrachos y otras tantas stripers como invitados, camisetas, gorras y hasta tazas de caf'e con las fotos nupciales... Todo el kit! Lo m'as t'ipico y grotesco de Las Vegas reducido a 10 (inolvidables) minutos de esperp'entico casamiento. Qu'e le vamos a hacer, pero a m'i me dio pena que no se casasen.
Aunque, a falta de tattoos y boda, ya he dicho que s'i fuimos a un club de striptease, y vaya club, senhores! Era uno de los dos mejores de la ciudad (porque hay muchos y de toda calanha), y ten'ia un premio de hace un par de anhos de ser el mejor del pa'is (o algo as'i). Vaya garito! Y la llegada al mismo no pod'ia ser de otra manera, oigan: llegamos los cuatro en una limusina negra que te mueres!! As'i s'i!! Nos recogi'o a las 4 de la manhana en la puerta de un casino, y 5 escasos minutos despu'es, ya est'abamos en la puerta del club. Cinco minutos, cien fotos que sac'o Anita. Qu'e despliegue! Sacando la cabeza por la ventanilla del techo, tumbados de todas las maneras posibles, cualquier foto val'ia en esos instantes de subid'on. Lo que no hab'ia ni media birra en toda la limusina, aunque ya lo esper'abamos. Porque no os cre'ais que pagamos este servicio, no. La limusina para llegar al club era gratis, las entradas para el club tambi'en las sacamos gratis, y hasta alguna consumici'on m'as. No nos lo pod'iamos creer!!! Pero claro, luego entras, ves el percal, y ya entiendes por qué te dejan casi todo gratis hasta llegar all'i: las mujeres que trabajan en ese celestial lugar est'an buen'isimas, no, lo siguiente. Bufff!!! Creo que nunca en mi vida hab'ia visto a tanta fresca junta, en persona, y en el mismo lugar y al mismo tiempo. Nos faltaban ojos (a Anita tambi'en). Por eso mismo, los t'ios pueden entrar todo lo gratis que quieran, porque los duenhos saben que luego se las van a dejar todas en consumiciones, propinas, bailes privados y dem'as servicios ofrecidos en el amplio, oscuro (y
lleno de cortinas) local. No miento ni exagero, y ya acabo con esto, pero all'i hab'ia mujeres preciosas, tremendas, que parec'ian actrices o modelos, y que bailaban y se mov'ian en la barra de una manera espectacular, que te dejaban mirando sin pestanhear y sin poder cerrar la boca. Y ya no hablemos de cuando se te acercaban a charlar...
Fueron tres d'ias muy divertidos y de no parar. Y nos hubi'eramos quedado m'as tiempo all'i (danger, danger!), pero era imposible, y creo yo que fue suficiente. As'i que los cuatro a la furgoneta y camino de vuelta. Quer'iamos ver el Gran Canh'on, pero no puedo ser: a la ida llegamos muy pronto, amaneciendo y sin informaci'on suficiente, y a la vuelta necesit'abamos descansar despu'es del ritmo de Las Vegas, y nos quedaba de nuevo un largo viaje hasta Dallas. No vimos el Gran Canhon pero s'i que tuvimos la oportunidad de ver bien de cerca a la polic'ia norteamericana: multica que me metieron saliendo de Las Vegas. Que no falte! Bueno, hay que decir que solo fue un warning por correr un poquito, y no hubo sanci'on. Pero qu'e susto me di'o el amigo madero! Para que el viaje hubiese sido completo del todo y totalmente yankee, s'olo nos hubiera faltado que nos pillase un tornado de camino por alguna de esas interminables llanuras. No hubo twister esta vez, tranquilos.
Deshaciendo el camino que hicimos a la ida, y tras otras tantas horas de coche, llegamos a Dallas, y m'as concretamente al American Airlines Center con tiempo de sobra. Qu'e hac'iamos all'i? Nada m'as y nada menos que ver un partido de la NBA. I love this game!!! Vimos a los que eran los actuales campeones de la Liga, el supuestamente mejor equipo del mundo de ese anho: los Dallas Mavericks!
Los norteamericanos tendrán muchas cosas chungas, pero una de las buenas que tienen es que son unos amantes del deporte, y otra de ellas es que saben cómo montar un buen show. Un claro ejemplo de ello es un partido de la NBA. El himno nacional cantado por una pájara, las presentaciones de los jugadores como si fuese el último partido en la Tierra, el speaker que tiene más tablas que una plaza de toros, los concursos y juegos con el público en cada parón del juego, las cheerleaders que a diferencia de España sí que saben bailar, la mascota molona e hiperactiva que hace mortales con un trampolín para luego acabar en mate, las escopetas que lanzan camisetas a las gradas, las birras gigantescas y las bandejas de nachos con queso XXL... Todo es parte importante del partido, del espectáculo, y la verdad es que te pegas ahí dentro como cuatro horas en total y ni te enteras.
Vimos auténticos jugones como Dirk Nowitzki, Shawn Marion, Vince Carter, Delonte West, Terry, Jason Kidd y Thompson, un blanquito de los Pacers que no conocíamos pero que enchufaba tripes con una facilidad pasmosa. Al final los Mavs cuando apretaron un poco el acelerador en el cuarto cuarto, ganaron de diez sin problemas y Dirk sin hacer ni el huevo, de vacances. Pero bueno, ¿¿a quién le importaba el resultado??
Y ahora sí, después de esta vertiginosa semana en los States, cruzamos el Pacífico, algo que nunca había hecho, y por fin llegamos a Asia. Y más concretamente a Tokio. Uuufffff... Amigos, hay veces que los sueños se hacen realidad. ¡Hay que perseguirlos! Y escribiendo esto, cinco meses después de estar allí, se me ha puesto la piel de gallina en todo mi cuerpo.
jueves, 23 de agosto de 2012
D'ias 170-200: M'exico
Voy a empezar pidiendo disculpas a M'ejico, si es que una persona puede pedir perd'on a un pa'is, que creo que s'i, aunque no lo tengo muy claro. Pido perd'on porque voy a escribir sobre nuestra estancia all'i, pero lo voy a hacer de manera bastante resumida, as'i, como a bote pronto, porque me apetece y porque hay que darle canha a esto (que me dicen que voy con ligero retraso).
M'ejico es un grand'isimo pa'is. Cojonudo. Estuvimos en DF, Pachuca, Playa del Carmen, Palenque, San Cristobal de las Casas, Puerto Escondido y Mazunte. El norte no lo tocamos porque el horno no est'a para bollos por ah'i, y nos recomendaron mejor no pasar, y porque no hab'ia m'as tiempo, dicho sea de paso. Pero tengo que decir que, en ning'un momento, tuvimos noci'on ni rastro del horror que est'a sufriendo el pa'is por culpa de la escandalosa y sangrienta guerra de narcos durante los 'ultimos anhos. Nos trataron de maravilla.
M'ejico lo tiene absolutamente todo: historia, cultura, una gente encantadora, una comida tremenda, playas impresionantes, buenas fiestas, y todo, todito, todo a muy bien precio. Nos sorprendi'o mucho, para bien. Para m'i ha sido el pa'is de mejor calidad-precio donde hemos estado. Gran alojamiento, gran servicio, de muy buena calidad y a precios muy bajos. Una gozada de mes que pas'o muy, muy r'apido, y un lugar donde no nos hubiera importado pasar m'as tiempo. Ten'ia muchas ganas de M'exico, personalmente, y como con Argentina, ha cubierto mis altas expectativas, y con creces. Ha sido, sin duda alguna, una de las mejores paradas de este viaje. Espero volver a verte, M'ejico lindo!!! Y ahora, voy a hablar de 'el en forma de c'apsulas, de pequenhas burbujas, de lo que m'as me gust'o o m'as impresion'o en el mes que pasamos all'i. Y de mis perladas. Que no falten. Vamos con los bullets:
M'ejico es un grand'isimo pa'is. Cojonudo. Estuvimos en DF, Pachuca, Playa del Carmen, Palenque, San Cristobal de las Casas, Puerto Escondido y Mazunte. El norte no lo tocamos porque el horno no est'a para bollos por ah'i, y nos recomendaron mejor no pasar, y porque no hab'ia m'as tiempo, dicho sea de paso. Pero tengo que decir que, en ning'un momento, tuvimos noci'on ni rastro del horror que est'a sufriendo el pa'is por culpa de la escandalosa y sangrienta guerra de narcos durante los 'ultimos anhos. Nos trataron de maravilla.
M'ejico lo tiene absolutamente todo: historia, cultura, una gente encantadora, una comida tremenda, playas impresionantes, buenas fiestas, y todo, todito, todo a muy bien precio. Nos sorprendi'o mucho, para bien. Para m'i ha sido el pa'is de mejor calidad-precio donde hemos estado. Gran alojamiento, gran servicio, de muy buena calidad y a precios muy bajos. Una gozada de mes que pas'o muy, muy r'apido, y un lugar donde no nos hubiera importado pasar m'as tiempo. Ten'ia muchas ganas de M'exico, personalmente, y como con Argentina, ha cubierto mis altas expectativas, y con creces. Ha sido, sin duda alguna, una de las mejores paradas de este viaje. Espero volver a verte, M'ejico lindo!!! Y ahora, voy a hablar de 'el en forma de c'apsulas, de pequenhas burbujas, de lo que m'as me gust'o o m'as impresion'o en el mes que pasamos all'i. Y de mis perladas. Que no falten. Vamos con los bullets:
- Vuelo Sao Paulo-M'ejico DF: ya soy fan de American Airlines. Qu'e nivelaco! Me sent'i como un cr'io con juguetes nuevos: pantalla personal delante de cada uno, pel'iculas, series, videojuegos, m'usica... No pegu'e ojo en toda la noche que dur'o el viaje. Y es que, comparado con Iberia, todo sabe a gloria.
- Ruinas: M'ejico es un pa'is con una rica historia, y 'esta se ve reflejada en las numerosas ruinas mayas, aztecas y de otras 'epocas que hay diseminadas por todo el territorio. Estuvimos en tres de ellas: Teotihuac'an, Chichen Itz'a y las de Palenque. Las primeras est'an a las afueras de DF y son las de mayor extensi'on de las tres. Lo m'as destacable es subir a las pir'amides del Sol y de la Luna. Y desde all'i arriba, contemplar todo el paisaje de la antigua ciudad, y cargar de nueva y positiva energ'ia tu maltrecho esp'iritu. Tambi'en caminamos por la Calzada de los Muertos donde (supuestos) chamanes te ofrec'ian r'apidas y bastante dudosas purificaciones. La verdad es que subirse a una de esas pir'amides y descansar un rato en lo alto, sobre sus milenarias piedras, le deja a uno muy tranquilo. Lo 'unico negativo de ese d'ia fue el calorazo exagerado que hac'ia, y la cantidad de penha que hab'ia. Demasiada. Para subir a la del Sol, tuvimos que hacer cola durante un rato, como en las rebajas. Y esa masificaci'on de gente hace que todo pierda encanto. Las de Chichen Itz'a las vimos de camino hacia Palenque (creo). Y no tuvimos mucho tiempo, porque llegamos justos y casi nos cierran. Lo que m'as ilusi'on me hizo fue ver otra pir'amide, quiz'a 'esta sea la m'as famosa del pa'is. Es la de Fukulam. Tengo su foto como fondo de escritorio del port'atil desde el primer d'ia que ten'ia claro que iba a hacer este viaje. Tambi'en me hizo mucha gracia el poder ver d'onde jugaba esta gente a su m'itico juego de meter un bal'on por el arco. S'i! Ese arco de piedra, pegado al muro, en lo alto. No s'e c'omo se la apanhaban estos gachos parar meter una bola por ese agujero, porque no es muy grande que digamos, porque est'a como a unos 8-10 metros de altura, y porque no utilizaban las manos para jugar! Que los notas le daban con la cadera!! Muy fieras, punter'ia de diez. Y por 'ultimo, pero no por ello menos mol'on: las ruinas de Palenque. Fueron las que m'as nos gustaron. Por qu'e? Porque estaban en mitad de la jungla. As'i de simple. La frondosidad, lo salvaje y el verde de la selva, le dan mayor belleza, encanto y rollo a los antiguos templos. No es igual que pasearse por un secarral, lleno de arena, polvo y r'ios de gente. Nada que ver. El ninho de la selva!!!
- La vieja palmera: ese d'ia, mirando a una vieja y seca palmera, me puse a pensar en las horas, en los d'ias, quiz'a semanas, en que no hab'ia llovido. Y me preguntaba si la marchita palmera, adem'as de sentirse necesitada, sedienta, ansisosa por recibir ese agua que le da la vida, no se sentir'ia tambi'en sucia, fea y acomplejada. Y quise pensar que s'i. Y que cuando lloviese y recibiese ese l'iquido para nutrirla por dentro, tambi'en la limpiar'ia por fuera, y le quitar'ia esa inc'omoda capa de polvo, arena, humo y suciedad que la cubr'ia, y ella, la vieja palmera, volver'ia a sentirse m'as bella, limpia, radiante y feliz. Y entonces, volver'ia a estirarse erguida, toda recta, orgullosa, hacia el cielo de azul claro.
- Papeo y bebercio: tacos, quesadillas, burritos, tortas, alambres, guacamole, chapulines, fajitas, enchiladas, chelas, pulque, mezcal y tequila. Todo lo probamos, todo est'a riqu'isimo, y casi todo pica! C'omo les gusta lo del picante a estos t'ios. Recuerdo que un d'ia me pille unas Ruffles Queso. Bueno, no s'e d'onde se dejaron el sabor a queso, pero las putas patatas picaban como el demonio! Despu'es de sufrir como un masoca, s'olo me ven'ia una pregunta a la cabeza: ''C'omo diablos ser'an las Ruffles Jalapenho????''. El caso es que nos pusimos las botas durante todo el mes. Puestos callejeros, restaurantes, chiringuitos o cantinas, todo vale y cualquiera te ofrece buena calidad. Durante esos 30 d'ias empezamos a recuperar parte de los kilos que nos hab'iamos dejado en Brasil. Lo que no vino naaaaada mal.
- Agabe: cap'itulo especial para esta planta sagrada, que es del tipo del c'actus, para el que no lo sepa. De ella se extrae, nada m'as y nada menos que, el pulque, el mezcal y el tequila. No te digo n'a y te lo digo t'o. Y por favor, mejicanos: no dejen que desaparezca el pulque! Nos contaron que estaba de capa ca'ida, que ya casi ni se toma ni se produce, pero a nosotros nos encant'o. No se deben de perder las tradiciones de un pa'is; al menos, las buenas.
- Frida Khalo: visitamos su Casa Azul (y la de su marido) en DF. Yo, sinceramente, no conoc'ia la vida de esta buena mujer. Me impresion'o. Vaya cojonazos que ten'ia la amiga. Qu'e fuerza, qu'e personalidad, y qu'e carisma. Me gust'o mucho una frase suya que solt'o cuando le preguntaban por las continuas infidelidades de su marido: ''Quizá esperen oír de mí lamentos de ‘lo mucho que se sufre’ viviendo con un hombre como Diego. Pero yo no creo que las márgenes de un río sufran por dejarlo correr''. Ojito con Frida!
- Los amigos de Pachuca: les conocimos cuando est'abamos a punto de irnos de Teotihuac'an. Nos empezaron a hablar y nos ofrecieron de su pulque. Y ya no nos separamos hasta el d'ia siguiente. Qu'e majos! Nos invitaron a Pachuca a pasar la tarde y la noche y all'i que nos fuimos todos metidos en su coche. 'Ibamos 8 en uno de 5 plazas. Con bien de pulque en las manos para el camino, y con la polici'a al lado y sin decir ni m'u. Moooola. Con ellos bebimos pulque, cerveza y tequila, charlamos, nos emborrachamos, cantamos y bailamos. Fue una inesperada pero gran noche, como suele pasar en estos casos. La gente acab'o a cuatro patas (literalmente). Adem'as de simpatiqu'isimos y de ser muy buena gente, eran una familia de artistas. Juan Manuel es escultor, Greta Luz es una magn'ifica pintora (t'enganla en cuenta, ya est'a en la Red, vean su obra), y su hija con tan solo 14 anhos ya es una pedazo de escritora, buen'isima. A ellos, y al resto de la tropa, y a todos los mejicanos buenos y carinhosos que hemos ido conociendo en todas partes del pa'is: muchas gracias, un placer!! "Salud, salud, salud!!''.
- Monos aulladores: est'abamos paseando por las ruinas de Palenque, en mitad de la jungla. Cuando empec'e a escuchar un sonido de fondo, cada vez m'as alto. No sab'ia qu'e pod'ia ser. Ven'ia de cerca, detr'as de los largu'isimos y frondosos 'arboles. Parec'ia que era el sonido producido por los dichosos juguetitos que vend'ian en cada esquina, y que, soplando, imitaban los rugidos de un jaguar. Pero entonces, un gu'ia pasaba con dos guiris, y yo puse la oreja como de costumbre, que siempre se rasca algo y nunca viene mal. El sonido que proven'ia del interior de la selva lo estaban haciendo unos monos! No me lo pod'ia creer: era un zumbido bestial. Me emocion'e, empec'e a gritar a 'estos, que estaban subidos a otra ruina diferente a la que yo estaba, y r'apidamente, nos dirigimos corriendo hacia el ruido. Bueno, pues no vimos a los monos aulladores. Shit! Pero los pod'iamos escuhar perfectamente, estaban ah'i, cerquita. Flipamos mucho. Parec'ian m'as los rugidos de un felino que el sonido de un mono. Impresionante. No se me olvidar'a nunca esa extranha sensaci'on de inquietud al escuchar ese eco tan peculiar. Hac'ia un calor tremendo ese d'ia, con el Sol castigando fuertemente en todo lo alto. La legi'on de monos aulladores clamaba al cielo por un poco de agua que los refrescase.
- Lucha libre: fuimos una noche en DF a presenciar varias peleas. No pod'ia faltar! Despu'es de pasar media tarde en una cantina, con tequila de por medio, y con las entradas y las m'ascaras ya compradas desde por la manhana (y ya puestas en el taxi de camino al pabell'on de deportes), est'abamos totalmente preparados para una noche de lucha libre mexicana. Y, amigos, qu'e malos eran!! Muy, muy paquetes. Hubo varias peleas, de peor a mejor nivel, y menos los 'ultimos, all'i no se salvaba nadie. Nos dijeron que hab'iamos pillado un d'ia flojo. Joder, flojo. Si yo tengo m'as gracia peg'andome: al menos me caigo mejor. Aun as'i el level de los luchadores era lo de menos, porque la gente que va all'i no va a ver lucha. No, senhor. Ah'i la penha va a quitarse el estr'es, va para insultar al personal, para desquitarse de sus males cag'andose en todo lo que pueda sacar por su linda boquita. Para meterse con los luchadores buenos, los malos, el 'arbitro y las familias de todos ellos. As'i, de esta manera, se quitan todo el mal rollo acumulado de la semana, los agobios, la hipoteca, el jefe nazi, o la falta de sexo. Pero es que la movida est'a muy guapa!! Cuando llev'abamos dos minutos y vimos el percal, empezamos a hacer como ellos, y eso fue un no parar de burradas y cebatiles varios. Se me da bastante bien, la verdad. Dejamos buenas perlas en el ambiente y los mejicanos de cerca nos las aplaudieron con muchas ganas. A m'i no se me olvidar'a nunca una frase escuchada all'i. Que no ten'ia mucha miga, la verdad, pero es que un pavo que ten'iamos justo delante no paraba de gritarla como un loco, puesto de pie, cada cinco martilleantes minutos: ''Referee!!! Chingas a tu madreee!!!''.
- Playa del Carmen: Recuerdo sus aguas c'alidas y completamente celestes. Un mar de revista de viajes. Y los partidos de f'utbol-playa contra los mejicanos, que les d'abamos pal pelo, como no pod'ia ser de otra manera. Y me acuerdo tambi'en del MegaChiringuito. Ojito. El m'as grande del mundo. Monstruoso. Ten'ia como dos cocinas, mesas en la playa, terraza interior, una barra de 360 grados repleta de pantallas planas como para regalar, m'usica en directo, pantalla gigante al fondo del todo, otra terraza exterior arriba, carta de men'u y buffet libre, y todo lo que se te pueda pasar por la cabeza ahora mismo. Vaya garitazo. Ese chiringuito playero ten'ia m'as staff currando a la vez que toda la FNAC de Callao.
- El bicho de mi pie: podr'ia escribir un post enterito s'olo hablando de mi bicho, El Bicho, porque vaya movidote. Todo empez'o en Playa del Carmen, una noche que salimos y algo me debi'o de picar o de morder en mi pie izquierdo. No tuve el gusto de conocer al insecto en cuesti'on, ni siquiera le pude ver su m'as que probable cara de alien'igena, pero algo chungo deb'ia de ser. La cuesti'on es que a partir de esa noche, mi pie no era el de siempre, algo hab'ia cambiado: un extranho veneno recorr'ia uno de mis dedos, dejando una marca, una especie de vena color rojo, como recuerdo. No ten'ia buena pinta la cosa, ni mucho menos, pero el asunto parec'ia estar controlado. Lo parec'ia. De pronto, el maldito veneno (o el mism'isimo bicho desplaz'andose bajo mi piel, que no lo ten'ia yo muy claro) empez'o a correr m'as r'apido, y cuando me quise dar cuenta, ya se hab'ia extendido al resto de los dedos del pie, uno por uno, exceptuando el gordo, que resist'ia como un jabato. La movida acojonaba. Ahora s'i. Daba un poco de miedo porque era algo nuevo, y desconocido, y la verdad es que no me apetec'ia que me amputasen un pie por culpa de un puto bicho cabr'on. Lo mejor (de mejor nada) estaba por llegar: el rastro rojo que dejaba el veneno (o el bicho), pronto se torn'o cada vez m'as grueso y asqueroso, con volumen, de un color trasl'ucido... El rastro del veneno se estaba convirtiendo en ampollas. Flipas. Mu rico. Movidote. Suena fatal, lo s'e, pero visto todav'ia era peor. Todo este proceso dur'o varios d'ias, semanas, y cada vez ten'ia peor pinta el enfermo, porque el veneno (o el bicho!) se extend'ia por toda la parte superior del pie, como trazando pequenhas carreteras de un mapa, de un lado hacia otro, como buscando algo, hasta llegar a la altura del tobillo. Mi pie daba asco. Y 'estos, el Equipo, flipaban mucho, claro. Yo les ve'ia c'omo miraban mi pie, las caras que pon'ian, y digamos que tranquilidad no me transmit'ian. Pero yo, aunque repito que alg'un d'ia que otro s'i que me llegu'e a rallar un poquinho, como soy bastante huev'on para estas cosas, y como las medicinas no es lo que m'as gracia me hace, sab'ia (confiaba) que en el fondo no era grave, porque ni me dol'ia, y que tarde o temprano mi sistema inmunol'ogico acabar'ia con el veneno y lo expulsar'ia de mi cuerpo. Quer'eis saber el final??? Acert'e!! OEOEO'E! Mi pie volvi'o a tener un aspecto normal, al menos el de un ser humano. Eso s'i, como tres meses tard'o en desalojar mi pie el okupa y macarra veneno. Lo que tengo claro es que no me olvidar'e nunca de esa picadura, y tengo varias fotos muy guapis durante el proceso para aquellos intr'epidos que est'en intereados. Pero desde Myanmar ya estoy bien. Mis pies volvieron a ser Happy feet.
- Cenote Dos Ojos: cerca de Playa del Carmen fuimos a un cenote a hacer snorkel. Qu'e es un cenote? No, no es una cena a lo grande. Es una masa de agua dulce que puede estar al aire libre y bajo tierra, como en una cueva. Con un gu'ia, las gafunis, las aletas, y una linterna cada uno, nos sumergimos en el medio l'iquido y nos metimos en la m'as oscura cavidad. Grutas estrechas, salas m'as grandes, zonas al aire libre donde los rayos del Sol golpeaban en el agua para mostrar su color azul claro, otras zonas realmente oscuras donde daba miedete meterse, estalactitas y estalagmitas, pequenhos y miedosos peces, y siempre presente, un agua totalmente cristalina. Oh yes, el cenote fue un pasote! Otra gran experiencia, que al principio daba un poco de cague porque nunca sabes a qu'e tipo de bicho te puedes encontrar paseando bajo tierra, pero que luego te vas relajando, te olvidas de todos tus miedos, y disfrutas como una sirena buceando entre cuevas de piratas.
- Terremoto: segundo se'ismo serio que sufrimos este viaje (el primero fue en Santiago), y segunda vez que no nos enteramos de nada. Y en 'este no 'ibamos borrachos. Conste! Fue en DF, a media manhana, y nosotros est'abamos en el hostal al punto de salir. 7,8 grados!!! Senhores, eso es un cebatil. En el anho 85 hubo uno tambi'en en DF, de 8,1, y mat'o a 10.000 personas. Esta vez s'olo hubo un herido. El epicentro estaba m'as alejado de la ciudad, y era mucho m'as profundo que en el del 85. Menos mal. No hubo muertos pero s'i que se reflej'o en el mobiliario de la ciudad. Nosotros no d'abamos cr'edito cuando lo vimos luego en la tele, o las fotos de los peri'odicos, o cuando la gente nos contaba lo mal que lo hab'ian pasado cuando se tambale'o todo su edificio, como si fuera una torre de naipes. Una vez m'as (y que siga la racha), tuvimos bastante suerte. Y qu'e conho! Hace falta m'as que un 7,8 para derrocarnos!
- El entierro de la tortuga: una manhana, en la playa de Mazunte, hab'ia un tortuga en la arena. Como de un metro de largo y unos 30 kilos de peso. Muerta. Y all'i mismo que la enterramos, el vigilante de la playa y tres curiosos m'as que le ayudamos. Nadie sab'ia de qu'e hab'ia muerto, pero la verdad es que daba penita. Tal vez volvi'o a morir a esa playa porque es donde iba a poner sus huevos; o, simplemente, fue la marea la que la deposit'o all'i, ya muerta; o, quiz'as, en esta misma playa se enamor'o de una bella y graciosa tortuguita, cuando era joven (como 150 anhos antes), y desde ese mismo d'ia, se jur'o a s'i misma que, con su amada o sin ella, volver'ia a esa playa, y yacer'ia en esa arena. Por qu'e no? Hay que ver lo rom'antico que me pongo con las tortugas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)